Diario Uno afondo

El célebre compositor y director francés, Pierre Boulez, figura central de la música del siglo XX, cuenta cómo busca renovar la música a sus 88 años.

“Me mueve la transgresión”

Por UNO

Un punk, sí, muy bien, nos puede parecer gracias al marketing la pura provocación. Pero los Sex Pistols, comparados con Pierre Boulez, son la madre Teresa de Calcuta. Tras la catástrofe de la II Guerra Mundial, Europa quedó en ruinas. Morales y físicas. También el arte había fracasado.

Era necesario construir un nuevo universo que describiera el caos, la orfandad de valores, el fracaso de la civilización. Eso hicieron músicos como Boulez, sus seguidores y sus contemporáneos, al abrigo crucial de una reunión que se dio en la ciudad alemana de Darmstadt, a principios de los ’50.

Debían imponerse con carácter y no valían medias tintas. De todos ellos, este francés fue el más explosivo, el más virulento, el más tajante, el más irredento, el más iconoclasta; el menos compasivo, el menos tolerante, el menos diplomático, el menos condescendiente.

Debían inventar un nuevo mundo, un nuevo universo, y si bien muchos, en su generación o en las anteriores –Stravinski, Messiaen, Schoenberg, John Cage–, marcaron rupturas evidentes con lo anterior, no fueron suficientes para la ambición aniquiladora de Boulez y sufrieron su desprecio.

Polémico, airado, hoy muy respetado, controvertido, audaz, brillante e hiriente, Boulez repasa sus tiempos en su casa de Baden-Baden (Alemania), donde aún compone entre un mobiliario ultrarracionalista, rodeado del canto de los pájaros que tanto inspiraba a su maestro, Olivier Messiaen.

En la búsqueda–¿En qué anda?

–Recapitulando y expandiendo mi música. En esa tensión vivo. Estoy componiendo mis Notations, las grandes, las largas. Resumiendo y mirando hacia delante. Me gustaría durar tanto como Elliott Carter, dos semanas antes de morir me escribió una carta bien extensa, sin ninguna falta de ortografía: la he guardado. Quisiera llegar hasta el final como él, en plenas facultades, a los 103 años.

–Pero lo veo bien.–Me siento bien. 88 años…

–Y peleando, soñando por hallar cosas nuevas.–Sí, soñando… Me estoy concentrando ahora en aspectos tecnológicos. Más allá de los instrumentos, queda muchísimo por descubrir acerca de lo que la tecnología puede aportar a la música. Me encantaría ir en la dirección de mi obra Intervals, en la que no se utilizó ningún instrumento tradicional. A mí lo que me mueve es la transgresión.

–Ya veo.–Cuentas con un universo, y lo transgredes. Creas otro universo y vuelves a transgredirlo.

–Confrontación y violencia.–Eso un poco menos ahora.

–Pero antes no.–Bueno, era el período. Crecí con la guerra, y cuando mis colegas y yo comenzábamos a crear, hacia los años cincuenta, no queríamos regresar a lo que se había hecho antes. Necesitábamos encontrar nuevos caminos. Habíamos presenciado el apocalipsis.

–¿Cómo vivió los días de la guerra?–Aislado… Era joven. Francia estaba dividida en dos partes, me trasladé de Lyon a París y conocí gente que me ayudó, pero me sentí muy encerrado, aunque curiosamente se hacía buena música. Los parisienses trataban de combatir esa falta de vida social y se organizaban muchos conciertos. El gran héroe era Honegger. No lo podemos comparar con Stravinski o Schoenberg, pero era un compositor decente. Después descubrí a Messiaen.

–Pero duró poco la amistad entre maestro y alumno aventajado.–Yo tenía 18 años y él había estado en un campo de prisioneros, en un stalag. No lo trataron mal, incluso había conseguido que lo sacaran y volver a dar clase de armonía en el conservatorio. Nos entendimos rápido. Pero la luna de miel acabó pronto.

Un gusto definido–¿Qué pasó? Habla usted de luna de miel, pero ya entonces mostraba un carácter terrible. Messiaen no fue su primera víctima: ahí quedan sus desplantes a Shostakóvich, a Stravinski, a Schoenberg, a John Cage…

–Mi gusto fue definiéndose pronto y para afianzar mi personalidad no podía aceptar cosas.

–¿Cuáles?–Pues en el caso de Cage, por ejemplo, su teatralidad. Estaba pasada de moda. Ese punto dadá…

–Como admirador de Wagner y Mahler, ¿qué aportaron ellos a la modernidad? ¿Abstracción o fantasía?–Mahler quiso extender los límites de la sinfonía hasta su desaparición. O contar grandes novelas, como si fueran obras de Balzac, de Joyce o de Thomas Mann. Con esa idea los arma y los destruye al tiempo.

–¿Y Wagner?–Ahhhh… Ahí comienza la destrucción.

–¿Por eso le atrae?–Exacto. Arma la gran música con pequeñas partículas. Continuidad y discontinuidad, ese es su aporte.

–¿Cuáles son sus temores?–No tengo, es demasiado tarde para temer nada.

–¿Ni a la muerte?–La verdad es que no, por el momento. Puede que en un tiempo. Bueno, sí… No me gustaría morir en un accidente de avión. Para ser precisos, ese es el miedo que tengo.

Fuente: El País de Madrid.