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lunes 18 de diciembre de 2017

Universo femenino impregnado de realidad

La escritora canadiense, quien alcanzó reconocimiento mundial con El cuento de la criada, llevado a la pantalla, se ha convertido en un símbolo de la lucha contra la misoginia y las intolerancias social, racial y religiosa

La escritora Margaret Atwood se distanció con ironía del apelativo de feminista ganado con obras como El cuento de la criada, revisitada a partir de su éxito en la pantalla, y dijo que "al momento en que ponés a una mujer como protagonista, como ser pensante bueno o malo, la obra es considerada feminista, pero esa es la visión de quienes consideran que las mujeres no deberían pensar".

"Mi propuesta comienza con que las mujeres son personas, una idea bastante radical", bromeó la canadiense, de 78 años, durante una conferencia de prensa que ofreció en la Biblioteca Nacional.
"Las personas vienen de distintos tamaños y colores y la última vez que miré a mi alrededor ninguna era un ángel. Escribir sobre la mujer es escribir sobre gente real, con emociones encontradas, que a veces son valientes y a veces no, como todos", dijo la novelista, poeta y ensayista señalada en numerosas ocasiones como candidata al Premio Nobel de Literatura.

"Para gozar de sus derechos las mujeres no precisan ser ángeles. Si a los varones se les exigiera ser ángeles tampoco gozarían de esos derechos, porque no lo son", remató la escritora nacida en Ottawa en 1939, que resultó ganadora de cinco premios Emmy 2017 por la adaptación de El cuento de la criada, una ficción especulativa publicada en 1985.

Esa novela, escrita hace más de 30 años y reeditada este año en el país, ganó potencia interpretativa ante el contexto político estadounidense en que se estrenó: Donald Trump ganó las elecciones presidenciales y sus expresiones misóginas, de intolerancias racial y religiosa, parecieron una realización del libro que imagina un Estados Unidos distópico donde, tras una merma cruenta en la tasa de nacimientos por la contaminación ambiental, surge una revolución conservadora y machista que establece una teocracia y esclaviza a las mujeres.

Los vestidos escarlata y las cofias victorianas que usan las esclavas sexuales que en la serie producida por Hulu son mutiladas si leen, o violadas una vez al mes para darle hijos a la élite gobernante, son el atuendo que ciudadanos estadounidense utilizan en la actualidad durante protestas silenciosas en el Parlamento o en marchas feministas. "Todos saben lo que significa", aseguró.

"Las palabras tienen mucho que ver con los pensamientos que podemos tener y eso George Orwell lo entendió muy bien –por eso ahora hay una relectura de su obra–, hablaba de cómo un gobierno puede torcer la perspectiva y la visión de la gente sobre la realidad a través del lenguaje", dijo esta activista social, ecologista, fustigadora de los totalitarismos e inquieta usuaria de redes sociales (cuenta con 1,82 millones de seguidores en Twitter).

Atwood recibió premios como el Booker y el Príncipe de Asturias antes del éxito al que se sumó otra adaptación de una obra suya, pero esta vez para Netflix, Alias Grace, novela basada en el caso real de Grace Marks, una adolescente irlandesa marginal y maltratada que fue condenada a prisión por el asesinato de su ama de llaves durante el siglo XIX en Canadá, y que interpreta en la pantalla Sarah Gadon, cuestionando las nociones de culpa, libertad y responsabilidad.

Tanto El cuento de la criada como Alias Grace son editadas en la Argentina por Salamandra, que acaba de publicar Por último, el corazón, novela que gira en torno a la progresiva extinción de la clase media y las oscuridades de las parejas modernas, a la que Atwood comenzó a escribir como folletín, "lo cual se acabó cuando el editor lo notó" y la llamó a "hacer una novela de verdad", contó la escritora que fue distinguida con el Premio de la Paz de los libreros alemanes en la última Feria de Frankfurt.

Cerca de una veintena de sus libros son poemarios. A su entender, "la poesía es fundamental para la literatura de cualquier país, es el horno donde se cuecen las palabras, mientras que la novela es como el bufé frío nórdico, donde todo se sirve a la vista".
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