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viernes 15 de diciembre de 2017

Jamiroquai en el Hipódromo de Palermo: una irresistible odisea funk

La banda británica Jamiroquai ofreció anoche un contundente show en el Hipódromo de Palermo en el que resultó imposible resistir a la tentación de entregarse al gran baile colectivo al que invitó el despliegue de un funk de alto vuelo realizado desde el escenario.

Encabezado por el eximio y carismático vocalista Jay Kay, el grupo brindó poco más de dos horas de música en donde el funk y la electrónica se dieron la mano, gracias a un gran trabajo instrumental, en donde no faltó ninguno de los ingredientes fundamentales del género.

Como haciendo caso omiso al calor, el cantante se presentó con su tradicional vestimenta deportiva, campera incluida que no se sacó en ningún momento del show, guantes negros y un excéntrico casco con luces, que hizo honor a su gusto por los sombreros.

Con su particular estética, y con el apoyo de tres coristas que armaron su propia fiesta, el cantante puso sobre la mesa todos sus recursos vocales y extrema simpatía para redondear un show inolvidable, en donde el resto de la banda también aportó su cuota fundamental.

Precisas percusiones que rescataban el aspecto más tribal, teclados que podían aportar tanto robóticos sonidos como solos ligados a la tradición del jazz, una guitarra que funcionó como una verdadera máquina de ritmo y un sólido bajo que podía tanto montarse a las cadencias de los temas como sobresalir con slaps fueron las claves de esta verdadera maquinaria funk.

A todo esto se le sumó el buen gusto y, fundamentalmente, la "onda" que el grupo puso en cada interpretación, lo cual tuvo su inmediata respuesta en los pies de un público que recibió todo aquello que había ido a buscar en la calurosa noche de Palermo.

En este sentido, la banda no tuvo reparos en recurrir a un repertorio soñado por los seguidores, en donde si bien desfilaron algunas composiciones de su flamante disco "Automaton", no faltó ninguno de los clásicos que suenan en las radios desde hace más de 20 años.

Por caso, "Alright", "Space cowboy", "Cosmic girl", "Don´t give hate a chance", "Travelling without moving", "Emergency on planet earth", "Canned heat","Love Foolosophy" y "Virtual insanity", entre otros, no faltaron a la cita.

A la hora de hablar de lo que Jamiroquai es capaz de ofrecer en escena, es imposible desviar la atención de Jay Kay, un descomunal cantante que, con sus característicos pasos de baile y su natural carisma, sin necesidad de caer en demagogias, logra meterse al público en el bolsillo.

Sin embargo, aunque el vocalista monopolice todas las miradas, un gran acto de justicia obliga a rescatar fundamentalmente la labor del guitarrista Rob Harris, con una admirable mano derecha, que también puede ponerse rocker y desplegar algún fraseo o solo con distorsión cuando la canción lo necesita.

En este plano, la batería de Derrick McKenzie y el bajo de Paul Turner también merecen un elogio especial, por construir un preciso groove sobre el que se construye cada una de las interpretaciones.
Apenas pasadas las 9, una grabación del tema "Automaton" sirvió de preludio para el ingreso al escenario de la banda, que arrancó con un sonido más cercano a la electrónica con el bloque conformado por los temas "Shake it on", "Little L" y "Automoton", para ir cediendo paso de a poco a las expresiones más radicales del funk.

Fue a partir de esto, con la canción "The kids", en un plan más rocker, y el inicio de una seguidilla de clásicos que se consolidó la relación entre la banda y el público.

Precisamente, Jamiroquai no apostó a dar los grandes golpes de efecto de entrada, sino que apostó a un listado de canciones que fueron levantando de a poco la temperatura, hasta el extasiado clímax del final.

"Es grandioso estar de vuelta" y el infaltable "son la mejor audiencia del mundo", aunque esto último dicho con un toque de ironía, fueron algunas de las pocas frases que Jay Kay dirigió al público, acaso conocedor de que no hacían falta demasiadas palabras.

También se permitió un pequeño autoelogio cuando antes de cantar "Seven days in sunny june" le advirtió al público que hoy era "un día de suerte" para ellos, lo cual estuvo lejos de sonar a pedantería.
En los bises, la electrónica y el funk volvieron a confluir a partir de "Supersonic", en el primero de los casos, y de la mencionada "Virtual insanity". El resultado fue una gran masa de gente que al abandonar el Hipódromo aún seguía bailando una música imaginaria, que seguramente repicaba en sus cabezas.
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