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domingo 03 de diciembre de 2017

¿Existe todavía vida en el Partido Demócrata?

Los gansos le han lavado la cara a su comité central de la calle Sarmiento. ¿Venderán ese inmueble?, se han preguntado algunos

Paso a diario frente a la sede provincial del Partido Demócrata, en calle Sarmiento de Mendoza capital, y más de una vez me he preguntado cuánto les costará a sus dirigentes mantener esa enorme y tradicional casona, hoy perdida en una cuadra llena de restoranes y de negocios para turistas.

Hace unos meses me llamó la atención que había obreros haciendo trabajos de reparación y pintura. Me dije entonces: le llegó la hora. La vendieron.

Supuse que era el fin simbólico de más de un siglo de política en la cual los gansos habían dejado su marca en Mendoza.

Pero parece que no. Estaban adecentando la casa. Con la cara lavada, volvieron los signos partidarios a la fachada.

Sospeché entonces que en ese gesto se podía presumir el intento de desechar el estertor. Aún, parecían decirnos, no estamos muertos.

Quizás era un ensayo de dignidad de alguien que ha tenido una posición, la ha perdido, y sin embargo busca conservar ciertas esencias de aquel estatus.

La leche y el diario
Me crié en una familia donde mi padre era peronista y mi madre, demócrata.

Mi mamá reconocía que seguía una tradición ya que su padre, un inmigrante italiano, había votado siempre a los gansos.

Cuando en mi primera juventud confirmé mi fascinación por los diarios, las revistas y los libros, sentí, como miles de chicos que no habían vivido del '45 al '55, la necesidad de comprender esa cosa llamada peronismo.

Digo "confirmé" esa devoción por lo gráfico porque pasé parte de mi niñez en una panadería de Palmira leyendo.

A ese negocio que explotaban mi abuelo paterno, mi padre y sus hermanos llegaban todos los días el diario Los Andes y una revista distinta (El Gráfico, Radiolandia, una de fotonovelas, El Tony, entre otras).
Me recuerdo desde siempre desayunando y leyendo.

Aquellas lecturas
Ya estábamos en los '70 y la nueva clase media sentía la necesidad de reconsiderar al peronismo.
Yo asistía a debates, a reuniones, a asambleas universitarias.

Pasé meses enteros leyendo con desesperación a Hernández Arregui (devoré y subrayé a más no poder La formación de la conciencia nacional), a John William Cooke, a Abelardo Ramos y cuanto libro revisionista aparecía sobre el peronismo.

Hacía fuerza para sentirme peronista, lo juro. Pero no me salía.

A cada paso le encontraba un pelo a la leche. Donde otros descubrían genialidades de Perón yo hallaba puntos oscuros.

Evita era un personaje fascinante, pero de sólo repasar los libros de escuela de la primera década peronista en los que se enseñaba a adorarla, sentía escalofríos por ese culto al personalismo.

No pude ser peronista porque en realidad quería ser periodista.

Años de desprecio
A comienzos de los '70 nos reíamos de los gansos y los criticábamos con sarcasmo.

Muchas veces con justa razón, pero otras con desproporcionado desprecio.

Nos mofábamos de "ese partido de bodegueros que sólo asfaltaba caminos que iban a sus fincas" y que, sin embargo, nos había dado gobernadores como Emilio Civit o Francisco J. Gabrielli.

Los gansos eran para nosotros, "el partido de los ricos", como es hoy para los kirchneristas la administración Macri.

Con los años pude comprobar que a muchos ricos les resultaba más fácil hacer negocios con los peronistas.

Lo más Pancho
Nos negábamos, por ejemplo, a aceptarle aciertos a don Pancho Gabrielli, dos veces elegido gobernador y una tercera vez interventor de facto de los militares, quien sin embargo pudo seguir caminando por las calles de Mendoza saludado a diario por adherentes y opositores.

Francisco Gabrielli decía cosas como ésta: "Si una medida propuesta por la oposición o por otro partido que no es el mío considero que resulta beneficiosa para la provincia no dudo un instante en ponerla en marcha".

Cuando Rodolfo Braceli se fue a trabajar a Buenos Aires publicó en la revista Gente un perfil de Francisco J. Gabrielli donde admitía que durante mucho tiempo éste había sido considerado "el gobernador natural de los mendocinos".

La colaboración que les dieron a los regímenes de facto –sobre todo a la última dictadura– creyendo que así ayudaban a modernizar los partidos y a recuperar la democracia terminó siendo letal.

Para colmo, en Mendoza el PD se sumó a la dictadura en la etapa en que ésta comenzaba a hacerse trizas.

Por esa experiencia de facto pasó un extendido equipo de dirigentes demócratas, que incluyó desde un inclasificable gobernador de facto, como Bonifacio Cejuela, hasta un secretario de Cultura como Arturo Guardiola, quien luego terminó siendo durante años director del diario Los Andes.

Con la democracia asentada, y mientras los radicales mendocinos se guardaban lamiendo sus heridas por la caída del alfonsinismo, hubo un grupo de dirigentes jóvenes del Partido Demócrata que entendió que era la hora de enfrentar al justicialismo, ya convertido en el exitoso Equipo de los Mendocinos de José Octavio Bordón.

Incluso los gansos ganaron una elección legislativa en Mendoza, la de 1997, pero luego cayeron en una serie de contradicciones (sus problemas para concretar acuerdos con otras fuerzas nacionales, por ejemplo) que no pudieron superar con éxito. Y comenzó una lenta pero inexorable debacle.

Si aún no han recibido la extremaunción es porque entendieron finalmente que debían pactar con Macri.

Arrequintados
Los demócratas han cumplido durante buena parte del siglo pasado un lugar no siempre reconocido.
Han sido una tercera fuerza que ha servido para equilibrar los dislates de peronistas y radicales, sobre todo desde la Legislatura y desde ciertas comunas.

Además algunos de sus legisladores tuvieron durante años la habilidad de ser buenos auditores de los números que dibujaban los gobernantes de los otros dos partidos para los presupuestos provinciales.

En estas últimas semanas ha sido el gobernador Cornejo el que ha logrado sacarlos del letargo. El detonante ha sido su proyecto de ampliar el número de miembros de la Suprema Corte provincial.

Los demócratas –que son socios de los gobiernos de Macri y de Cornejo– han salido a la luz y han presentando un inesperado debate apoyando o rechazando la ampliación de la Corte.

Todavía cantamos, parecen decir como Heredia.

¿Durarán más tiempo con la cabeza fuera del agua?

Por las dudas, no está nada mal que hayan arreglado y pintado el comité central de la calle Sarmiento.
Porque, como dice Mirtha Legrand: "Como te ven, te tratan, y si te ven mal, te maltratan".
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