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La primera lección de Francisco

Por Emilio Luis Magnaghi

Columnista UNO

José Ortega y Gasset, en 1939, en una conferencia en la Universidad de La Plata, nos decía: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismo. No presumen ustedes el brinco magnífico que daría este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez bravamente a abrirse el pecho a las cosas…”. Nunca más que ahora son de aplicación las palabras del gran filósofo español para los argentinos.

La elección de Francisco al frente de la iglesia Católica tiene mucho que ver con la esperanza y el resurgimiento de valores. Está ejerciendo el poder de una manera distinta, desde la humildad, el respeto, la dignidad y la honradez. Ha empezado a usar al Vaticano más como una enorme vidriera para mostrar, que como una tribuna para hablar. Como jesuita conoce la importancia del mensaje gestual; sabe que hay un gesto que tiene más de dos mil años de vigencia.

Cuando Francisco pide que recemos por él –aunque siempre lo hiciera–-es porque sabe que va a tener graves problemas, y porque está dispuesto a enfrentar intereses dentro y fuera del propio Estado Vaticano. Tal vez, su lucha contra la corrupción económica y moral dentro de la propia Iglesia sean los combates más arduos, pero seguramente no serán los únicos.

El Papa es uno de los más influyentes líderes del orbe. Comparte el centro de la escena del poder mundial con los más importantes mandatarios del mundo. “La lucha contra la pobreza, tanto  material como espiritual; edificar la paz y construir puentes. Son como los puntos de referencia de un camino al cual quisiera invitar a participar a cada uno de los países que representan…”, les hadicho el Papa a los representantes de 180 naciones acreditadas ante la Santa Sede.

Las acusaciones sobre actos de pedofilia y otras perversiones que se le adjudican a la Iglesia son ciertas y afectan profundamente la credibilidad del mensaje pastoral de la misma. Su papado  tendrá que vérselas con las acusaciones que pesan contra importantes prelados, lobbistas e, incluso, políticos italianos sobre corrupción, blanqueo de dinero y cuentas corrientes con dinero de la mafia, en el Instituto para la Obra Religiosa (IOR), conocido como el Banco Vaticano.

¿Está realmente en peligro el Papa? No lo sabemos a ciencia cierta, pero su embestida contra esos intereses puede despertar enojos, resquemores y hasta odios impensados. Cuando el mundo miraba a algunos de los países de la región, especialmente a Brasil, como emergentes económicos importantes, ahora empieza a mirarlos desde la política y hasta desde lo humano y espiritual.

La América del Sur, y dentro de ella el Brasil, seguro que sabrá aprovechar esta oportunidad. La próxima visita del papa Francisco a ese país promete convertirse en un hecho de gran interés, dado que será su primera salida de Roma. Dilma Rousseff ha advertido desde el primer momento la importancia de contar con un Sumo Pontífice que conoce la realidad sudamericana como ningún otro  y se ha subido desde el primer minuto a ese tren de optimismo.

Desde el principio, fue espontáneo el entusiasmo de la presidenta del Brasil y lo expresó sin pudores, al estilo brasileño: “El Papa es argentino –dijo–, pero Dios es brasileiro”(sic). ¿Qué dirá el  Papa durante el encuentro con la juventud en Río de Janeiro? No importa demasiado, todo el mundo sabe que el Papa volverá a sorprender y a conmover. Lo realmente importante es que lo hará desde Brasil, desde América del Sur.

A la Argentina, Bergoglio le ofreció más que una vidriera. La comitiva oficial argentina en primera fila y en un lugar preferencial. Recibió en audiencia especial, exclusiva y en primer término, a la mandataria de su país de origen; aquella que le había negado a él catorce solicitudes. Son gestos que demuestran que al Santo Padre le interesa la Francisco. Su papado deberá resolver profundas  crisis en el seno de la Iglesia. A los fieles ya los conquistó.

Argentina. Su Santidad no necesitó hablar para enseñar respeto, humildad y poner las cosas en su lugar. El haber mandado a llamar para saludar al jefe del gobierno porteño, que lógicamente debió ser parte de la comitiva oficial, por ser el alcalde de la ciudad de dónde proviene, fue un acto de docencia política.

Mientras algunos medios de comunicación en la Argentina denostaban al cardenal Bergoglio, la emoción del presidente de Ecuador, Rafael Correa, cuando saludaba al nuevo Papa acompañado por  su madre, pareciera que le estaba diciendo al Gobierno argentino que, en esta ocasión, no contara con él. Estos hechos y la dificultad que tiene el Gobierno nacional para separar la delgada  política electoral de la verdadera política de Estado están haciendo pensar que la Argentina no será capaz, una vez más, de aprovechar una oportunidad única.

Fue la propia presidenta de la Argentina la que inhabilitó a Francisco para mediar en el conflicto por las Malvinas, al declarar que le había solicitado esa mediación durante el almuerzo a solas que compartieron –no nos olvidemos que el Papa es argentino–. Si así fue, en realidad debió callarlo, dejando al Santo Padre la libertad de elegir los medios, la forma y, sobre todo, los tiempos para hacerlo.

El cortísimo plazo de las próximas elecciones es siempre un problema en nuestro país. Hemos visto y oído mensajes oportunistas y actitudes indisimulables; algunos se han alegrado creyendo que Francisco será proclive a su pensamiento político, otros se entristecieron pensando lo contrario, y algunos, que no se detienen ante nada, han estado buscando desde el primer minuto la forma de dañar la imagen de Bergoglio.

Por qué no pensar que, en realidad, no somos nosotros tan especiales ni tan importantes como creemos y que, en verdad, no somos protagonistas como nos gusta imaginar. Ser espectadores no es poca cosa. Y ser espectadores tan privilegiados, porque somos argentinos como el Santo Padre, que lo conocemos desde hace mucho, desde nuestra proximidad de vecinos y compatriotas, es  ya lo suficientemente importante como para sentirnos orgullosos. No de ese orgullo grandilocuente, egoísta y casi futbolero que a veces los argentinos tenemos, sino de un orgullo profundo, más modesto, más moral y, en definitiva, más humano.

Ir a las cosas en estas circunstancias significará responder a la humillación con dignidad y humildad –como lo ha hecho Francisco–, que cada uno de nosotros empiece a ponerle límites al poder  discrecional de los que ejercen la política, enfermos de soberbia e irracionalidad; significará hacer y cumplir nuestros deberes y obligaciones en las actividades que cada uno tiene, porque somos parte de esta sociedad.

Tal vez Ortega y Gasset había observado que a los argentinos, ya en aquella época, nos sobraba inteligencia y capacidad, tan útiles para crear, innovar e improvisar, pero que nos faltaba coraje y  humildad, tan necesarias para ir resueltamente a las cosas.