domingo 21 de enero de 2018

Cruzó África y, como buen periodista y escritor, contó su travesía en un libro

Todo viaje comienza con una certeza. Una convicción de no poder quedarse, de tener que transitar. Por eso, cuando alguien se decide a dejar todo, excepto una mochila con algo de ropa y unos libros queridos, es porque esa travesía ya comenzó mucho tiempo antes, en los pensamientos del viajero.

Basta con que algo encienda la chispa para quemar las naves y emprender el camino. En el caso de Facundo García, esa chispa la encendió el hecho de ponerse en contacto con su padre, que se fue a vivir a España cuando él tenía 3 años y nunca más lo vio. Ese hallazgo fue también el encuentro con la seguridad de la partida.

"Vendí, regalé, me deshice de todo. No me costó hacerlo porque estaba convencido de querer irme", cuenta el periodista mendocino que trabajó durante muchos años en Página 12.

Cuando se fue, lo hizo con un pensamiento occidental, puesto que se instalaría en una de las ciudades más cosmopolitas de Europa. Pero una vez que decidió que su destino era emprender un viaje al corazón de los países más ignorados del plantea, puesto que había decidido recorrer el continente africano desde Egipto hasta Sudáfrica, su pensamiento cambió. "Yo ya me había cansado un poco del periodismo y quería recuperar esa cuestión seminal que te hace apasionar por lo que hacés", relató el escritor.

Sus días como nómade por el continente más castigado del planeta lo hicieron cambiar de pensamiento y de actitud ante la vida. Pero, además, lo llevaron a escribir un libro muy particular, plagado de recuerdos y dibujos –él mismo los hacía "para no perderme de nada, porque dibujar me obligaba a estar atento, a observar". El libro, editado por la EDIFYL (Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo) y auspiciado por varios municipios, es una síntesis de esos ocho meses y medio de travesía, de aprendizaje y, sobre todo, de registro. Registrar es construir un recuerdo con nuestras propias huellas. Y con ese material se formó Preguntas de los elefantes, el libro de un viaje en tiempo presente.

—¿Qué hacías antes de decidirte a hacer este viaje?
—En un momento, yo me había cansado del periodismo. Justamente coincidió con que mi hermana buscó en Facebook el nombre de mi padre y lo encontró. Él se fue cuando yo tenía 3 años. No sabíamos muy bien dónde estaba. Sólo teníamos fotos de él tocando la guitarra, porque era cantante. Mi papá se fue de gira a Europa en el '83 y la gira dura hasta ahora (se ríe).

—¿Cómo lo encontraste?
—Puse su nombre en Facebook –Daniel García- y salieron millones. Pero uno tenía la misma foto que teníamos nosotros, cantando y tocando la guitarra.

—¿Se comunicaron inmediatamente?
—Mi hermana y yo comenzamos a chatear con él. Vivía en Barcelona y una vez nos dijo que fuéramos a verlo, así nos conocíamos.

—¿Te fuiste de Buenos Aires con la decisión de volver?
—La verdad es que había llegado un momento en que el periodismo me tenía harto. Fui a China, Alemania, Austria y varios países de Sudamérica. Trabajaba en Cultura y Espectáculos de Página 12. No ganaba mucho, pero mi trabajo era hermoso. Sin embargo, había algo que yo estaba perdiendo, algo de lo seminal, de la semilla que me había hecho ser periodista, que yo sentía que se me estaba borrando. Eso fue lo que intenté ir a buscar.

—Pero primero te quedaste en Europa
—Cuando viajé a ver a mi padre, decidí perder mi avión de vuelta. Mi hermana se volvió a Argentina y yo me quedé en Barcelona, con 200 euros y un mate. Me quedé laburando.

—¿Viviste mucho tiempo en Barcelona ?
—Me quedé hasta que junté plata y pude viajar. Ingenuamente, pensé que a los medios argentinos les iba a interesar un conjunto de crónicas desde África. Pero no fue así.

—¿Por qué decidiste irte a África?
—Fue una especie de decisión de borracho. ¿Viste cuando sos chiquito y decís: "¿y si empiezo a caminar de acá para allá?"? Así fue. Era muy barato viajar desde Barcelona a África. Más barato que volver a Argentina. Encontré dos ofertas: una que era de Barcelona a El Cairo y otra que era Sudáfrica a Buenos Aires. Entonces, en lugar de volver de Barcelona a Buenos Aires, me fui a El Cairo y crucé todo el continente africano y de después me volví a Buenos Aires.

—¿Tenías la decisión de volver?
—Yo sabía que quería volver. Estaba extrañando mucho, pero no quería volver en avión, era caro y era más de lo que yo quería gastar. Entonces dije: "Bueno, me cruzo África por tierra".

—¿Fue una travesía más que un viaje?
—Tenía muy poca plata, así es que no podía tomarme aviones. Dormía donde dormían los africanos, camioneros, y a veces dormía con las tribus. Me habilitaban una choza o me permitían dormir en el establo.

