Espectaculos Jueves, 11 de febrero de 2016

Los Stones en La Plata: el tiempo esta de su lado

Mick, junto a Keith, Ron y Charlie jugaron la noche del miércoles, según sus propias palabras durante el show, un partido amistoso, de locales en el Estadio Único La Plata.

Por Soledad y Aníbal SegadeDesde La Plata

"No va a durar. Le doy dos años más a los Stones. Estoy ahorrando para el futuro". Así se refería Mick Jagger a su porvenir, ante el microfono de un periodista yankee, en un lejano 1964.

52 años después, 29 álbumes de estudio, innumerables giras y una vigencia planetariamente validada de continuo probarían que, como futurólogo, Jagger ya era lo que siempre conocimos: un gran músico de rock'n'roll.

Mick, junto a Keith, Ron y Charlie jugaron la noche del miércoles, según sus propias palabras durante el show, un partido amistoso, de locales en el Estadio Único La Plata.

Jagger deslizó en un castellano claro: "Diez años es mucho tiempo", refiriendose a la última vez que tocaron suelo argentino en 2006, en su gira Bigger Bang.

Únicos ellos en su capacidad de ser locales en todas las canchas, ganaron por goleada, y con ellos ganaron también quienes acudieron a la fiesta a dejarse allí voces y sudor para llevarse a cambio el recuerdo imborrable de una noche mágica.

Luego de una presentación modesta a cargo de La Berisso y un muy buen set propio comandado por Ciro y Los Persas, que dejó el estadio a la temperatura ideal para lo que vendría, un "Ladies and gentlemen, The Rolling Stones", dio paso al vibrante riff de Jumping Jack Flash, con los monstruos adueñándose de un escenario que no podría ser más suyo.

El show tuvo y no tuvo sorpresas: los temas son los que conocemos todos, pero hubo cambios de orden y algunos remplazos respecto de la lista tocada el domingo; la actuación fue, como siempre, soberbia, pero sigue asombrando que el tiempo esté tan del lado de esta banda como para no hacer mella en su performance.

Uno tras otro la banda desgranó, frente a un público con el corazón fuera de la piel, temas seleccionados entre lo mejor de su repertorio, que a la vez está en lo más alto de todo un género.

Ríos de tinta han corrido sobre los vaivenes de la relación personal de los Stones entre sí: en el escenario sólo se vio camaradería y disfrute por tocar juntos, aun después de tantos años. Duelos bluseros de armónica y guitarra entre Jagger y Richards, sonrisas cómplices de todos con Ron Wood, que cada día canta, perdón, toca mejor, y la incansable locomotora de Charlie Watts empujando al conjunto desde atrás con su batería, dan fe.

Angie fue esta vez el tema elegido por la gente, y las chicas suspiraron.

La bella corista Sasha Allen cubre con honores la vacante dejada por Lisa Fischer, en su estremecedor dúo vocal con Jagger para ese mazazo que es Gimme Shelter, y hubo lucimiento para un coro local que introdujo You Can't Always Get What You Want.

Otro punto alto de una noche (que no los tuvo bajos) fueron las pantallas y las animaciones "satánicas", rojo sangre, que acompañaron el infaltable Sympathy For The Devil.

En varias canciones el público fue casi cointérprete a través de los diálogos de coros con Mick Jagger (Miss You y una demoledora versión de Midnight Rambler, por ejemplo) o incluso cantando los riffs de guitarra más característicos.

Durante toda su actuación Jagger demostró (una vez más) por qué fue y hasta el momento es el mejor front man de la historia del rock, cantando, bailando, corriendo, todo al mismo tiempo, con gracia y perseverancia inigualables.

Mención especial merece la ovación que se llevó Keith Richards luego de que en la particular presentación que de los miembros de la banda hiciera Jagger ("el Loco Gatti de la guitarra, Ron Wood; el Alfredo Di Stéfano de la bateria, Charlie Watts"), todos los sectores del estadio bramaron un unánime y sentido "ole ole ole Richaaards, Richaaaards" por más de cinco minutos seguidos. Cántico que solo se detuvo para que Richards tomara la posta al microfono y rindiera dos grandes versiones de Slipping Away y Before You Make Me Run, dando a su socio Mick un poco de descanso.

Hubo fuegos artificiales, en Start Me Up y en el final final (incendiario) con Satisfaction. Coloridos, brillantes, pero pequeños en comparación con cuatro fuegos bien reales que ardieron a máxima intensidad rockera por más de dos horas, encendiendo con su llama a 53.000 almas.

A menudo las personas se preguntan qué es la felicidad, y muchas veces se responden, aludiendo al carácter transitorio, efímero y fluctuante de dicha condición, que "la felicidad son momentos".

Sin dudas que noches como la de este miércoles merecen contarse entre dichos momentos, una de esas veces en las que miles de rockeros sí consiguen todo lo que quieren y también lo que necesitan, un poco (o muchísimo) de satisfacción.

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