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El eco más nítido de una obra legendaria

Por Fernando G. Toledo

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El maestro ha decidido una nueva corrección. El discípulo la replica en su propia madera. No es que quiera convertir su copia en una obra que remplace a la del genio que se mueve, inquieto, a su lado. Eso no es posible.

En la Florencia de 1503 el culto al autor no está aún cristalizado como en estos días, pero este hombre no es como cualquiera y basta con intentarlo para comprobar que la única manera de igualar su talento es convertirse en él. Eso no es posible. El alumno ha aprendido todo lo que este asombroso artista le ha enseñado. Vive probablemente a su lado, despierta quizás en su lecho. Puede que lo ame. Pero amarlo no significa suplantarlo, ni a su magnífica nueva obra.

Otra cosa ha de animar a este humilde aprendiz. Tal vez quiere probarle a su maestro lo que ha ya sabe, rindiendo una lección en tiempo real, realizando una copia. ¿Por qué otra razón iba a querer un genio que crezca junto a su mejor pintura otra que la repita, aunque sea de manera deficiente? Y, por lo demás, ¿a qué otro más que a un discípulo muy querido podría dejarle que, como una sombra, vaya imitando sus pinceladas?

Como fuere, las correcciones que el alumno duplica, permitirán algo crucial después, cuando muchos de los rostros y nombres allí involucrados sean un enigma. Permitirá establecer que copia y original están ligados, como quizá las manos que movían los pinceles.

Pinta el maestro y lo sigue el alumno. No sabemos durante cuánto tiempo está la modelo presente mientras el genio trabaja. No sabemos si hay una ventana detrás de la dama, por la que se ve o imagina un paisaje de ensueño. No sabemos si ella está incómoda ante tan ilustre figura, la de un pintor excepcional que excepcionalmente ha aceptado el encargo de su marido, el comerciante Francesco del Giocondo. Esto sólo ha sido posible porque el artista necesitaba un ingreso y quien le hizo el pedido –retratar a su amada mujer– es un vecino. Por eso han llegado a un acuerdo, aunque ni uno ni otro sepan aún que el encargo no se hará efectivo: la dama será pintada de una manera tan perfecta que el propio pintor no querrá desprenderse hasta su muerte de ese rectángulo de madera de nogal que condensa todo su genio.

Pinta el maestro y lo sigue el alumno. Pero el gran artista, imponente y seguro de sí a sus 51 años es osado. Experimenta con nuevos pigmentos y pinta la figura con una técnica que domina como pocos (el sfumato) y que provoca una sensación de presencia inquietante en todo aquel que la mira: “No le falta otra cosa que hablar”. El aprendiz se limita a hacer lo que puede, pero al elegir materiales bien probados asegura que su copia, aun cuando pasen los siglos, luzca mejor conservada, y delate que la sobriedad de su técnica no puede aspirar a las cimas de la obra primigenia.

Cuando alumno y maestro se separen, cuando el artista que el mundo va admirar muera en Francia, la copia y el original seguirán caminos muy distintos. La obra del maestro coronará el museo más importante del país en que el genio eligió morir. Será considerada la cumbre del arte de todos los tiempos, “autobiografía pintada del artista, espejo absolutamente único e individual de (…) su afinadísimo cerebralismo, de su sabiduría, de su genio y de sus inalcanzables sueños”. Será combustible para relatos, poemas, óperas, películas y especulaciones. Será robada en 1911 a instancias de un farsante de apellido tenebroso (Valfierno), procedente de Argentina, país que no existía cuando el maestro la pintó. Será recuperada.

La copia, en cambio, recalará en España, donde una mano anónima oscurecerá el fondo hasta que, en febrero de 2012, el lugar que la aloja, el Museo del Prado, la limpie y analice, y descubra que “las figuras –original y réplica– son casi iguales en dimensiones y formas, y lo que es más importante, cada una de las correcciones del dibujo subyacente del original, se repiten en la obra del Prado”. Allí se verá, al fin, que esa no es una copia más, sino un íntimo eco perdurable de La Gioconda, pintado acaso, sí, por el más amado discípulo de Leonardo Da Vinci.