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domingo 21 de enero de 2018

El cálido abrazo que vuelve a cobijar a Mendoza

En 1993 el artista plástico ecuatoriano fue un suceso en la provincia. Mañana sus hijos inaugurarán la muestra De la inocencia a la ternura, en el Espacio Julio Le Parc

Hace 25 años, una muestra vino a revolucionar el modo en que las artes plásticas llegaban al público. Fue la del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, que llegó al museo Emiiliano Guiñazú-Casa de Fader, en gran parte por la gestión de su entonces director, el también artista plástico Gastón Alfaro, recientemente fallecido. Como un homenaje a ese trabajo, la exposición está dedicada a Alfaro.

Por aquellos días, la ciudad entera gritaba Guayasamín. El transporte público circulaba con reproducciones de sus obras pintadas en sus unidades, los estudiantes de arte se congregaban para ir a ver la muestra y los colegios sacaban turno para poder llegar a verla en el museo.

Todos hablaban de este pintor que llegó a la provincia para presentar esta gran exposición, que siempre recordó como una de las más bellas de su vida.

Ahora su obra regresa a este lugar que lo cobijó con enorme afecto y son sus hijos, Berenice y Pablo, los que oficiarán de embajadores, al inaugurar mañana a las 21, en el Espacio Cultural Julio Le Parc la muestra De la inocencia a la ternura, que reúne once pinturas de caballete, cinco acuarelas, 60 dibujos y 35 obras gráficas (serigrafías, litografías, aguafuertes y técnicas mixtas) de los últimos años del artista. Para que todos tengan la oportunidad de estar en contacto con la obra de este maestro del arte latinoamericano, la muestra estará abierta hasta el 26 de marzo.

Su hija, Berenice, quien también acompañó a su papá en aquella exposición de 1993, cuenta que desde la muerte del artista, toda su obra se convirtió en patrimonio cultural de Ecuador, con lo cual hay rigurosos pasos a seguir para que pueda salir del país, desde seguros y embalajes especiales, hasta que sus herederos sean los que revisan el estado en que llegan cuadros, dibujos o acuarelas al lugar de destino. Cada uno de estos pasos queda informado.

Así se expresó Berenice acerca de esta muestra que por segunda vez, acerca a Guayasamín al público mendocino.

–¿Desde 1993 no habías regresado a Mendoza?
–No, no había regresado. Mi padre decía que esa exposición que había hecho acá en Mendoza fue de las más bellas de su vida. Imagina que lo decía un hombre que había expuesto en el centro Pompidou, en París; en el Museo Nacional de Arte de México y en el Hermitage, en Rusia. Pero él decía que la exposición en Mendoza fue muy, muy emotiva. Le dio tanto gusto ver cómo los buses estaban pintados con sus obras o que en cada tiendita o almacén tenían un afiche de la muestra. Los chicos que estudiaban arte se subían a los buses y explicaban a los pasajeros quién era Guayasamín. Se sentía a Guayasamín en toda la ciudad. Ojalá se despierte nuevamente esa curiosidad por conocer su obra. Esta exposición que traemos ahora es mucho más amorosa y más fácil de acceder –por decirlo de alguna manera– porque en aquella oportunidad gran parte de los cuadros correspondían a la colección de La edad de la ira.

–Ese fue el nombre de una de las colecciones, una de las etapas de su pintura. ¿Cuáles fueron las otras?
–La primera, de 106 cuadros, se llamaba Huacayñán, que es una palabra quichua que quiere decir "el camino por el que bajan las lágrimas". Él tomó este nombre para su primera colección, que estaba dividida en tres temas: los negros, los indios y los mestizos aquí, en América Latina.

–Es una palabra que parece un pequeño poema...
–Sí, y hablando de palabras hermosas, Guayasamín en quichua quiere decir "ave blanca volando".

–Qué curioso que su apellido fuera una imagen tan pictórica...
–Cuando a mi padre se lo dijeron, él no podía creer que su apellido tuviera ese significado tan bello.

–¿Qué conceptos manejó en la primera colección?
–Él decía que cuando una persona veía esta exposición, podía tener una idea clara, absoluta de lo que era América Latina, porque de cada grupo humano pintó todo: la religión, los paisajes, las fiestas, el mercado los atuendos... Esa fue su primera muestra grande, pero lastimosamente se vendió toda. Mi padre era una persona muy humilde, hijo de un chofer de taxi, el mayor de 10 hermanos que vivían de un sueldo. Cuando se casó, igual su situación económica era complicada y por eso, esta colección tuvo que venderse y dejó de tener la importancia que tenía la muestra como un todo. Él decía que era como un poema del cual uno sólo podía leer el primer verso.

–Luego vino la colección de "La edad de la ira".
–Exacto, que es gran parte de lo que vino en la muestra de 1993. Él ya no quería mostrar solamente América Latina, sino el mundo, el tiempo que le tocó vivir, que fue prácticamente todo el siglo XX. Él quiso representar todo lo que pasó: la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, Hiroshima, las dictaduras latinoamericanas... Esta colección la conservó, no quiso vender ninguna de las obras que la componen. Allí fue cuando, hace 47 años, creó con nosotros, sus hijos, la fundación Guayasamín.

–Y lo que veremos es la última colección, la de los últimos años de su vida...
–Sí, la tercera él la llamó Mientras viva siempre te recuerdo, que se la conoce como la "época de la ternura" y pasó como con la primera colección. Son cuadros tan bellos, tan coloridos, que lo que pintaba se vendía. La Fundación no tiene más de 10 obras de esa etapa y fueron cerca de 120. Muchas están en colecciones privadas o en museos.

–Esta colección se la dedicó a su madre. ¿Cómo era su relación con ella?
–Mi padre se expresaba muy bien con las palabras y una vez escribió: "Mi madre era como el pan recién salido del horno". Me parece una maravilla comparar a una madre con el pan recién salido del horno, con su calidez de hogar. Todo el significado me parece bellísimo.
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