Diario Uno afondo

Carla Guelfenbein muestra en su novela una aparente superficie de erotismo que esconde una profundidad más allá de la epidermis.

Nadar desnudas y el miedo a desaparecer de una vez y para siempre

Por UNO

Por Cecilia RestiffoEspecial para Escenario

Nadar desnudas es la tesis que propone Carla Guelfenbein, como una manera de provocar, que intimida al lector desde su primera escena: una fiesta, una pareja que se seduce y, a la vez, se provoca, la sensación de saberlo todo y dos personajes que aparecen en la historia, la hija y el amante. La trama invita al lector a repensar las relaciones humanas y las pautas del amor en su sentido cultural y natural.

El erotismo se convierte en un elemento narrativo que evidencia el interior profundo de los seres humanos. Esta intimidad narrada sin estridencias otorga verosimilitud a las relaciones y desdibuja el prejuicio de encontrarse con un planteo superficial, muchas veces atado al género: ella se aproxima a él y deja caer la cabeza sobre su hombro. Su contacto cálido la sosiega y la emociona. Siente ganas de llorar.

La estructura no cronológica comienza con una fiesta decisiva, retrocede en el tiempo dos años y desde ese presente histórico empieza a desentrañarse la historia de amor de estos tres personajes que transitan los años 1972 y 1973 en Chile hasta quebrarse nuevamente para volver a la fiesta y continuar hasta un final ensamblado fuertemente con el contexto histórico. Estos dos años definitorios para Chile, interrumpen la vida de los tres protagonistas para marcar un nuevo destino.

Esta estructura en tres partes anuda la acción y con ella emergen los motivos de una búsqueda que se va transformando y pasa del amor, a la protección, al destino, a la memoria que vive y nos define.

Los tres momentos de este libro intentan sumergirnos en las aguas del impulso y lo instintivo, en este buceo por las corrientes profundas de lo que sentimos los personajes descubrirán que necesitan del otro para poder sobrevivir, para poder mantenerse a flote, y disfrutar finalmente de la marea que nos lleva a descubrirnos desnudos.

Con buen ritmo narrativo la autora extiende las tensiones que provocan una lectura sostenida, que pivotea entre lo que puede predecirse y las sorpresas que depara cada personaje, por ello es preciso estar atentos a los hechos, pero mucho más a las sensaciones y a los sentimientos que se visibilizan en la epidermis de la novela: los labios de Sophie tiembla, intuye en ellos un peligro, una advertencia. Tiene la impresión de que si persiste Sophie volará en mil pedazos.

Este tono se bifurca entre lo íntimo y lo social, entre lo que aparentamos y lo que somos, entre aquello que los demás creen saber de nosotros y los que nos conocen con sólo mirarnos; por eso Nadar desnudas, va más allá que la literalidad de una situación erótica, es una invitación a la desnudez del alma y los sentimientos contradictorios que al ser humano lo impulsan a vivir.

La presentación de los personajes es una construcción que no termina de desarrollarse sino hasta el final. Esta caracterización propone que el lector rearme la historia al cerrar la lectura del último renglón y en esta lógica los personajes cobran una dimensión completa, por sus relaciones con los demás, consigo mismos y con la historia que los persigue y los convoca a no olvidar, a no olvidarse para poder conjurar un miedo milenario “desaparecer totalmente”.

Los tres momentos de este libro intentan sumergirnos en las aguas del impulso y lo instintivo, en este buceo por las corrientes profundas de lo que sentimos los personajes descubrirán que necesitan del otro para poder sobrevivir, para poder mantenerse a flote, y disfrutar finalmente de la marea que nos lleva a descubrirnos totalmente desnudos.