espectaculos espectaculos
lunes 02 de julio de 2018

Un barbero poco afilado pero prometedor

Especial para UNO

La Orquesta Filarmónica de Mendoza dirigida por Gustavo Fontana, junto con destacados solistas, presentó en el Teatro Independencia la nueva producción del Barbero de Sevilla (Il Barbiere di Siviglia, 1816), ópera buffa rossiniana en dos actos, cantada en italiano y puesta en escena de Federico Ortega Oliveras.

En el mundo operístico, donde cada producción surge como el resultado de varias fuerzas que interactúan mejorando la calidad de la partitura, la tarea del director de orquesta es la de crear el mejor equilibrio posible entre las partes.

Y como en este caso se trata de una puesta con reminiscencia de la estética de Almodóvar, bien podemos traer a colación las palabras del propio cineasta refiriéndose a sus películas, cuando dice que los errores deliberados en un marco donde se toman las cosas a la ligera pueden conducir a resultados encantadores y constituir un estilo en sí, pero cuando hay uno o dos defectos, la obra pasa a ser defectuosa. En este caso, se trató de un Barbero poco afilado.

La primera función parecía más un ensayo general que el estreno. Todavía hay que allanar el camino para que la auténtica esencia rossiniana se revele sin que nos produzca zozobra en reiterados pasajes.

Vamos por parte. ¿Qué faltó? ¿Ensayo, ensamble de las partes, entendimiento entre el director y algunos solistas...? Lo más notorio, musicalmente hablando, fue la falta de acuerdo en cuanto a los "tempi" entre Fontana y el talentoso barítono Omar Carrión en el papel de Fígaro. Carrión se mostró muy sólido en lo interpretativo y con una voz dúctil tanto en los compases cantados, como en las partes de recitativo o en la voz hablada. Todo hizo suponer que los notorios desajustes fueron producto de falta de comunión con el director. Falló -a nuestro jucio- la adecuación de la batuta a los tiempos e interpretación de Carrión, quien necesitaba notoriamente una batuta más ágil y dispuesta a seguirlo, sobre todo en el primer acto.

Pasó otro tanto con el coro masculino. Los jóvenes recorrieron el escenario con soltura, frescor y buenas voces. Nuevamente las imprecisiones e inseguridades se manifestaron en la coordinación con el director. Faltó madurez.

El movimiento escénico de los solistas tuvo dinámica adecuada y gestualidad buffa en su justa medida, sin caer en la superficialidad con que a veces se hace este tipo de música, que no por ser de naturaleza cómica es superficial, términos que suelen confundirse.

Los personajes masculinos estuvieron representados por experimentados cantantes. Se destacaron Ricardo Mirabelli (el Conde de Almaviva, noble), Omar Carrión (Fígaro, barbero), Alejo Laclau (Basilio, profesor de música) y Luciano Miotto (Don Bartolo, tutor de Rosina).

Mirabelli dejó ver su sentido claro de la musicalidad, sumando actitudes conformes a su personaje, aunque su voz se notó diferente, desconcertó, y no se manifestó en todo su esplendor como el año pasado con su Alfredo, en La Traviata de Verdi.

Por su parte Miotto, dotado de magnetismo escénico y de precisión rítmico-musical, fue el que recibió los aplausos más efusivos. También Carrión fue muy aplaudido.

Una tarea nada sencilla que suele pasar desapercibida allá en el foso, pero que es digna de destacar, es la de Emanuel Fernández a cargo de los recitativos en el clave. No es fácil interpretar a Rossini y dar con el estilo adecuado, acompañando la voz que se mueve con articulación rítmica precisa, entre el canto y el habla. Fernández adornó y subrayó con equilibrio cada intervención dando paso al lucimiento del texto.

En cuanto a las voces solistas femeninas, Griselda López Zalba (Rosina, joven huérfana) y Gloria López (Berta, sirvienta de Don Bartolo), ambas con amplio registro y atractiva voz, interpretaron con inteligencia y sutil dinámica la difícil coloratura rossiniana.

La concepción escénica
La cualidad ecléctica de la puesta en escena y su correspondiente vestuario resultó agradable y bien recibida por el público. El estilo kitsch –dicho ligeramente, lo opuesto a lo minimalista- con influencia del pop, destacó con lozanía placentera el color, la forma, elementos llamativos y sobredimensionados, aportando un toque de comic y de bricolaje.

La puesta contó con un adecuado supratitulado en español. Pero para que éste resulte en el futuro cien por ciento efectivo, habría que solucionar ciertos aspectos técnicos referidos a la parrilla de luces que le obstaculiza la lectura al público ubicado en tertulia y paraíso.

Muy buena la producción general y la iniciativa de la Secretaría de Cultura de Mendoza. Las debilidades artísticas pueden ser superadas sin mayor problema, con una mejor organización interna.

A pesar de lo señalado, hubo conexión entre los artistas, la puesta en escena y el numeroso público. En un futuro próximo, nada debería opacar este acertado emprendimiento artístico-cultural.

Ficha técnica:
El Barbero de Sevilla. Ópera Buffa de Gioachino Rossini
Orquesta Filarmónica de Mendoza. Director: Gustavo Fontana
Solistas: Omar Carrión (Fígaro), Luciano Miotto (Don Bartolo), Griselda López Zalba (Rosina), Ricardo Mirabelli (Conde de Almaviva), Daryl Figueroa (Fiorello), Alejo Laclau (Don Basilio) y Gloria López (Berta)
Coro de voces masculinas. Directora Mónica Pacheco
Director de escena: Federico Ortega Oliveras.
Estreno: viernes 29 de junio
Repeticiones: 1, 3, 5 y 7 de julio
Hora: 21.30 h.
Lugar: Teatro Independencia (Chile y Espejo).






Fuente:

Más Leídas