afondo - submarino ARA San Juan submarino ARA San Juan
lunes 27 de noviembre de 2017

Sumergidos en la indolencia

Si decimos que la intensidad del dolor es proporcional a la distancia y al tiempo que nos separan del acontecimiento trágico, no es con la pretensión de crear una fórmula para codificar un índice de sufrimiento, sino para lograr entender por qué y quiénes tienen la capacidad suficiente para abrir juicios sumarios sin poseer los argumentos, ni las pruebas necesarias como para manifestarse de manera tan categórica.

Un hecho luctuoso sólo es desplazado por uno aún peor en las tapas de los diarios y en las conversaciones personales y a través de las redes y de los distintos sistemas de comunicación. Que la ocurrencia de hechos tremendos y letales sea el motivo central de los diálogos, pero además, el dato que nos inspira para discurrir sobre nuestros conocimientos, es poco halagüeño para una construcción social armónica. Política, sí, política.

Una nave que se sumerge con una tripulación es un hecho que data del 1620, al menos en la historia occidental. El primer antecedente de una embarcación que en vez de procurar flotar, hace un ejercicio de inmersión para desplazarse por debajo fue una proeza conseguida por uno de los científicos, inventores, ingenieros más creativos y más ignorados de la historia: Coernelius Drebbel. Un holandés que trabajó para la marina del reino unido, pero además formó parte de la llamada revolución científica. Amigo, o al menos, colaborador del mismísimo Galileo Galilei. A Drebbel le deben la realización del microscopio de lentes convexas y el primer antecedente de un termómetro, es adjudicado al también matemático Drebbel.

Dotado de una personalidad potente, este rubio y elegante científico, despertó luego la desconfianza y el desprecio de algunos contemporáneos. Habría que saber si por su vinculación con alquimistas y algunos ensayos fallidos, o de pura envidia.

Contemporáneo a Shakespeare y miembro del plantel del rey Jaime Primero de Inglaterra, este vanguardista de la navegación y de otras muchas disciplinas, siempre se vio tentado por ocultar algunos hallazgos, y sin dudas su capacidad fue equivalente a su ambición y probablemente a su vanidad. Luego de presentar lo que él mismo llamó la máquina de movimiento perpetuo, y que sirvió para erosionar su prestigio, tuvo algunos episodios de insania mental y terminó despachando cerveza en un bar londinense.

Estas son las crónicas que se recogen de aquél nutrido principio del siglo XVII, momentos iniciales de lo que hoy conocemos como periodismo. Con esto, sólo pretendemos consignar que es más lo que se ignora y omite que lo que pudo aportar este personaje vital en el progreso de las ciencias. La incógnita más rutilante fue -y para muchos sigue siendo- cómo logró que los remeros que permitieron que se desplazara aquella nave de madera por debajo de la superficie del Támesis, durante más de tres horas y a más de 3 metros de profundidad, no sucumbieran por asfixia. Las explicaciones son variadas, pero ninguna tan taxativa como para que la duda no continúe horadando las mentes curiosas. Fue una substancia que permitió la recuperación de las características del oxígeno, o como él manifestó, fue un licor (o una substancia) con propiedades únicas y extraordinarias.

A poco menos de 400 años de aquél debut de un submarino, las intrigas permanecen, por lo cual, toda expresión que se haga sobre los motivos de la tragedia del submarino ARA San Juan, a pesar de los enormes avances de detección, comunicación, radarización, son al menos apresurados. Y las especulaciones sólo pueden contribuir a la angustia de los familiares y amigos de esos 44 tripulantes.

Todo reclamo es legítimo. Es una nave de nuestra Armada. Iba en misión oficial. Las desinteligencias en la información alimentan las sospechas. Y el dolor busca ser conducido por los carriles de la verdad, razón ineluctable para que los procesos investigativos proporcionen respuestas de manera inminente y de modo indudable. Pero ese derecho no es análogo a la irresponsabilidad informativa, ni por parte de los organismos del Estado, ni por lo que llamamos de manera abarcativa y general : la prensa.

Pasearon por las redes videos en el que se responsabilizaba del suceso al ideario revolucionario de la década de 1970; a la reparación que se había efectuado en la embarcación por parte del gobierno anterior; a la desinversión en material bélico. Y hasta un testimonio de un motociclista que reivindica con énfasis y estudiada pronunciación a un ex militar que participó en cuanta sonada hubo contra la democracia nacional desde 1983 hasta que fue juzgado y degradado.

No es sano. Es perverso aprovechar el hueco que promueve la incertidumbre del destino de 44 personas, para vomitar las iras particulares y fomentar las intenciones de minúsculos grupos que no admiten de qué se trata un sistema. Sistema que requiere de la participación de todos los ciudadanos, pero con un sentido de bien común. En el que nadie, ninguna persona, cotiza menos que su prójimo. Simple. Aunque duro ante los reaccionarios sedientos de arrasar con el sentido profundo de soberanía, de Patria, de Nación.

Respeto. También entre filólogos hay una discusión sobre el origen de la palabra respeto. Y no son sutiles. Asimismo, hay una coincidencia. Respeto es saber mirar hacia atrás. Sí. Revisar con minuciosidad lo que ha ocurrido. De ahí proviene y hacia allí deberíamos conducirnos, si en verdad consideramos héroes a los 44 argentinos de la tripulación.

Pronunciarse anticipadamente, sin contar con los elementos mínimos, y sólo darle rienda suelta a las sensaciones, a esas que suscitan la bronca y la condena precoz, contribuyen a extremar posiciones.

De ninguna manera se trata de invalidar las convicciones, y mucho menos de desactivar el imaginario ideológico, es cuestión de respeto. De considerar al otro. De saber que hay un otro, distinto. Otro, en ocasiones sufriente.

La diversidad que habita un país, al que pretendemos patria y nación, requiere contemplar las diferencias con inteligencia, para lo cual el derecho es lo que permite que las diferencias no provoquen inequidad, iniquidad, ni dolor.

Derechos. También derecho a la información, que implica responsabilidad y profesionalismo. También derecho a la discusión sensata, que en nada se parece a la exclamación sanguínea y ventajera, que persigue como fin incrementar el dolor impropio.

Derecho a reclamar, también. De tal manera que no volvamos a convertirnos en ese lugar, en esa porción social tan bien descrito por Ciro Alegría en su novela "Un mundo ancho y ajeno".

Cabemos todos. No hay amenazas de tormentas. Rindamos homenaje a las víctimas y no le quitemos sentido a su dolor. Definamos un destino común y que la pasión no nos sumerja en el vanidoso egoísmo, egoísmo que lo único que logra es quitarle rango de profeta a Borges, porque parece que ya ni el espanto nos aúna.

Embed

Fuente:

Más Leídas