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sábado 11 de noviembre de 2017

"Hay que resignificar la forma de analizar el trabajo infantil"

El especialista italiano realiza una diferencia entre explotación y la labor que relaciona con culturas y costumbres.

El filósofo y sociólogo italiano Giampietro Schibotto dejó su tierra, La Toscana, para desarrollarse como profesional en Latinoamérica. Vivió seis años en Perú, seis en Cuba y lleva ocho en Colombia. "A esta región ya la considero mi patria, tanto como Italia, ya que llevo muchos años viviendo por aquí", comentó el especialista que visita por primera vez Mendoza.

Su teoría abre un debate sobre la resignificación del trabajo infantil, siempre teniendo en cuenta condiciones de no explotación de los chicos. Estos puntos y otros más serán parte de su disertación en las jornadas "La cultura de la infancia", organizadas por la Facultad de Ciencias Políticas de la UNCuyo.
–La Organización Internacional del Trabajo ha pedido a los estados y organizaciones erradicar totalmente el trabajo infantil para 2025.
–Hay que romper con la idea que hay un solo discurso con respecto a este tema, ya que hay otras miradas. Existe la legitimidad de otros discursos de muchos años que vienen configurándose, por ejemplo, la valoración crítica, que intenta recuperar el aporte que los niños brindan a su familia, a su misma biografía.

–¿Cuándo se dan estas situaciones que parecen más aceptadas?
–El problema es el tipo de legislación única y universalista sin considerar los distintos contextos. Por ejemplo, una cosa es que un niño trabaje 10 horas al día cada semana y otra cosa es que en una familia popular el chico acompañe, por ejemplo con la venta de dulces u otros productos y que con eso ayude a su familia. En una aldea africana el trabajo infantil es una forma normal de socialización. Por eso, es injusto unificar criterios en este sentido. Lo que queremos es que el discurso sea más elástico, se abra, que apunte a un diálogo crítico.

–¿El aspecto cultural pesa a la hora de valorar el trabajo de los niños?
–Es un fenómeno multidimensional que tiene en cuenta patrones culturales de familias o comunidades campesinas y también de pueblos originarios. Y también está presente un aspecto económico, como la informalidad laboral que favorece el trabajo infantil. Por un lado, la OIT, que está compuesta por gobiernos, sindicatos y emprendedores, quiere eliminar el trabajo infantil y por otro lado, se sostiene la informalidad. Por eso llama la atención.

–Usted habla de un mayor diálogo para abrir otras posturas que abarquen el tema.
–Creo que hay buena voluntad de abarcar el tema, pero hay factores económicos que crean la imposibilidad de eliminar el trabajo infantil. Es importante acercarnos a estos niños, escucharlos para saber lo que piensan. Pero es una lástima que en la próxima Conferencia Internacional del Trabajo no estén presentes al menos un movimiento que represente a niños trabajadores, ya sea de África o de otras regiones, porque lo mejor sería que los escuchen a ellos, a ver qué política quieren, por ejemplo.

–El trabajo de los niños se relaciona con las condiciones de pobreza también, no sólo con las culturales.
–Sí, por eso a veces no son las condiciones adecuadas. La pobreza tiene responsables, la distribución de la riqueza cada vez más diferenciada. Hay que considerar que también la lucha contra el trabajo infantil puede ser un chivo expiatorio para esconder responsabilidades de un sistema que crea más pobreza y exceso de riqueza, que no es otra cosa que el capitalismo globalizado.

–¿Hay tiempos y formas de incorporar conocimientos y de crecer que tienen que ver con la edad, con una maduración afectiva para enfrentar una situación?
–Hay que repensar esa idea de que a una etapa corresponde sólo una cosa, donde hay un tiempo solo para el juego, donde hay un tiempo para el trabajo o para no hacer nada. Lo mejor sería la mezcla de todas las experiencias vitales, ya que un niño puede hacer todo, siempre teniendo en cuenta características propias de su edad.

–¿Qué le aporta el trabajo a un niño?
–El trabajo es una experiencia enriquecedora siempre que no sea explotación. Nadie está a favor de que un niño trabaje 10 horas en una mina. Hay tareas, como por ejemplo las artesanías, que se transmiten de generación en generación y que los chicos aprendan y aporten ayuda a su entorno familiar. Eso no está mal. Incluso en Mendoza, en la vendimia, que los chicos trabajen con sus padres, siempre que sea en un entorno cuidado.
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