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lunes 22 de enero de 2018

La Gallega es mucho más que un lugar donde comer: es una historia de vida

Santa Rosa se puso firme y José Martín no pudo cerrar su local familiar de platos ricos, frescos, económicos y abundantes. Siéntese a la mesa y conozca esta historia

"Hace 24 años que lo tengo y hace unos meses quise cerrar porque, entre lo poco que se trabaja y los impuestos, no tiene sentido. Pero fueron los vecinos a pedirme que no cerrara, que es el único lugar en Santa Rosa adonde ir a comer. Y bue... no cerré. Acá seguimos".

José Martín, el Gallego Martín, tiene 75 años y las piernas doloridas por la artrosis y es uno de los personajes más queridos de la villa cabecera de Santa Rosa. Él y también su mujer, Elsa Antonia Pastor. Y también su hija, Antonia, que heredó el apodo de la Gallega y la responsabilidad de ser quien regentea la fonda, casi restorán, que está en el ingreso a la ciudad, sobre la ruta 50, y que es el lugar donde se comen los mejores lomos de la región.

"Íbamos a dejar sólo la comida para llevar, pero la gente no quiso", dice don José, que abrió este lugar como una actividad complementaria a su trabajo en la finca.

Es un negocio familiar. Todos cocinan, todos atienden, todos limpian, todos hacen de todo. Los clientes fijos son un puñado, pero hay eventuales que van o pasan por Santa Rosa sólo para parar a comer en La Gallega, que tiene una cocina casi tan grande como el salón comedor.

Rico, fresco, económico y muy abundante. No hay más secreto que ese. De un lomo comen dos y quizás sobre. Y esto lo saben en todo el Este y también más allá.

Allende Zamora
José y Elsa se sientan a una mesa de afuera. Tienen 55 años de casados y se tratan con ternura. Dicen que la fórmula no es compleja. "Paciencia, tolerancia, compañerismo", dicen. Y buen humor. "Yo quiero ir a España. Ella dice que no se piensa subir a un avión. Y yo le digo que ya tengo dos que me quieren acompañar...", bromea con picardía José, que no ha regresado nunca a su tierra y que ya debió abortar dos viajes programados por problemas de salud.

José, el niño, recuerda que su infancia transcurrió en Figueruela de Arriba, en la provincia de Zamora, cerca de Portugal. "Mi madre se vino sola a la Argentina y nosotros, 8 hermanos, nos quedamos con mi padre allá. Mi madre nos iba a ir a buscar, pero no pudo. Nosotros estábamos bien allá. No sobraba nada, pero había para comer. Pero mi padre decidió que viajáramos".

José tenía 11 años cuando se embarcó en el puerto de Vigo el 30 de agosto de 1953 en el buque Castell Felice. Llegaron a Buenos Aires el 18 de septiembre y José recuerda ese viaje como traumático, quizás porque no quería dejar su tierra. "Me acuerdo que tenía una pelota. Que jugaba en cubierta con ella. Que cayó al mar. Que lloré mucho".

Se radicaron en el Este mendocino. Primero invirtieron en una finca en Barriales, "pero perdieron todo". Después fueron contratistas y el destino los llevó a Alto Salvador, en San Martín.

La vida de trabajo y esfuerzo le permitió a José, muchos años después, volver a tener su propia tierra.
Hace 24 años, en parte para complementar la economía familiar pero principalmente para darle alternativas de futuro a sus hijos, puso La Gallega.

Hace unos meses, sin mucha clientela, pero especialmente acosado por los impuestos, decidió cerrar. "Además mi mujer ya tiene los dedos gastados de tanto cocinar", dice.

Pero esa decisión familiar generó casi una pueblada. "La gente vino a pedirnos que no cerráramos. Que no hay otro lugar adonde ir a comer... y bue... Acá estamos".

El Gallego dice que está lleno de hierro por las operaciones para corregir sus huesos afectados por la artrosis. Que si viaja a España los detectores de metales de los aeropuertos sonarán insistentemente. Que está grande y cansado, pero que sueña con volver. Que no deja de desear el regreso.

El Castell Felice, el buque construido en Glasgow en 1930, transportó a 1.400 pasajeros en setiembre de 1953. Uno fue el niño José Martín. El barco fue desguazado en 1970. Ahora José quiere volver. Se lo merece.
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