—¿Cuáles eran tus expectativas?
—Salir a buscar esas cosas que estaba perdiendo. Dibujar, escribir a mano. Observar. Me pareció que había más verdad en un tipo tocando el tambor en la selva que en el noticiero de las 9. Porque a mí eso me conmovía. Muchas personas me preguntaban: "¿Qué verdades encontraste?". No se trata de eso. El que no es capaz de ver la maravilla en la esquina de su casa, no la va a encontrar frente a las Pirámides.

—¿Cuánto tiempo viajaste?
—El viaje duró 8 meses y medio. Junté 3.000 euros y con eso pretendía vivir un año.

—Bueno, fue casi un año.
—Sí, lo que pasa es que hay cosas que uno no tiene en cuenta, que pasan en África. En Mozambique te aparece un tipo y te dice: "Mirá, acá de la única forma que podés pasar es con un tanque de guerra que te escolte adelante y otro atrás. Y eso te sale 50 dólares". Y uno se queja diciendo: "Pero si son 40 kilómetros" y ellos te responden: "Bueno, andá a pie". Y resulta que ir a pie es poner en riesgo la vida. Hay grupos armados en el camino. De manera que al fin del viaje me quedé sin plata y tuve que pintar paredes en Sudáfrica.
—¿Cómo hiciste el registro?
—Cada noche yo escribía lo que me pasa en mis diarios de viaje. Si yo entraba en la casa de alguien, me tomaba una cerveza o escribía un poema. Lo que fuera, todo lo que me iba pasando lo iba guardando.

—Fue como un viaje dentro de otro, como un viaje interior
—Para mí, eso fue fundamental: recuperar esa voz interna y el dibujo. Los periodistas hemos perdido, gracias a las fotos, la capacidad de observar. Y yo me sentaba frente a lo que veía y lo dibujaba. Eso me obligaba a tener una penetración sobre lo que estaba frente a mí. Yo me decía: me voy a quedar en la casa de esta persona y voy a observar lo que le pasa. Es lo que se llama slow journalist o periodismo lento. Si me tenía que quedar 20 días en un pueblo, me quedaba. Si no sentía que había tomado algo valioso de allí, no me iba. Y a veces lo valioso requiere tiempo, maduración, contacto con la gente.

—Ahora en los medios vivimos un tiempo que es todo lo contrario.
—Al principio me trataron como a un cheto porque era blanco, pero después vieron que yo los ayudaba en los trabajos de campo, si teníamos que marcar a las cabras, cortarles las orejas, por ejemplo.

—¿Te sentiste aceptado?
—Claro, hasta me dieron un nuevo nombre. Para mí fue un honor. A partir del trabajo, me costó conseguir eso. Yo en esa parte de la sabana me llamo Ologol, que significa Hombre Fuerte. Se dieron cuenta de que yo era capaz de ayudarles. En ese trabajo compartido es donde nos pudimos conocer. Para hacer periodismo desde ahí necesitás estar con la gente, trabajar con ellos, abrazarlos. Y ahí se abren las puertas del alma del otro.

—¿Te costaba dejar los lugares que ibas conociendo?
—Sí, muchas veces cuando me iba de un lugar, me agarraban del brazo y me decían: "Ahora volvé y contale a tu tribu que existimos". Tienen claro que en el mundo no saben que existen.

—Es cierto. África es como si fuera un misterio en el planeta.
—Y sólo lo pensamos desde la pobreza. Ni siquiera la división política del continente es tal y como la muestran los mapas, construidos en Europa y Estados Unidos. Por eso, cuando me preguntan qué verdades aprendí, les digo que quizás no aprendí muchas verdades, pero desaprendí muchas mentiras.

—¿Cuáles?
—Por ejemplo, que no es necesario tocar dinero para vivir. Yo conocí grupos humanos enteros que no tocaban dinero, tenían otras economías no basadas en la ganancia, sino por ejemplo, en el compromiso de clan. Aprendés que lo que para vos es como obvio, indispensable y natural, no tiene por qué serlo para otros.

—¿Te cambió la cabeza?
—Cien por cien. Aprendés formas de vida totalmente diferentes. En Afar, donde hay 50 grados, los hombres van con una ametralladora y de la mano de su amigo. Para los amigos, ir de la mano es un honor. Desde cosas mínimas, corporales, en las que tenés que cambiar el chip, hasta cuestiones más importantes, todo se volvía una desconstrucción de tus prejuicios permanente.

—El intercambio entre la gente parece muy diferente a lo que ocurre acá.
—Aprendés a reclamar una dimensión humana para tu tiempo. Ahí la gente conversa sin tener objetos que la distraigan. Lo único que tenés es tu conversación. Te ponés en juego con todo lo que sos.

—¿Te costaba comunicarte?
—Esto es algo que aprendí con los viajes. Cuando dos personas quieren comunicarse, no hay barrera idiomática que se interponga. Hay planos de la comunicación que no tienen que ver con el lenguaje. Entonces, cuando vos apuntás a esas herramientas, difícilmente no puedas conectarte.

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