mundo insolito
Para librarse de las distracciones. La consagrada artista serbia Monica Abramovic dio charlas sobre su especialidad: la performance donde la experiencia permite un increíble poder de transformación.

“La mente es mucho más aterradora que el cuerpo”

Por UNO

La serbia Marina Abramovic, consagrada como la artista viva más destacada de la performance, una disciplina que viene practicando desde hace 40 años y en las que ha llevado su cuerpo a soportar lí­mites extremos, brindó una conferencia de prensa en Buenos Aires, adonde llegó para dar una charla y dos workshops en el marco de la primera Bienal de Performance.De mirada profunda y ojos color miel, pelo larguísimo y vestimenta negra -como casi siempre elige- Marina ingresa a la sala de la conferencia, en un hotel de Puerto Madero, con una ceremonia casi solemne, que se evapora ni bien uno escucha hablar a la auto consagrada “abuela de la performance”.

Abramovic nació en Belgrado (Serbia) en 1946, está a punto de cumplir 70 años y derrocha pura vitalidad, sonríe y responde de manera dulce y amable, muy dispuesta a explicar su trabajo de performer, una disciplina que escapa a la clasificación y posee un carácter indómito, pero que relaciona al cuerpo y al público y en su caso, además, al tiempo.

La obra más resonante de Abramovic es cuando se pasó en el MOMA de Nueva York 716 horas sentada e inmóvil en una silla -en jornadas de ocho horas durante tres meses-, de cara a quien quisiera sentarse enfrente, en el marco de una retrospectiva llamada “La artista está presente”, que incluía también 50 piezas en las que involucró a 36 artistas jóvenes. 

A lo largo de su carrera, Marina se caracterizó por sus obras polémicas: se trepó desnuda por las paredes del museo que dirigí­a su mama en Belgrado; se cortó los dedos con un cuchillo cuando erraba el ritmo de una melodía que intentaba seguir; o dejaba 70 objetos sobre una mesa y su cuerpo, a disposición del publico, para que hiciera lo que quisiera. 

Sobre la mesa había una pluma, un arma, una bala, espinas de rosas, un cepillo de pelo, entre los objetos de lo más variados. Aquella vez, alguien llegó a ponerle el arma sobre su sien, y otra persona del público lo detuvo.

“Es mucho más fácil hacerse un corte en la mano que estar sentado 300 horas mirando a los ojos a personas desconocidas. Intenten hacerlo sólo por tres horas y verán. La mente es mucho más aterradora que el cuerpo”, dice Abramovic ahora, recién llegada a Buenos Aires, una ciudad que encuentra “tranquila y encantadora, con parecidos a París y a Madrid. ¿Cuánto cuesta alquilar acá?”, bromea.

Y regresa al Moma:  “Cuando le comenté al curador lo que yo quería hacer (que las personas se sienten frente a ella, a mirarla) él me dijo: ‘pero esto es Nueva York, nadie tiene tiempo de sentarse a hacer nada’. Y estuve sentada tres meses y he visto pasar 850 mil personas. Más público del que haya atraído jamás cualquier otro artista vivo”.

En ese entonces, una de las personas que decidió, de manera espontánea, sentarse frente a la artista fue su ex pareja (otro perfomer), el artista alemán Ulay Laysepien, a quien no veía desde hacía 23 años. El video fue visto más de diez millones de veces en Youtube.

“Estoy por cumplir 70 años. Llevo 40 años haciendo esto y al principio ni siquiera era considerado arte. Me querían meter en un loquero. Durante años no tuve dinero, viví adentro de un auto, pero nunca me di por vencida. A los 50 años gané el león de Oro en Venecia y me dije ‘acá arranco’ y la muestra del Moma en 2010 realmente lo cambió todo”, relata la artista serbia.

“Pasé de ser una artista de la performance a estar en los medios masivos. Si esto me hubiese pasado de joven ya estaría mal de la cabeza. Hacer arte no tiene que ver con la fama y el dinero. Woody Allen dijo una vez ‘hoy soy una estrella, mañana un agujero negro’. La gente ahora se toma en serio esto que llevo haciendo desde hace tanto tiempo”, desliza.

Antes de tener que lidiar con la mirada del otro, la artista tuvo que “aprender a lidiar con el dolor físico. Sentía espasmos musculares muy fuertes, tan insoportables que pensé que me iba a desmayar y me dije ‘ok, desmayate’ y ahí el dolor desapareció. Se transformó en una experiencia extra-corpórea. A partir de ahí me pude conectar con el otro, porque en la performance tenes que ser receptor y emisor de energía”. 

“Y cuando estaba en el Moma -prosigue- recibiendo esta energía, tal vez suene religioso, pero sentí amor incondicional por estas personas. No podía creer cuánto dolor llevaban. Cuando llegan y se sientan no tienen a dónde escaparse excepto hacia su interior. A los tres meses que me levanté de esa silla ya no era la misma”.

Sobre sus performances extremas, cuenta Abramovic: uno puede lidiar con los tres miedos principales del ser humano: el dolor, el sufrimiento y la muerte. Yo quería liberarme de estos tres miedos. Siempre me gusta hacer las cosas que me atemorizan porque así me puedo liberar de ellas”.

La artista dio una charla, para la cual se agotaron las entradas y brindó un taller, el martes 28 y miércoles 29 de abril, de 10 a 18 en el Centro de Arte Experimental Unsam (Sánchez de Bustamante 75), con entrada gratuita, sin inscripción previa y por orden de llegada. 

El Método Abramovic, según lo bautizó, brindó al público presente la posibilidad de liberarse de las distracciones del mundo moderno (por eso fue necesario que los participante dejaran en el ingreso los celulares, relojes o computadoras) y permanecer en silencio para “atravesar la experiencia, y para que la performance tenga un increíble poder de transformación”, concluyó la artista.

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