Diario Uno afondo

La crítica Lida Aronne escribió un libro sobre “Rayuela”. Cortázar llegó en 1973 a Mendoza a visitarla porque consideraba que ella había entendió los secretos del libro como nadie.

Una mendocina encontró las claves de Rayuela

Por UNO

Por Jaime Correas

De la redacción de UNO

El teléfono sonó en la casa de la calle Flores 615 de Godoy Cruz, Mendoza, varias veces antes de ser atendido. Corrían los primeros días de marzo de 1973 y cuando la mujer respondió oyó una voz del otro lado preguntando por ella. “Soy yo”, contestó. “Lida, te habla Horacio Oliveira”, respondió Julio Cortázar a boca de jarro.

Para Lida Aronne de Amestoy fue grande la conmoción de ese encuentro sonoro con el autor de Rayuela, novela sobre la que había publicado un libro un año antes.

La anécdota me la contó por carta postal en 1990 la protagonista mientras investigaba para mi libro Cortázar, profesor universitario. Su paso por la Universidad de Cuyo en los inicios del peronismo, que al fin saldría en 2004 por Aguilar. Está por cumplir diez años y los importantes escritores y críticos que colaboran desde distintos lugares del planeta en este número extraordinario de Señales para los cincuenta años de la aparición de Rayuela el 28 de junio de 1963 son amistades entabladas por aquella investigación o, al menos, que ella fortificó.

Porque Cortázar crea entre sus lectores y amigos una curiosa complicidad que, entre otras cosas, empuja a la generosidad que él tenía.

Aquel primer y único contacto por carta con Lida, conseguido a través de la amistad de su hermana Elsa con mi madre, se complementaría varios años después, cuando el libro estaba casi terminado. Fue gracias a mi compañera de trabajo Marta Aronne, otra de sus hermanas, que supe que su madre, Lida Massei de Aronne, conservaba copias de cartas de Cortázar a su hija. Fue un tesoro inesperado que se venía a sumar a otro hallado un tiempo antes: la larga serie que había recibido el artista plástico y gran amigo de Cortázar Sergio Sergi, junto a su mujer Gladys Adams, tipeadora de su primer libro de cuentos La otra orilla, que recién se conoció en los Cuentos completos (Alfaguara, 1994), y donde originalmente estaba “Casa tomada”.

Ya había mandado a Aurora Bernárdez, la primer mujer del escritor y albacea de su obra, esas amorosas misivas que fueron incluidas en los tres gruesos tomos de Cartas aparecidos en 2000. Esta vez pedí autorización a Aurora para agregar en mi trabajo un anexo con las remitidas a Lida. Me parecía que era un justo homenaje a quien había sido una pieza clave en lo que se había escrito sobre Rayuela, tal como queda claro en los fragmentos que se reproducen en estas páginas. Cortázar creía que no había quien hubiera leído como Lida su novela y entabló con su lectora una amistad profunda. Ella había presentado “‘Ulysses’ Vs. ‘Rayuela’ dos etapas en la Odisea del Siglo Veinte” en unas jornadas en Filosofía y Letras de la UNCuyo. Eran los tres primeros capítulos de Cortázar: la novela mandala, libro salido en 1972 en la colección de Estudios Latinoamericanos dirigida por Graciela Maturo para la editorial Fernando García Cambeiro.

Cortázar leyó el manuscrito de esa obra y sus comentarios en la carta de agosto de 1971 se refieren a él. El contacto con Lida lo había establecido Graciela Maturo, autora de Julio Cortázar y el hombre nuevo (Sudamericana, 1968) y destinataria de una rica correspondencia que también está en los tomos de Cartas.

