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Un fantasma aterra desde el 20

Por Manuel de Paz

Columnista de UNO

Cada vez que compañeros de trabajo, amigos o parientes se juntan a socializar surge, más temprano que tarde, un rosario de lamentos por un fantasma que los amedrenta y que se acrecienta mes a mes.

Es un fantasma que recorre las finanzas de los que viven de un sueldo de clase media (sin otras entradas dinerarias) y que ven, desencajados, cómo los últimos 10 días de cada mes se transforman en una pesadilla para la subsistencia.

¿De qué hablamos?

Simple: hablamos de esa combinación mortal de inflación, gastos estacionales (la educación de los hijos), aumentos de precios, salarios desfasados, tarjetas de crédito sobregiradas para no caerse de la nueva realidad, intereses delincuenciales al abonar los resúmenes de esos plásticos, entre otras delicias, todo lo cual viene transformando a los asalariados de nivel medio en unos endebles puchinball a los que la realidad sopapea a discreción.

Sin proyectos

A eso hay que agregarle la imposibilidad de encarar cualquier proyecto de mejora, o de cumplir con ciertos ritos de ese sector en cuanto a consumo o disfrute.

Cada vez se recorta más en compras de diarios, revistas, libros o de música, en salidas al cine o al teatro, en comidas fuera de la casa, en invitaciones a amigos. Pero también en ropa, en alimentos, en mantenimiento de las viviendas.

Una cajera de supermercado me hizo hace unos días este comentario: “La gente ya no gasta como antes en artículos de limpieza”.

Ese altar

Ahora hay que concentrarse únicamente en tener al día el alquiler y los seguros, en mantener el auto para que no se desvalorice, en pagar el colegio, y, sobre todo, en poder seguir yendo al supermercado.

Este último sitio es como un altar al que le ofrendamos nuestras vísceras, vía tarjetas de crédito o efectivo. Y la hermosa tajada que nos llevan en ese rubro es de sueldos donde ya ha actuado la inflación, como si fuera un ejército de termitas sobre billetes de madera.

¡Guarda el pico!

Mientras se sobrelleva esa realidad de andar a los palos con las águilas, situación en la que esos bicharracos de pico filudo nos vienen dando fiero sin que podamos acertar nosotros ningún mamporro, debemos sobrellevar a la fuerza la zigzagueante y sorprendente realidad nacional.

La aguerrida y temida Cristina Fernández, aquella presidenta de monólogo y atril, de látigo y lengua filosa, ha mutado en sólo una semana -desde que el mundo descubrió que un argentino llamado Francisco había llegado para adecentar a la iglesia Católica– en una mujer conciliadora, grácil, que llama a combatir los odios, que convoca a dejar de lado los enconos entre argentinos y que ahora pregona la conciliación entre los que piensan distinto. Una mujer que ya no llama a sus militantes a “ir por todo”.

¿De qué color es tu cepo?

Mientras, como decíamos al principio, llegar con algo de plata a fin de mes es un albur para la mayoría de los argentinos; se nos ratifica a diario que hay cepo cambiario para rato, que hay recontracepo turístico para más rato, que la inflación sigue siendo una sensación y que los empresarios seguirán siendo hostigados para que no publiciten en los medios que aún pretenden ejercer el republicano control periodístico sobre las gestiones gubernativas.

La hora del recule

¿Pero no es una de la esencias del republicanismo el que la prensa actúe como contrapoder? Claro que sí. Lo fija la Constitución. No lo ha inventado ninguna corporación.

Si hasta Hebe de Bonafini, que llamaba fascista a Bergoglio, pasó de repente a considerarlo un hombre de bien sobre el que ella no tenía buenos datos.

También ha reculado en sus consideraciones críticas sobre el nuevo Papa casi todo el andamiaje ideológico que sostiene al kirchnerismo, desde Estela de Carlotto hasta los capitostes de La Cámpora y sus franquiciados.

¿Tu también, JPF?

Hasta el filósofo oficialista José Pablo Feinmann ha admitido con fervor que “Cristina encabeza la lucha por captar al papa Francisco”.

No importa si están de acuerdo o no con Bergoglio, el tema es que el argentino se ha convertido en un suceso político mundial, y hay que “apropiarse” del fenómeno antes que el fenómeno los tape.

“Este Papa tiene que ser nuestro, lo tenemos que ganar para nosotros”, dijo el filósofo, que suele pontificar sobre ética y moral política en sus ciclos por la Televisión Pública o el canal Encuentro.

Rebobiná, che

Lo concreto es que Cristina entendió muy rápidamente que era de locos ponerse en contra de un cura villero, que además era considerado “peronista” por muchos dirigentes del PJ.

¿Pero no era que el extinto presidente Néstor Kirchner lo había calificado poco menos que jefe de la oposición, razón por la cual nunca más el matrimonio Kirchner fue a compartir una homilía de ese prelado en las fiestas patrias?

Sinteticemos: Cristina comprendió también que era mucho más de locos pelearse o ningunear a quien es hoy el argentino más famoso y considerado del mundo.

Alguien que no sólo ha abierto las expectativas de 1.200 millones de católicos de todo el mundo sino incluso la de políticos internacionales de todos los colores, incluidos algunos de los más avispados de las filas progresistas de la izquierda, quienes han reconocido, más allá de las diferencias que puedan tener con los dogmas católicos, a un conductor espiritual que viene a hablar de ética, de austeridad, de compromiso con los pobres.

Alguien que ha anunciado que no habrá perdón para los pederastas y abusadores de niños y jóvenes dentro las organizaciones católicas.

Y alguien que admite que la curia vaticana es poco menos que un nido de víboras, donde la avidez de poder, dinero e influencia se ha desquiciado, situación que en pocos años se devoró la capacidad de aguante de un intelectual supuestamente de hierro de la Iglesia, como era el duro Ratzinger, el emérito Benedicto XVI que acaba de abandonar el Vaticano por cansancio moral.