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domingo 22 de octubre de 2017

Para que no terminemos con las manos cortadas

Una frase notable de Lucrecia Martel, la directora de la versión cinematográfica de Zama, nos permite repensar a Di Benedetto.

Pocas frases me han inquietado más en los últimos tiempos.

Una de ellas dice así: "Todos sabemos que somos malas personas".

La dijo la directora de cine Lucrecia Martel en una entrevista periodística a raíz del estreno de la película Zama, basada en la obra maestra del mendocino Antonio Di Benedetto.

Zama

El malquerido
Empecé a trabajar en periodismo en Los Andes. Di Benedetto, que había sido subdirector de ese diario, ya estaba preso por la dictadura de Videla.

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Antonio Di Benedetto.
Antonio Di Benedetto.

Recuerdo que en esa redacción había mucha gente que hablaba pestes del autor de Zama. Su recuerdo seguía presente.

Con el tiempo comprobé que quienes lo despreciaban era gente común, regular, de una potente medianía.

Secretamente les molestaba el talento literario del subdirector o, mejor dicho, su prestigio. Alguno llegó a sugerirme que estaba bien que lo hubieran detenido.

Sí, Lucrecia
Los que me hablaban bien de él –sin dejar de reconocer sus piojos– estaban más abiertos a comprender el alma humana y más decididos a hacer periodismo en una época terrible.

Creo que Di Benedetto hubiera aprobado la frase de Martel: "Todos sabemos que somos malas personas".

Aquel subdirector sabía que tenía un costado oscuro pero a diferencia de otros que no hacen nada con ese bagaje, él lo transformó en literatura.

Eso es algo que aquellos que lo detestaban no se hubiesen animado a hacer ni hubiesen tenido la poco usual habilidad de transformarlo en arte.

El otro
Don Diego de Zama, el personaje de la novela y de la película, tiene mucho de su creador.

Es un ser denso, con zonas tenebrosas, pero que terminan sufriendo un calvario por esperar algo que nunca llega.

Al escritor y a su personaje les cortan las manos.

A Di Benedetto, de manera simbólica en las cárceles de la dictadura. A Diego de Zama, de forma literal.

Ser mono
He leído Zama tres veces, en distintos épocas, con intervalos de varios años. Siempre me ha parecido un libro muy complejo para leer.

Por momentos el lenguaje es tan inusual por su riqueza que hay que detenerse para pensar y revisar lo escrito.

No hay nada estándar en su confección ni zonas de confort para el lector.

El irse de la vida
Tiene un comienzo maravilloso. Zama es un letrado que trabaja para la Corona española.

Al hombre se le está yendo la vida esperando que el gobernador le gestione ante el rey el traslado a una ciudad donde lo esperan su esposa y sus hijas.

En esa primera página Zama camina por la ribera del río y entre las pilastras de un improvisado puerto observa cómo el oleaje lleva y trae a un mono muerto, en una operación que la naturaleza del río vuelve mecánica.

"Y ahí estábamos, por irnos y no", dice el personaje en sus pensamientos.

La realidad lo tiene atrapado a él como las aguas del río al pobre mono sin vida.

El impacto para el lector es muy fuerte porque en la página que antecede al comienzo de la novela, la dedicatoria del libro es una frase conmovedora: "A las víctimas de la espera".

Redención
Lo que trastorna a Zama es una sucesión de obstáculos y complicaciones.

Sin embargo llega a tener un momento de lucidez cuando, consciente de que las esperanzas vanas le han destrozado a él la vida, se niega a trasladar esos engaños a un grupo de hombres que buscan la riqueza fácil.

Estos van tras un tesoro y creen saber que Zama conoce dónde está.

Como en una especie de redención personal, Zama se niega a esperanzarlos. Sabe que ese tesoro no es tal sino algo que no tiene ningún valor.

Así le va. Se queda sin manos.

La hora del hijo
En la interminable espera por un traslado que nunca llega, el abogado Zama tiene un hijo con una indígena.

El lo ve crecer en ese Chaco profundo, pero no logra establecer una relación. La presiente pero no la concreta.

Sin embargo es ese hijo quien al final lo rescata de los bandoleros que lo han torturado y lo han dejado sin manos.

Y mientras lo traslada, el chico le hace esa pregunta maravillosa con la que cierra la historia:
"¿Quieres vivir?".

Antes del telón
Los finales de las obras de Di Benedetto suelen tener esas vueltas de tuerca.

En Los suicidas, otra de sus novelas, que también fue llevada al cine (con escasa suerte), el escritor cierra esa historia de suicidas con una frase limpia, brevísima y certera: "Así se nace".

Pura y maravillosa contradicción.

La zona
Lucrecia Martel, que no es una directora fácil, ha reelaborado Zama como si fuera una reescritura con imágenes de un clásico.

Cuando ella dice que "todos sabemos que somos malas personas" está diciendo mucho más que una frase contundente.

Como ya lo hizo a su manera el escritor mendocino, está diciendo que es fundamental que conozcamos nuestras zonas oscuras, que asumamos nuestra zona de maldad, porque esa es una de las maneras de que no terminemos cortándonos las manos entre nosotros.
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