Diario Uno afondo

A 50 años de la primera edición de Rayuela. Cómo se llega a juntar la colección más completa de primeras ediciones de Cortázar del país y del mundo contado por su artífice. El camino mágico por el cual los libros y otras publicaciones

Manual del coleccionista

Por UNO

Por Lucio Aquilanti (*)Especial para UNO

(*) El autor es librero anticuario, coleccionista e investigador de temas relacionados con la historia, la literatura y la bibliografía argentinas.

Ya se ha dicho que Cortázar es un escritor tan querido como admirado. Es posible que ello se deba a los puentes entre lo real y lo imposible, entre lo amenazante y lo conocido, puentes que al descubrirlos en su literatura indefectiblemente nos acercan al autor y nos hacen percibir su calor humano.

Naturalmente no estuve eximido de esta emoción ni bien hube terminado de leer Casa tomada en 1984, en el colegio, a pocos días de su muerte. Aún no olvido cómo se me perdió la mirada por la ventana el resto de la hora.

En casa encontré Bestiario (Sudamericana, 1951) y lo leí esa misma tarde. La primera vez que leía un libro de una sentada, sin interrupciones. Y pocos años después, siendo aún adolescente, adquirí un ejemplar de Los Reyes (Gulab y Albadahor, 1949), una plaquette en tirada de 600 ejemplares dedicada de puño y letra de Julio Cortázar. Recuerdo cómo temblaba la hoja de portada en mis manos mientras leía la dedicatoria. Ese libro estaba ungido por Cortázar, había estado en sus manos, lo había dedicado y regalado a su amigo. Salí de aquella librería emocionado, sonriente, sin siquiera apreciar el fragor del centro porteño, y me senté a la sombra en la plaza Lavalle. Acaricié el librito y lo olí como había visto hacerlo a mi padre. Lo leí allí mismo, entero, y desde un principio sostuve el hilo que Ariadna me tendía y fui Teseo y fui el Minotauro. Al terminar el libro estaba más feliz aún. Había gastado entero mi magro aguinaldo en esa pieza. Supe que acababa de nacer otro coleccionista en mi ciudad. En ese momento apareció la idea de coleccionar la obra completa de Julio Cortázar en sus primeras ediciones. Desde siempre rodeado de libros viejos y con la bibliofilia transmitida por mi papá (al igual que el oficio de librero anticuario), era previsible que se despertara temprano el coleccionismo en mí.

Por ese entonces estaba yo empleado en la librería Fernández Blanco, en donde el nombre de Julio Cortázar no era muy festejado debido a preferencias políticas. Había yo salido por un trámite tardando más de lo prudente, debido a la lectura de Los Reyes. Al volver a la librería, el viejo don Gerardo me preguntó, socarrón: “¿Qué andabas leyendo en la plaza?”. Me había visto. “Cortázar”, dije, y le mostré la plaquette. La miró y gruñó suave. “Te felicito –dijo–, es un hermoso libro. Ya sos un bibliófilo”.

En los siguientes veinticinco años reuní con gran placer y no menos esmero lo que muy posiblemente sea la colección cortazariana más importante en primeras ediciones, con más de 800 piezas catalogadas (todas ellas, en donde por vez primera se publica un texto de Cortázar).

Pero toda colección persigue al menos un objetivo. En mi caso no me movía una ambición egoísta y acaparadora (cliché que suele estigmatizar la figura del coleccionista casi siempre con injusticia y de modo más balzacquiano que científico), sino que desde un principio, al descubrir la gran indigencia en las escasas bibliografías referidas a Julio Cortázar o peor aún, la preocupante inexactitud en casi todas ellas, algunas veces con errores magníficos, decidí que era indispensable llevar adelante un trabajo bibliográfico completo y detallado, para lo cual adquiriría previamente cada una de las primeras ediciones del escritor. Claro que ciertos autores ofrecen una especial resistencia a la bibliografías. Debemos tener en cuenta que Julio Cortázar publicó durante el transcurso de cinco décadas sus primeras ediciones en docenas de ciudades y editoriales: Buenos Aires, Mendoza, París, Managua, México, Barcelona, Madrid, Zaragoza, Milán, Montevideo, Zurich, Caracas, Bruselas y otras, tanto en español como en francés, italiano, alemán u holandés (sí, sus primeras ediciones muchas veces aparecieron en idiomas extranjeros), en varios cientos de revistas y periódicos de todo el mundo, en tapas de long plays, en colaboraciones para catálogos de artistas plásticos, manifiestos políticos, comics, prólogos para otros autores y más.