Aurora Bernárdez me indicó que solicitara autorización a la mítica oficina de Carmen Balcells en Barcelona para la inclusión de las cartas a Lida en mi libro. Ella daría su aprobación a la agente literaria y lo único que me pedía era que le enviara copias, tal como había hecho con las de Sergio Sergi para los volúmenes de 2000, a fin de incluirlas en una futura edición. Así se hizo y en mi librito aparecieron por primera vez esas maravillosas nueve cartas que son el testimonio de la honda amistad entre Cortázar y Lida. La última está fechada en 1979 cuando ella ya vivía en Estados Unidos, luego de haber salido del país víctima de persecuciones en la UNCuyo en tiempos de la dictadura militar. Fue el propio Cortázar el que la recomendó para ingresar en la vida académica estadounidense, donde Lida hizo una gran carrera hasta el trágico final de su vida.

En 2012 se completó un círculo cuando apareció una reedición de las Cartas de Cortázar en cinco tomos, con el agregado de las recolectadas en los doce años posteriores a la primera colección. Con orgullo puedo decir que en esos gruesos volúmenes, editados por Aurora y el catalán Carles Álvarez Garriga, están las correspondencias con los dos grandes amigos mendocinos de Cortázar, salidas a la luz durante la investigación para mi libro: Lida Aronne y Sergio Sergi. Fue así que ambos adquirieron en el universo cortazariano el papel importantísimo que merecen, porque lo tuvieron en la vida del escritor.

Prueba de esto es que Carles Álvarez Garriga escribió en su introducción a las Cartas que “A partir de las cartas a Sergio Sergi se diría que el tono Cortázar ya es el que conocemos”, antes de transcribir una fechada en “Perolandia, 7 de enero de 1946”.

Mi satisfacción personal se completó más aún con la reciente aparición en Alfaguara de la edición conmemorativa de Rayuela por los cincuenta años. Allí hay tres fragmentos de misivas con Lida. Figura junto a Paco Porrúa, que fue el editor para Sudamericana del libro, Guillermo Cabrera Infante y Leopoldo Marechal, entre otros. Su humildad la hubiera avergonzado de estar en semejante compañía. Merecida por cierto, pues tal como Cortázar le aseguró: “Hoy sé que su versión de Rayuela es la justa”.

Lida terminó su libro escribiendo: “Rayuela es una bomba de tiempo destinada a destruir nuestra vieja casa: siembra la duda, cuestiona y corroe nuestros hábitos, denuncia la hipocresía de nuestra moral, sepulta nuestros seudoprincipios bajo los escombros de tantos esqueletos vanos”. Y remata con una contundente cita de la propia Rayuela: “Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”.

“Su versión es la justa”

