Diario Uno > afondo

La nueva derecha de EEUU

Si alguien cree que el tándem Bush-Cheney es la versión más extrema del conservadurismonorteamericano, es posible que pronto compruebe que está en un error. El movimiento conservador en

desarrollo en los últimos meses en Estados Unidos, alimentado por el rencor de una clase media

empobrecida y por la ambición de una nueva clase política post-partidista, rompe los moldes del

republicanismo tradicional y evoca el carácter racista, nacionalista y fanático del fascismo. Por

ahora, sólo le falta el ingrediente de la violencia.

La última señal de alarma ha sido la reciente reunión de los Tea Party en Nashville

(Tennessee) y el discurso de su líder más visible, Sarah Palin, que llevó el populismo hasta el

grado de elogiar la ignorancia como muestra de autenticidad y de destacar como la mayor cualidad

política de Scott Brown, el recientemente elegido senador por Massachusetts, el hecho de ser "

simplemente un hombre con una camioneta".

Palin es aclamada por sus seguidores por la sencillez de su expediente académico, una simple

graduación de periodismo por la modesta Universidad de Wyoming, frente a los títulos de Ivy League

que acumula Barack Obama en Columbia y Harvard. El propio Brown ganó adeptos por la virilidad

abiertamente exhibida en la revista Cosmopolitan, frente al refinamiento pudoroso de los políticos

tradicionales.

La nación de los Tea Party se presenta, en efecto, convencida de haber puesto en marcha una

revolución contra la oligarquía de Washington, similar a la que en el siglo XVIII expulsó a los

colonialistas británicos. De repente, los republicanos con más pedigrí están en peligro ante esta

oleada. El gobernador de Florida, Charlie Crist, un moderado que el año pasado gozaba de un 70% de

popularidad, se ve hoy superado en las encuestas por un desconocido joven ultra religioso llamado

Marco Rubio. Hasta John McCain, el indiscutible virrey de Arizona, está hoy seriamente amenazado

por J. D. Hayworth, un charlatán de una radio local que, en definición de The New York Times, "cada

día ataca, y no siempre por este orden, la inmigración ilegal, la pérdida de patriotismo en el país

y todo lo que hace Obama".

Todas las mañanas surge entre las filas del Tea Party algún desconocido que en media hora de

la demagogia más radical gana diez puntos en las encuestas. "El movimiento está madurando", afirma

Judson Phillips, uno de los fundadores de este fenómeno, "las manifestaciones estaban bien para el

año pasado, este año hay que cambiar las cosas, este año tenemos que ganar".

¿Ganar qué? ¿Para conducir al país hacia donde? Algunos conservadores moderados y cultos,

como Peggy Noonan o David Brooks, aseguran que no hay nada que temer, que éstos son grupos

enraizados en las tradiciones libertarias de Estados Unidos y que su contribución servirá para

dinamizar la vida política del país.

Es posible. Ciertamente, la hostilidad que este movimiento manifiesta hacia Obama no se

aleja mucho de la que izquierda exhibió contra Bush -hay que recordar las menciones a su adicción

al alcohol o su supuesta indigencia intelectual- y tiene cabida perfectamente, por tanto, en el

juego de la democracia.

Pero, desde una mirada europea, en lo que ahora está ocurriendo en Estados Unidos, se

observa algo más que eso. Uno de los oradores en Nashville sostuvo con convicción que "está mejor

documentado el nacimiento de Cristo que el de Obama". "Es africano", gritó una mujer entre la

audiencia. Detrás de esta campaña que le niega al presidente su ciudadanía norteamericana parece

esconderse tanto un sentimiento ultranacionalista como un rechazo a su raza.

Nadie habla en Estados Unidos de este último factor. Para los que apoyan a Obama puede

parecer ventajista acudir al grito de ¡racismo! cada vez que se critica al presidente. Sus

enemigos, por supuesto, no reconocen ese pecado, por mucho que en la reunión de Nashville se

escuchara sólo una voz negra, obviamente exhibida para ocultar el carácter puramente blanco del

movimiento. Este nuevo conservadurismo recoge mucha de la frustración del hombre blanco acumulada

desde la liberación femenina, los derechos civiles, de todas las leyes para la igualdad que le han

ido restando poder al sector de la sociedad eternamente dominante. Ese hombre blanco que tampoco se

ha visto favorecido por los buenos contactos, las amistades útiles, el dinero fácil, y que ha ido

engrosando durante las últimas décadas una clase media, que fue orgullo de la nación en los años

cincuenta, pero que ha sido despiadadamente maltratada por la última revolución tecnológica y la

reciente crisis económica.

Esa clase media blanca herida dispara contra lo que tiene más cerca: los inmigrantes, las

minorías raciales, los dirigentes políticos. Intenta reducir la competencia, que considera injusta,

y pretende que Estados Unidos sea sólo para los verdaderos americanos. Busca la salvación en nuevas

doctrinas, y atiende la voz maternal de Palin y los alaridos patriotas de los locutores

radiofónicos. Glenn Beck o Rush Limbaugh se convierten, así, en los Walter Conkrite de los nuevos

tiempos.

Los conservadores norteamericanos no creen que haya ningún peligro. Confían ciegamente en la

fuerza integradora de esta democracia y en su indestructible capacidad de contener cualquier

amenaza. Pero desde una óptica europea, esa combinación de demagogia, racismo, nacionalismo y

xenofobia, enarbolada por una clase media herida y agitada, es una receta muy conocida y todavía

temida. Es verdad que el nuevo movimiento conservador norteamericano hace gala de su defensa de la

libertad y no parece aún compatible con un Gobierno que no garantizase el respeto al individuo.

Pero el aroma de Nashville siembra dudas, trae malas sensaciones, asusta./ ANTONIO CAÑO,

Whashington