Años y años coleccionando y estudiando su obra, siempre desde la diversión y sin demasiado método, hasta que mi antiguo amigo Federico Barea, cronopio y coleccionista, me conminó a trabajar y a llevar adelante el proyecto bibliográfico que pronto publicaremos con motivo del centenario de Cortázar en el 2014.

Si usted no ha desarrollado aún esta bella y coqueta afición, sepa que para el coleccionista no es tan importante tenerlo todo sino, simplemente, conseguir lo que busca.

El placer radica en lo detectivesco, en la pesquisa y muchas veces en la sorpresa y el azar. Ha habido libros que se cruzaron en mi camino, algunos con los que casi tropecé en una librería, en una caja de cartón de un bouquiniste o en cualquier lado, y están los que me han evadido meticulosamente. Así es que esta colección me llevó a viajar, a conocer montones de librerías, a comprar en remates o a particulares, a gastar monedas o pequeñas fortunas, a festejar con cenas y descorches el hallazgo de una pieza, o a no dormir la noche anterior a un remate, pero, sin duda, lo mejor que me ha brindado la colección es el haber conocido cantidades de amigos cronopios (amigos y amigas) en rincones de todo el mundo. Siempre nos reconocemos por una manchita verde en algún lugar del cuerpo.

Creerá usted que ésta es una apología del coleccionismo y no se equivoca: lo es. El coleccionismo es delectación y complacencia. Nadie que sufra demasiado a causa de su colección puede llamarse un buen coleccionista.

El coleccionismo es en modo indefectible, algo relacionado con el placer. Y además debe apuntar al conservacionismo patrimonial, la clasificación, la investigación, la puesta en valor y rescate de los objetos para la posteridad. Uno termina enamorándose de sus piezas y, ya se sabe, cuando se ama se teme perder lo que se ama. Últimamente he tenido que preguntarme qué salvaría de mi hogar en caso de una inundación y me he estremecido pensando en los miles de libros que quiero y que tanto me ha costado reunir. Y me lleva a pensar en que seguramente no sería Rayuela una de las primeras piezas que salvaría del diluvio, a pesar de ser una de las obras más importantes de la colección, sino que seguramente salvaría las más inhallables, como Presencias (El Bibliófilo, 1938), ese precioso poemario en tirada de 250 ejemplares, o Un elogio del tres (Zurich, 1980), plaqueta escasísima con linografías de Luis Tomasello en una tirada total de 125 ejemplares, todos firmados por el autor y el artista, de los cuales poseo uno de los 25 que incluyen una suite en papel Japón supernacarado, o la primera y rara edición mexicana de Final del juego (Los Presentes, 1956) en tirada de 600 ejemplares. También Les discours du pince gueule (París, 1966), esa plaqueta grande y bellísima con litografías de Julio Silva, en tirada de 100 ejemplares todos firmados por Cortázar y, claro, me quedaría un puñal clavado en la espalda por no haber salvado a tantos otros y a cada uno de ellos.

Sin lugar a duda, una de las que primero encontrarían lugar en el Arca sería una de las primeras piezas que conseguí. La compré en la Librería Platero, en donde no era ni es común encontrar obra literaria. Don Luis Lacueva me permitió entrar al sótano, movido más por la cordialidad que por la esperanza de venderle algo a un muchacho de veinte años. Allí conseguí dos o tres primeras y junto con ellas un montoncito de hojas abrochadas, mecanografiadas con poemas de Cortázar y corregidas a mano por el propio autor. Jamás me preocupé por conseguir originales o manuscritos, pues mi obstinación siempre estuvo relacionada con el papel impreso. Por ello nunca puse en valor aquel conjuntito de mecanoscritos hasta hace muy poco tiempo, cuando investigaba cuáles eran las poesías que allí se encontraban. La pieza se titula Razones de la cólera. Ya sabía yo que no existía ninguna obra impresa con aquel título, pero sí que habían aparecido traducidos, bajo el título Le ragioni della cólera, algunos de estos poemas que yo tenía, en la revista italiana Carte Scoperte Nº2, de 1982. Hay quienes aún piensan que esa revista es la primera edición de estas poesías y así se ofrece en portales web, catálogos de librerías y remates a importantes precios. Cometen un error. Les contaré que, en el poemario Salvo el crepúsculo (1984), el propio Cortázar compila casi toda su obra poética y, allí, el capítulo final se titula Razones de la cólera, y a modo de introducción escribe: “La mayoría de lo que sigue no viene de papeles sueltos sino de un mimeógrafo que compré de ocasión en los años ’56 en París, aprovechando un remate de la Unesco, y que me permitió fabricar en casa pequeñas ediciones privadas. Era un viejo Gestetner manual cuyo tambor se entintaba con gran profusión de salpicaduras, pero cuando le tomé la mano, digamos la manija, hacía copias muy bonitas que yo abrochaba pulcramente y guardaba en un armario, razón por la cual casi nadie se enteró de su existencia aparte de una que otra laucha. La primera edición que produje contenía los poemas de Razones de la cólera, escritos en rápida sucesión al término de mi primer viaje a Europa en el ’49 y el regreso a la Argentina a bordo del vivaz motoscafo Anna C.”.