Saignon, 1 de agosto de 1970

Amiga Lida, después de una carta y un trabajo como los que acaba de enviarme, no puedo empezar una respuesta a base de “distinguida” o “estimada”... contestarle como debería supone por lo menos un equivalente simbólico a lo mucho que usted ha trabajado en Rayuela; ...puede imaginarse que llevo leídos muchos cientos de páginas sobre Rayuela, en todos los idiomas que soy capaz de entender, y la cosa parece estar lejos de acabar, porque a cada nueva traducción llueven las interpretaciones y los paralelismos; creo entonces estar calificado para decirle que su trabajo me parece admirable en todo sentido. Curiosamente, las eventuales relaciones entre Bloom y Oliveira (para no citar a los autores de estos niños terribles) son algo que hasta ahora se le había escapado a casi todo el mundo, empezando por mí mismo... Su estudio, ahora, sirve entre muchas otras cosas para probarme hasta qué punto todo lo que cuenta para nosotros en la literatura contemporánea es siempre, de alguna manera, Ulysses; y que usted haya tenido la inteligencia (y yo diría incluso la generosidad) de llegar a la conclusión de que el viaje interior de Oliveira empieza allí donde termina el de Bloom es una manera fecunda, “abierta” como diría Eco, de mostrar, p rolongándola, la presencia inevitable y casi terrible del gran íncubo de Dublín. Cuando releo algunas de las conclusiones a que llegó el seminario cuyano, y que usted me transcribe, mido todavía mejor lo que va de semejantes “investigaciones” a una tentativa como la suya. Usted me pide una opinión antes de abordar eventualmente un trabajo más amplio; creo que los párrafos precedentes son ya una opinión precisa, y desde luego, si alguna vez usted me planteara cuestiones concretas, nada me sería más agradable que tratar de contestarlas. Pero no se fíe mucho de mí en ese terreno, porque carezco hasta un grado increíble de facultad crítica o razonable, trátese de mío de otros, y el “método” de Rayuela, es decir esas vías oscuras por las que a veces pasa la luz o la acción o la metamorfosis, sigue siendo el único método de mi vida y de mi obra; lo que significa que frente a problemas concretos de opinión, de juicio, estoy desamparado... Hoy sé que su versión de Rayuela es la justa, es lo que yo hubiera podido decir si fuera capaz de ese sentido sintético y a la vez tan abierto y poroso que usted posee. Y no le estoy haciendo cumplidos, Lida; he salido de la lectura de su trabajo con un gran sentimiento de plenitud, de que alguien, por fin, ha resumido en unas pocas páginas las motivaciones y las intenciones más honda de mi libro. Cuando usted escribe: “Naturalmente, esta concepción de la novela tiene que parecer descabellada a los admiradores de los episodios Trépat y Rocamadour”, me da una gran alegría, porque todavía me toca leer aquí y allá unas lúgubres referencias a que “desgraciadamente el resto del libro no está a la altura de los episodios T. y R.”, lo que demuestra el malentendido inicial y todas las peladas de frente que siguen. Lo que me gusta en su ensayo es esa manera casi imperiosa con que ha dejado de lado todo lo que “viste”, por así decirlo, una novela (sin que ese “vestir” carezca de i m p o rtancia, pero éste es otro problema, más “literario” por así decirlo), para ir directa y categóricamente a las aguas profundas, a las Madres del libro... Algo me tranquiliza, de todas maneras, y es que en su carta usted dice creer más en mi método que en los de las escuelas. De mi método yo no sé nada, y quizá ése sea precisamente el método (“There ’s a method in his madness” dice Polonio de Hamlet); pero el suyo, en todo caso, se me da como muy eficaz en el sentido de que Oliveira está junto a usted todo el tiempo y no como el insecto al otro lado de la lupa; y si Oliveira continuó el viaje de Bloom a su manera, usted también a su manera continúa ahora el de Oliveira en un terreno extranovelesco, en la vida misma, en Mendoza hoy. Qué más podría pedir el hombre que hace tanto tiempo escribió Rayuela y esperó la complicidad del lector, esa lúcida complicidad que ahora le llega con un nombre de mujer. Y que usted sea argentina no es una de las menores razones de mi alegría. Gracias otra vez, con todo mi afecto

Cortázar

84 Saignon F rancia

“Tu ensayo da en el blanco”

