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sábado 09 de diciembre de 2017

Ping pong con Gladys Ravalle

La actriz ha sido una de las personas más destacadas del teatro de Mendoza y es Embajadora Cultural de la provincia.

Gladys Ravalle es una de las referentes del teatro en Mendoza pero no solamente como profesional sino como ícono de lucha, entrega y coraje. Es que la actriz se dedica al rubro desde hace más de 55 años y ha tenido que pasar momentos buenos de éxito pero también tuvo que sufrir mucho por la persecución política en la época de la dictadura militar.

La gran Gladys comenzó su carrera teatral de muy chica y tuvo su debut en una obra de teatro realizada en la unión vecinal de donde vivía cuando ya era reina de la Vendimia de Guayamallén.

Con el pasar de los años, Gladys subió a cientos de escenarios y realizó miles de espectáculos haciéndole honor y alzando la bandera del teatro. La actriz también fue muy importante porque fundó 14 salas teatrales, entre las que se destaca el teatro Quintanilla. Hace dos años recibió la condecoración de Embajadora Cultural de Mendoza por parte del gobierno de Francisco Pérez y, unos años más atrás, fue declarada Ciudadana Ilustre del departamento de Guaymallén.

Gladys Ravalle habló con Diario UNO y recordó distintas etapas de su extensa y exitosa carrera que la catalogan como una de las actrices más importantes de la historia de Mendoza.

–¿Cuáles son tus primeros pasos en el teatro?
–Fue acá en la unión vecinal, a una cuadra de mi casa cuando hice Cuando los hijos se van. Repartían un panfleto que decía "con la participación especial de la reina de Guaymallén". Tenía 19 años y ya era reina y artista (risas).

–¿Veías teatro cuando eras chica?
–No, la gente pobre no iba al teatro porque no tenía plata para eso. Iba mucho al cine y en mi casa cuando jugaba todas los actrices las hacía yo. Mi madre me llevó a escondidas de mi papá a estudiar danza porque eran cosas de puta. Yo bailaba y estudiaba en la Escuela de Bellas Artes. Nunca estudié teatro, desde el primer día que me subí nunca más me bajé del escenario, fui creciendo a los ponchazos.

–¿Qué momento creés que fue bisagra en tu vida teatral?
–Cuando descubro el amor con Cristóbal Arnold. Ahí es donde me embarco en el teatro porque te llega el amor, la pareja y todo junto . Él fue mi director durante muchos años y quien me fue armando como actriz.

–Has dedicado toda tu vida al teatro... ¿Qué es para vos?
–El teatro es el amante perfecto, siempre me da mucho placer. Tengo recuerdos imborrables como cuando hice más de 1.500 funciones con El juego que todos jugamos, de Alejandro Jodorowsky. Hicimos una gira de 33 mil kilómetros por Argentina y por el exterior. Ahí empecé siendo una persona y salí siendo otra. Era una función casi diaria, lo que fue un gran desafío.

–Tu hijo (Juan Comotti) también se dedicó al teatro...
–Cuando alguien está al lado del fuego y se le va acabando la leña, siempre llega alguien con un atado enorme para continuar, ese es Juan. Tiene la continuidad y la pasión que heredó de su papá y de su mamá juntos. Nunca le permití hacer teatro hasta que era grande. Cuando tenía 16 años le dije 'usted quiere con su papá armar esa obra, yo los dirijo a los dos' y ahí debutó por primera vez en el teatro.

–¿Por qué no querías que siguiera lo mismo que ustedes?
–Lo más lógico es que siendo hijo de un actor y de una actriz quisiera hacer teatro pero la historia tiene grandes ejemplos de hijos que han hecho lo mismo que sus padres y han sido un desastre y una vergüenza. Yo quería que él conociera el mundo y decidiera con conciencia qué quería hacer, no por vernos a nosotros. Una vez que lo vi maduro para definir lo dejé elegir y lo acompañé.

–¿Qué se siente haber sido condecorada con los premios Ciudadana Ilustre y Embajadora Cultural de Mendoza?
–Es una caricia. Son unos mimos grandes, bonitos y sobre todo estimulan a los compañeros. Afortunadamente el teatro no te sumerge en ninguna soledad porque te obliga a trabajar con los demás. Yo no podría trabajar en soledad, necesito de mis compañeros en el teatro. Soy lo que soy gracias a mis compañeros.

–¿Cuál es el secreto del teatro?
–Tenés que prestar la conciencia y pensar que esa persona no es la vecina de Dorrego sino que es el personaje. Ese fenómeno es por única vez en la vida que te va a pasar a vos y al actor porque depende de las emociones, de la energía y de las circunstancias que vos y los actores tienen justo en ese momento de la vida y todo se junta en esa atmósfera fantástica que es el teatro.

–¿Cómo ves a las nuevas generaciones?
–Las nuevas generaciones tienen la tristeza de tener que pelear contra la adversidad de los que gobiernan mal porque recortan todo y tenés una cantidad de problemas que no te deja ganarte el mango ni para el puchero. Es una lucha permanente y mantener una sala es una gesta heroica.
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