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Poesía para darle voz a la luz

Por Fernando G. Toledofgtoledo@diariouno.net.ar

La luz es tenue en Delft, Holanda. Los inviernos son fríos, muy fríos, y las horas de sol resultan escasas. Por eso es que una ventana, ese vidrio que separa y protege, que concede y pierde notoriedad, suele ser digno de reverencia. Sobre todo para un pintor como Johannes Vermeer, que debe pedir siempre por un poco más de luz, para reconstruir lo que ve y admira en las pocas horas luminosas que los días le conceden.

Por eso pinta a las mujeres y sus vestidos, que tan bien conoce, paradas junto a la ventana: porque pueden condensar así, con el mero prodigio de su pincel, la luz del afuera y el calor del adentro, y puede hacer que las formas se dibujen con claridad y nitidez, aunque alrededor de esas formas el resto se oscurezca casi hasta tornarse invisible.

Para un poeta las ventanas también son fundamentales. En especial cuando mira una obra de arte como si mirara una ventana.

Y eso fue lo que sucedió con Julio González, el poeta mendocino, que a los 81 años no deja de escribir y que presenta el próximo viernes, en el Le Parc, su sexto poemario: Johannes Vermeer. Confesiones.

Se trata de un libro surgido de la contemplación de una obra del célebre plástico neerlandés, que lo llevó a involucrarse tanto con su figura que en los textos de su nuevo libro, González lo toma como personaje para hacerlo hablar en primera persona y contar sus comienzos, sus obsesiones, su manera de mirar los interiores poblados por mujeres.

El libro combina prosas movidas por un carácter poético (un poco, claro, a la manera de las propias telas del pintor holandés) y poemas inspirados en sus obras, con la intención (como dice Jaime Correas en su prólogo) de hacer visible los objetos que ocultan las pinturas, sabiendo que “es posible capturarlos con palabras”.

Julio González, autor de La sombra del amor y Las dulces moscas, nos habla en esta charla de su nueva obra impresa.

–¿Cuál es la génesis de este libro?–Una vez estaba hojeando una revista y me sorprendió la reproducción de un cuadro de Vermeer van Delft. Quedé interesado que quise saber más sobre él, así que les pedí a mis hijos, que viven en Francia, que me enviaran algo de este pintor. Ellos me dijeron que un cuadro no iba a ser posible (risas), así que me enviaron un libro que analiza su obra y cuenta su vida. Allí me convencí de algo que había sentido al principio: que ningún pintor como Vermeer ha retratado tan bien a la mujer.

–Y desde ese momento, ¿cómo se dio paso a la escritura?–Se me ocurrió ponerme en el papel de Vermeer y empezar a escribir. Surgieron textos en prosa poética, en los que cuenta cómo fue su infancia, cómo se introdujo en el conocimiento de la ropa femenina para recién después interesarse por la pintura. Allí cuento cosas íntimas de su vida, de sus intereses, de su poca atracción por pintar desnudos. También de la importancia de la luz en sus obras, algo interesante para un pintor que vive en un país donde la luz es poca y por eso tiene que arrimarse a la ventana. Cuando tuve ese material se me ocurrió sumarle poemas, escritos a partir de varios de sus cuadros. Fue un trabajo que me demandó cinco años, pero aquí está el libro.

–El hecho de que estos poemas tengan a un pintor como centro coincide bastante con el hecho de su relación vital con la pintura y los pintores de Mendoza...–Es cierto. Siempre he sido más amigo de los pintores, más que de los escritores. Es que son menos complicados... Mis grandes amigos han sido pintores: Roberto Azzoni, Lorenzo Domínguez, Sergio Sergi, Carlos Alonso, Hernán Abal, Orlando Pardo, Enrique Sobisch y, entre los que eran de mi generación, Antonio Sarelli y sobre todo Alfredo Ceverino.

–¿Cómo es su proceso de escritura, cómo llega a considerar que tiene terminado un libro?–Este es mi sexto libro, y ya tengo poemas sueltos para otro libro. Trabajé cinco años para terminarlo. A mí me inspira la realidad, no me inspiran los sentimientos unipersonales, la interioridad ni nada de eso. Me interesa escribir a partir de lo que veo, de lo que está pasando. Así que salgo al mundo y a los problemas del mundo y escribo. Es parte de la influencia de un poeta que admiro mucho: Raúl González Tuñón.

–¿Desde siempre fue así?–Yo escribía, en mis inicios, cosas sueltas que eran... espantosas, muy sentimentaloides. Pero una vez murió una chica conocida mía en un accidente tremendo que yo presencié. Y un amigo me dijo: “Julio, vos estabas en el accidente, ¿por qué no escribís algo?”. Y así lo hice. El poema se publicó en el desaparecido diario La Libertad. Y a partir de allí empecé a escribir y a publicar en algunos pasquines.

–Hasta que llegó el primer libro...–Sí. Fue en 1967 que publiqué mi primer libro, Las dulces moscas, que combina poemas con tres prosas. Cuando lo publiqué me invadía la expectativa. Me acuerdo mucho de que de la editorial me pidieron que buscara un prologuista, porque estaban convencidos de que los prólogos ayudaban a la gente a acercarse al libro. Yo no sabía nada, así que decía: “Dejá de joder”. Pero bueno, ante la insistencia pensé en pedirle el prólogo a Fernando Lorenzo, pero no estaba. Así que se lo pedí a Rodolfo Braceli, y él lo escribió. Y cuando se presentó en la biblioteca San Martín, que fue mucha gente, era tanta mi alegría que decidí regalar los libros. Directamente los entregué. Es que no quería saber nada con ponerme a vender”.

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