Saignon, 18 de agosto de 1971

Mi querida Lida: La primera cosa que voy a hacer es tutearte, reclamándote por supuesto el mismo tratamiento si no te resulta penoso. Después de haber leído tu trabajo, el tuteo es para mí una necesidad casi orgánica, una manera mágica, si querés, de acortar las distancias; la misma cosa sentí con respecto a Graciela, a quien sé muy cerca de vos, y sus últimas cartas me han devuelto ese sentimiento de cercanía que el “usted” tiende a frenar. La segunda cosa es pedirte perdón por este largo silencio... En tu carta me reprochás un exceso de generosidad y me pedís una crítica a fondo de tu trabajo. Pero yo no tengo la culpa, Lida, si tu trabajo me gusta tanto, y ahora que lo conozco en su integridad, los reparos que puedo hacerle son mínimos y desde luego que los haré. Pero tengo que empezar por lo que verdaderamente cuenta, y es la sensación total, inequívoca, que tu ensayo sobre Rayuela da plenamente en el blanco, en todo caso el blanco elegido por vos dentro de una línea determinada; quiero decir que habiendo eliminado el análisis estilístico y otros aspectos de posible estudio de la novela, tu campo de acción está claramente delimitado, y en él has puesto la flecha en su mismo centro. Te imaginás cuántos centenares de páginas llevo leídas sobre mi lib ro; hoy puedo decirte que sólo dos ensayos me parecen exhaustivos en su respectiva intención: el del chileno Ariel Dorfman (“Omenaje a Rayuela”), texto inédito que el autor me dio cuando estuve en Santiago, y el tuyo... Una de las cosas que más me gustan es la forma implacable en que hacés a un lado a esos lectores y críticos que tanta alharaca hicieron en torno a los capítulos menos significativos del libro (en la p. 26, por ejemplo); todavía hoy sigo recibiendo críticas en las que todo el libro parece reducirse a sus aspectos más tradicionalmente literarios, y por eso es bueno que liquides tan radicalmente un cómodo y a veces intencionado malentendido, esa voluntad de meter a Rayuela en una filiación meramente novelesca. Otra cosa que me complace es que si bien te mostrás profundamente sensible a todas las vías esotéricas e incluso mágicas que se proponen como aperturas, como vías de avance, en ningún momento caés en la apología orientalizante tan tentadora para los que buscan escapar de la circunstancia occidental sin hacer un verdadero esfuerzo por asumirla y superarla. Por eso la p. 32 me parece capital, cuando hablás del “corolario social de la antropofanía” (¿por qué la mayúscula, dicho sea de paso? Hacia el final hay también un exceso de mayúsculas que habrían hecho rabiar a Horacio). Lo que definís como “integración con el prójimo” está visto y explicado con una claridad total, y me parece importante que lo hayas dicho así, porque hay una cantidad de lectores y de críticos muy “espirituales” que se regodean con una supuesta fuga de la realidad en Rayuela, un refugio en otras dimensiones que no estuvo nunca en mis propósitos. Sí, tal como vos lo decís, yo me he volcado “a la calle”, e incluso sin el “quizá” un poco cauteloso, y desde antes del Último round. Pero, claro, mi calle, mi prójimo, y eso lo ves claramente, no es el fácil programa progresista de tanto escritor “comprometido”. La cosa me cuesta líos cotidianos con gente a quien admiro y respeto, pero que no están en condiciones de entrar en una perspectiva lo bastante porosa, lo bastante osada. Alguna vez se verá, espero, cuánta razón tenés al decir que un escritor “no es un cauce sino un crisol para la literatura”; pero esa alquimia es sospechosa en muchos niveles, y hay hogueras esperando a los heréticos. Qué vachaché, hubiera dicho Oliveira... No soy falsamente modesto, pero en la p. 53 se te va la mano (“hacía falta un cronopio tan grande, etc.”). ¿Vos creés realmente que hay que decir esas cosas? Ya sé que lo pensás y que no me estás tirando flores, pero cuando leo cosas como aquello de Carlos Fuentes (“Cortázar es el Bolívar de la literatura sudamericana”) se me colorean las orejas; sin contar que para un argentino eso de Bolívar, vamos... Muy hermoso el pasaje de la p. 58 sobre la locura y la cordura; es cierto, muy cierto: Oliveira no está loco, son los otros que han decidido tratarlo como tal para proteger su seguridad interior, el orden de la ciudad.Bueno Lida, qué lata padre, ¿no? Vos querías reparos y los que tenía que hacerte están hechos. Creo que a pesar de lo sucinto de mi juicio (todavía me cansa escribir, mi omoplato roto protesta al cabo de una hora) te he dicho lo bastante para que sepas de mi alegría, de mi gratitud, de todo lo que te admiro. Saberte m i amiga, mi lectora, me justifica y me alienta; ojalá la vida me deje todavía darte algunas páginas que te sean gratas. Te abrazo mucho.

Julio.

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Encuentro. En 1973, Cortázar visitó a Lida en su casa de Godoy Cruz. Ella preparó empanadas y luchó contra su timidez.
Encuentro. En 1973, Cortázar visitó a Lida en su casa de Godoy Cruz. Ella preparó empanadas y luchó contra su timidez.
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