Diario Uno deportes

El 25 de junio de 1978, hace 35 años, el seleccionado argentino superaba 3 a 1 a Holanda en la final de la Copa de la FIFA, con dos goles de Mario Kempes y uno de Daniel Bertoni, en tiempo suplementario.

El primer título de Argentina

Por UNO

Lucio A. Ortiz

ortiz.lucio@diariouno.net.ar

Lo que durante décadas había esperado el fútbol argentino se hacía realidad el 25 de junio de

1978. Los relojes marcaban las 15 cuando comenzó la final de la 11ª Copa del Mundo de la FIFA,

entre el seleccionado argentino y Holanda.

Porque desde la final disputada en Montevideo ante los uruguayos, en el amanecer de los Mundiales de

fútbol en 1930, que los argentinos no habían llegado a una definición.

En los años ’40 y ’50 decían que éramos “los mejores del mundo”,  pero esto jamás se había demostrado en una competición que fuera más allá de Sudamérica.

La lluvia de la madrugada y de gran parte de la mañana no dañó el  campo de juego del estadio de River

Plate, porque un nailon negro lo cubrió en toda su extensión. Con frío y  con el clima amenazando con otra lluvia, iba a empezar la final.

Fillol; Olguín, Galván, Passarella y Tarantini; Ardiles, Gallego y Kempes;  Bertoni, Luque y Ortiz eran los

once privilegiados elegidos por César Luis Menotti para encarar la definición.

Entraron luego Larrosa y Houseman.  La postergada organización de un Mundial, por negativa de la FIFA,

desde 1938 se había cumplido cuarenta años después. Pero ese momento  histórico, en donde las miradas de millones de espectadores se  fijaban en Argentina, se dio en un contexto nada simpático.

Porque fue durante el gobierno de una feroz dictadura militar que torturaba y mataba a militantes  políticos por  “pensar raro o diferente”, y además se apropiaba de niños y hacía “desaparecer” a sus progenitores.

Ese clima áspero fue disimulado por los militares durante la disputa  del Mundial, como parte del plan

nefasto de negar lo que realmente ocurría con miles de argentinos.

El fútbol le sirvió al Gobierno argentino para tapar las oscuras cárceles  y para fortalecer la idea “de un

país ordenado y pacífico”, aunque después de junio todo volvió a la  normalidad.

En la tarde gris de ese 25, en el Monumental los holandeses que  entraron fueron Jan Jongbloed; Jan

Poortvliet, Ruud Krol, Wim Jansen,  Arie Haan, Rene van de Kerkhof, Willy van de Kerkhof; Johan Neeskens, Rob Rensenbrink, Harry Lubse y Johnny Rep. También ingresarían como  sustitutos Wim Suurbier y Dick Nanninga.

Frente a esa selección holandesa que afrontaba su segunda final seguida (había perdido la del ’74 con

Alemania), el equipo argentino jugó su mejor partido del torneo.  Sobre los 38’ del primer tiempo, Ardiles la pasó para Luque, que tocó para la entrada de Kempes, quien  ingresó entre los centrales y definió

por debajo del arquero Jongbloed.

En la segunda parte, a ocho minutos del final, un cabezazo de Nanninga marcó el empate de los Naranjas.

Había que ir al tiempo suplementario de 30 minutos. Los nervios consumían a todos, hasta que Kempes alcanzó a tocar antes del despeje de  dos defensores. Era el 2 a 1.

En la segunda fracción del alargue, entre varias paredes y rebotes de  Kempes y Bertoni, la pelota le quedó al puntero derecho, quien metió tercero.  La obra estaba consumada y ahora sí se podía decir: “Somos los mejores  del mundo”. La copa pasó de las manos del nefasto presidente Videla a Passarella. Quedó la foto perpetua.

NA