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lunes 27 de noviembre de 2017

Libros enterrados, un ultraje a la memoria

La Biblioteca Roja. Este texto, mezcla de ensayo, crónica y registro fotográfico, demuestra, a través de la historia de dos familias, cómo durante la última dictadura militar se quemaron o enterraron bibliotecas para salvar la vida de sus propietarios.

Un libro que se oculta o se entrega al fuego para garantizar la propia supervivencia encarna el testimonio de una barbarie mayor, pocas veces documentada de manera tan potente como en La Biblioteca Roja, texto polifónico que mezcla el ensayo, la crónica y el registro fotográfico para narrar la recuperación de una biblioteca que en 1976 enterró un matrimonio cordobés que luego huyó a México.

Letras "peligrosas"
Las varias acepciones del verbo arder permiten conectar dos planos decisivos en la vida de la artista y escritora Gabriela Halac: por un lado la evocación persistente del ritual incendiario que su padre se vio obligado a practicar con sus libros cuando ella todavía no había nacido, y por el otro ese sentimiento lacerante que le provocó la constatación de que ese patrimonio perdido había sido la condición excluyente para la supervivencia.

Esa idea de despojo sobre la que se constituyó el acervo familiar la acercó al artista y docente Tomás Alzogaray Vanella, cuyos padres, Dardo y Liliana, también habían tenido que desprenderse de su biblioteca, aunque mediante una decisión que a priori resultaba menos drástica que la quema: con ayuda de amigos, habían enterrado sus textos más incómodos -una selección que va desde los previsibles Marx y Trotsky hasta el impensado poeta Oliverio Girondo- en el patio de la casa que acababan de construir.

En la génesis de La Biblioteca Roja (Ediciones Documenta) hubo entrevistas a los Alzogaray Vanella en las que se explayan sobre la composición de la biblioteca, el clima de época y hasta el fallido intento de recuperar esos libros enterrados tras regresar del exilio, dado que el hallazgo de algunos ejemplares corroídos los disuadió rápidamente del operativo.

Casi sin pensarlo, Halac y Alzogaray retomaron el viejo proyecto de desenterrar la biblioteca y documentar esta instancia en un trabajo que diera cuenta de los pormenores del proceso y que al mismo tiempo permitiera rearmar el relato sobre el horror de la dictadura desde una perspectiva cifrada en los libros.

Tan impactante como lo que se narra, La Biblioteca Roja se distingue además por la originalidad de sus procedimientos, que conducen a infinitas lecturas sobre la memoria, los libros y la propia vida.

La obra se completa con un texto del ensayista Agustín Berti sobre las dimensiones materiales de la escritura y un ensayo fotográfico de Rodrigo Fierro que documenta cómo se llevó adelante el proceso con la colaboración de antropólogos forenses voluntarios.

Para una de las autoras, Gabriela Halac, "cada momento histórico genera sus formas de vincular a los sujetos con determinados objetos. Los libros surgen de una voluntad precisa de sentar una posición, de dejar una marca y una transmisión. Pero su devenir es mucho más poderoso e incierto que todas las voluntades que los originan. El vínculo entre sujeto y objeto es muy fuerte. Los libros que desenterramos del patio de la casa de los Alzogaray Vanella además de su contenido hacían referencia a un ideario, a una historia personal, a una política y también a una época. Y son el testimonio de un oxímoron: la destrucción de la conservación. Ellos enterraron sus libros para intentar resguardarlos hasta que pasara el peligro, pero la gravedad de los acontecimientos hizo que el desentierro no llegara a tiempo para poder devolverlos a su biblioteca".
Fuente: Télam

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