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domingo 24 de diciembre de 2017

Crítica de Wonder Wheel: un Woody Allen más grave que agudo

Es una película redonda, amarga y que husmea en las cocinas del corazón humano donde hierven los deseos.

Se puede no tener un color o un plato favoritos, pero es imposible no tener un «woodyallen» preferido, y tras esta excelente película, «Wonder Wheel», confieso ya que no está el mío. La puesta en escena es formidable y está bañada por el talento fotográfico de Vittorio Storaro y por una atmósfera escénica a lo Tennessee Williams, incluso lo están también algunos de sus personajes centrales, como esa pareja que componen Humpty y Ginny, un Jim Belushi con trazas decadentes de Kowalski y una inconmensurable Kate Winslet más atravesada aún de amargura que Blanche Dubois. El drama humano que plantea tiene calado existencial, desgarro y emociones que le dan vueltas a su mundo, arriba y abajo, como la noria de Coney Island que asiste a los hechos, enrevesados, tortuosos y que le plantean al espectador dudas sobre si ha de mirarlos a través de una lente de comedia, de tragedia o de melodrama...

En fin, es una película redonda, amarga y que husmea en las cocinillas del corazón humano donde hierven los deseos, las decepciones, lo que se hace o lo que se deja de hacer cuando alguien pierde el control sobre lo que quiere, lo que sueña y lo que tiene, pero no es una de esas películas en las que el talento de Woody Allen explosione en frases que duran años en tu cabeza, o en giros argumentales que provocan un vuelco en la baldosa en la que pisas con lógica, ni consigue ese toque milagroso con el que diluye la amargura entre la dulce y jocosa ligereza de una idea que cualquiera ha estado a punto de pensar alguna vez, pero que ha sido el ingenio de Allen el que nos da la oportunidad de ver entre risas. Sí, es una gran película, un magnífico y yugular Woody Allen, lástima que yo prefiera el otro que titubea.

La perfección dramática y el clima nos llega a través de un narrador, el personaje que interpreta con encanto naif Justin Timberlake, un vigilante de playa, poeta de bragueta y semilla de una discordia que invoca a los demonios de los que quiere hablar Woody Allen, ese grumo doloroso y áspero de ocaso, ilusión, sexo y decepción, que aquí no combate con su eficaz píldora del humor ácido, sino con una subtrama de mafia descolorida y desaprovechada, y con el único objetivo de proporcionarle la coartada moral a su relato, y un desenlace más desconcertante que genial.

Por descontado que ni Timberlake, ni Belushi, ni la espléndida Juno Temple, ni (casi) la insuperable Winslet han estado nunca mejor, a pesar de que (creo) no han sido bendecidos por ese maravilloso «toque Allen» que le quita peso, gravedad, a un yunque.
Fuente: abc.es

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