Mientras leía, iba mirando mi montoncito de hojas mimeografiadas y pulcramente abrochadas. De inmediato esta pieza pasó a ser una de las más maravillosas de mi colección, pues ya no se trataba de un original mecanoscrito, lo cual no era trascendente para mí, sino de una magnífica e inhallable edición de autor, primera edición (Cortázar dixit) impresa por el propio Cortázar en su modesto departamento de París (54, rue Mazarine). ¡1956! ¡Uno de sus primeros libros! Me encomendé al cielo y lo puse en las manos de una gran encuadernadora para que le fabricara una cuna que lo contuviera y salvarlo para la posteridad.

Es evidente que, en ese caso, la suerte estuvo de mi lado pero el esmero, el espíritu lúdico y detectivesco, las horas y horas de investigación, la constancia, la curiosidad y la pasión son indispensables para llevar adelante una colección y tener este tipo de hallazgos. Anímese. Le propongo que comience la suya. De un tema en particular, del autor que lo emociona, de los libros ilustrados que leyó de chico, de algún hito histórico como las Invasiones Inglesas o la Inquisición, modestos libros sobre su provincia natal o incunables acerca de las ciencias ocultas o los seres mitológicos. El tema lo elige usted, es más: ya lo tiene elegido. Es solamente comenzar y sumergirse en un mundo bello, íntimo, y afrontar el desafío. Acérquese a las librerías de viejo y a las anticuarias en donde sin duda encontrará alguien que le simpatice especialmente, quien será su compañero de búsquedas y su consejero; vaya a los parques, a las plazas, viaje, busque en internet. Será otro motivo de felicidad y piense siempre en que estará reuniendo una colección homogénea, cuidando y poniendo en valor para la posteridad. Y recuerde que, como decía Julio Cortázar: “No hay rincón en casa, mejor que un libro”.

Como jugando a encontrar el cielo

Conseguir la primera edición de Rayuela fue de algún modo tocar el cielo.

Comencé este juego de coleccionar la obra de Cortázar con ambos pies en la tierra -como es debido- convencido de que con paso firme -aunque saltando en un pie- llegaría hasta el cielo de la rayuela. No fue así. Y si así hubiera sido, si tan fácilmente hubiera llegado a la última casilla, hubiese descubierto que el juego era aburrido.

Supongo que si un pescador tuviera éxito en cada salida de pesca, perdería el vértigo de atrapar un pez.

Y la rayuela es un juego de imprevistos y nunca se sabe si el tejo caerá donde uno quiere debido a las irregularidades de la vereda, de la casilla 2 o la casilla 3 de la vida, ni se sabe si el saltito practicado tendrá la suficiente precisión para no pisar la línea de tiza. Eso es la rayuela, el juego entre la inseguridad de la tierra, de la vida, para ir andando a los saltos hasta llegar al cielo, la seguridad.

Muchos turnos perdí hasta lograr una secuencia correcta y finalmente alcanzar el cielo, mi ejemplar de Rayuela, que andaba huerfanito por ahí y que se hoy se siente tan a gusto entre mis libros.

Como suele ocurrir durante la lectura de una novela, Rayuela había sido mi mundo paralelo durante semanas y semanas de mi adolescencia. Ahora tenía un ejemplar de la primera edición en mis manos. Al mismo Olivera que había conocido, lo tenía ahora en ese objeto especial. Cuando lo conseguí no pude dejar de pensar por manos de cuántos jóvenes como yo había pasado, cuántos habían devorado sus páginas ávidos de reconocerse en ellas, deseosos de encontrar su propia Maga, saltando entre París y Buenos Aires, encontrando a Talita en los bares o en una compañera de facultad, caminando hasta perderse sumergidos en ese mundo análogo y lleno de magia, saboreando la propia ciudad como nunca lo habían hecho hasta ese momento. Así me senté a releer esta novela magnífica, con el perfume de la juventud flotando entre el papel y yo, poniendo en la Maga, la cara de viejas Magas del pasado. Una obra literaria no cambia con el tiempo pero, leerla en un libro viejo, es siempre mejor.

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