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domingo 22 de octubre de 2017

Sobra pobreza y faltan pymes: la gran deuda argentina

Atacar a las empresas es lo más dañino que puede hacerse desde el Estado, si se quiere luchar con este flagelo.

Durante la apertura del 53º Coloquio de IDEA, su presidente Gastón Remy mencionó un dato que casi todos conocemos, pero no suele aparecer en las primeras planas: en 1970, Argentina tenía a menos del 10% de su población bajo la línea de la pobreza, y 2017 nos encuentra con más del 30% de nuestros compatriotas en esa situación. Desentrañar las causas de esta hecatombe no es tarea sencilla y probablemente existan tantas respuestas como argentinos. Me limitaré por ende a contar una anécdota personal, que ojalá sirva para echar luz sobre este tema tan debatido.

A principios de este año, me reuní con el intendente de una pequeña localidad jujeña y me contó que todos los años nacen allí entre 160 y 170 chicos.

Le pregunté entonces cuántos puestos de trabajo se generan anualmente en el pueblo y su respuesta (entre 20 y 30 empleos/año) me dejó preocupado, porque implica que ese pueblo está generando entre 130 y 150 posibles pobres cada año, a razón del 1% anual para esa comunidad.

Si miramos el país, el fenómeno no es muy diferente. Entre 1970 y 2017, los años citados por Remy, la población de nuestro país se multiplicó por dos (éramos 23 millones y hoy somos 45 millones), mientras que la cantidad de pobres se multiplicó por siete (teníamos menos de 2 millones entonces y hoy tenemos más de 15 millones).

Estos datos, ciertamente espeluznantes, denotan que en estos 45 años los argentinos destruimos nuestra capacidad para ofrecer futuro a las nuevas generaciones. No es que hayamos "generado" pobres. Simplemente dejamos de generar riqueza para los millones de argentinos que se fueron incorporando a nuestra nación.

Este modo de enfocar el problema, que siempre estuvo a la luz, choca, sin embargo, con un arraigado paradigma que guía a nuestra clase política desde hace décadas: "Argentina es un país rico y mejorando la distribución del ingreso vamos a erradicar la pobreza".

El problema de abrazar un paradigma equivocado es que nos condiciona a equivocarnos una y otra vez, sin importar el esfuerzo o la honestidad intelectual que pongamos al actuar.

Si en estos 45 años hubiéramos puesto el foco en generar riqueza, sabiendo que de eso dependía la "inclusión" de los nuevos compatriotas, nuestras decisiones como país hubieran sido muy diferentes.

Por lo pronto, hubiéramos generado un sistema educativo promotor de la innovación, el emprendedorismo, la producción y la exportación; hubiéramos potenciado las escuelas técnicas y nos hubiéramos concentrado en el hacer, más que en enseñar que la capital de Nepal es Katmandú.

Si hubiéramos tenido clara nuestra obligación moral de producir más y mejores bienes y servicios, hubiéramos alentado y facilitado el acceso de las pymes al crédito y al mercado de capitales, para que pudieran financiar sus proyectos a bajo costo.

Si hubiéramos entendido que son las empresas las únicas capacitadas para crear trabajo genuino y sustentable, jamás hubiésemos tolerado un sistema impositivo como el actual, que lejos de alentar la inversión, parece diseñado para impedirla, trabarla y penalizarla.

No lo hicimos. Peor aún, ¡hicimos todo lo contrario!

Presos de nuestros paradigmas errados, construimos una sociedad preocupada por distribuir mejor, y completamente desinteresada en la performance de sus empresas.

¿Para qué producir más, si con poner más impuestos y gastarlos bien era suficiente?

¿Para qué incentivar el emprendedorismo, si logrando un puesto en el Estado –y más recientemente, un subsidio– teníamos la vida arreglada? ¿Para qué controlar la emisión monetaria, si después le sacamos tres ceros y aquí no ha pasado nada?

Hoy Argentina podría producir el doble o el triple de lo que produce, en cualquier sector que se analice. Y no es aventurado pensar que si eso ocurriera, prácticamente no conoceríamos la pobreza.

Nos faltan 500.000 pymes. Y nadie nos las sacó. No fue el Consenso de Washington ni Bush. Tampoco Trump. No fue nadie. Fuimos nosotros.

Por eso, atacar a las empresas es lo peor y más dañino que puede hacerse desde el Estado. Si queremos luchar contra la pobreza, necesitamos muchas más empresas. Muchísimas más.

Todos los días nacen 20.000 bebés en nuestro país, pero ¿estamos trabajando para que no sean pobres? ¿estamos generando ideas, inversiones y exportaciones para asegurarles verdadera inclusión?

Mientras la sociedad mantenga un sentimiento antiempresario, que pide sacarle más y más al que produce, jamás lograremos reducir la pobreza, sin importar quién gobierne o qué decisiones tome.

Confiar en el poder omnívoro del Estado, tampoco nos ayudará a retomar el camino correcto. No se puede mantener lo público sin tener un sector privado fuerte y competitivo, que invierta, crezca y dé empleo.

Tenemos pobreza, en suma, porque no tenemos empresarios suficientes. Y no tenemos empresarios suficientes porque desde hace décadas venimos trabajando para desincentivar a todo aquel que esté dispuesto a arriesgar su capital para alcanzar un sueño.

Podemos derrotar la pobreza, sin duda. Pero primero debemos cambiarnos a nosotros mismos.
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