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lunes 06 de noviembre de 2017

La confianza de que nos van a traicionar

Lo único que puede garantizarnos seguridad es: el miedo. Porque el miedo, desde sus múltiples formas, convocado por algo, por alguien, pero también surgido espontáneamente, aparece. Y si de algo solemos no dudar es de experimentar miedo. Cuando se apropia de nosotros, actúa con tanta solvencia que es imposible confundirlo con otro sentimiento u otra sensación.

Aunque tenga perfume a oxímoron, es inapelable como concepto. Si la incertidumbre es un camino que se bifurca, hacia el conocimiento, por un lado, y hacia la duda, por el otro, el miedo actúa de tal manera que cualquiera de las dos huellas que elijamos nos lleva, tarde o temprano, al territorio de su dominio.

Sentir miedo es inherente no sólo al humano, sino a seres de muchas otras especies. Y en su justa medida, actúa como el mejor refugio y explota nuestras debilidades como nadie.

Así como el miedo es un elemento vital, que nos dota de desarrollos cognitivos, y es indispensable a la hora de la supervivencia individual y colectiva, si se lo incentiva y se lo difunde exagerando sus alcances provoca lo contrario a la vitalidad: la inmovilidad. La protección en exceso que impide cualquier desempeño. Ejemplo pueril: nadie recibe más protección ni reside en sitio más invulnerable que el reo en su celda individual de máxima seguridad.

Con los avances de las ciencias médicas y biológicas, y merced al imparable desarrollo tecnológico, que ayudan a prolongar la longevidad y a predecir las manifestaciones violentas de la naturaleza, los temores fueron sufriendo una metamorfosis profunda, tanto que hoy es equiparable el íntimo miedo existencial sobre la desaparición de uno mismo, con el que produce la política, por acción peligrosa u omisión negligente.

La inyección que se hace desde la administración del poder institucional para provocar una actitud medrosa de toda la sociedad ha sido extensamente estudiado, y las opiniones como en cualquier disciplina humanística son diversas y de conclusiones muy distintas. En lo que no hay disidencias es en rotular prontamente los acontecimientos trágicos según categorías determinadas por circunstancias que ese poder mundial decide.

Los sujetos inclusive pueden perder sus identidades, según su origen, nacionalidad, religión, color de epidermis, longitud de su cabello, preferencia sexual, actividad laboral, formación académica, filiación política y, sin dudas, el volumen de sus pertenencias pecuniarias.

Vimos que la tremenda pérdida ocurrida en las adyacencias del Central Park, en la cual de las ocho víctimas fatales, cinco eran rosarinos, no sólo el despliegue informativo fue notoriamente inferior a otros de igual escala, sino que las previsiones y el incremento de los controles de las fuerzas de seguridad neoyorkinas fue leve, también en comparación. Y si le cupo el rótulo de "terrorismo" fue sólo porque se asocia al victimario con el Islam, no por lo que produjo, no por la locura del atentado, ni por las consecuencias letales.

Esto de confundir deliberadamente, de cribar caprichosamente, de distinguir a los otros desde un púlpito inaccesible para el resto de los mortales, nos lo anticipaba Samuel Huntington, aquél intelectual asesor del Departamento de Estado del gobierno estadounidense de Bush, cuando utilizaba como analogía civilizaciones y religiones en su texto "Choque de civilizaciones", pretendiendo que, acabada la antinomia "Occidente-Oriente", forma esférica de la dicotomía capitalismo versus socialismo, el debate se correría hacia las diferencias de carácter espiritual y metafísico.

La dificultad de comprensión ya no es sólo para los menos ilustrados, ni para los de la periferia. En el New York Times, días atrás, dos de sus mejores plumas exponían la inquietud. Por qué la masacre producida en Las Vegas, en la que más de cincuenta personas perdieron la vida de manera violenta, inesperada y absurda detrás de la mira y de la intención de hacerlo de una persona merece un tratamiento casi inexistente ¿era un loquito inadvertido?. O sea, como no se pudo asociar con la Yihad al asesino, su múltiple matanza no califica para hecho terrorista y la prolongación del tratamiento en los medios fue prácticamente amputado a escasos días.

Números. En ese mismo artículo y a pocos días de diferencia, ratificando la invisibilidad de aquellos hechos, omitieron mencionar a los 315 muertos que produjo un atentado con un camión bomba. Mismos fundamentalistas, mismo propósito. Igual pretensión. La diferencia es que el hecho fue dramático y tremendo pero en Somalia. A demasiadas corbatas de distancia como que duela, y lo suficientemente ajeno como para asustar.

La irracionalidad parece tan veloz como los avances consignados en el comienzo de esta columna. Mientras maratonistas con brazaletes negros recuerdan a las víctimas recientes de Rosario, Argentina, por las mismas calles de Manhattan, en otro estado del mismo país, y adentro de un templo, otro masivo asesinato cobra la vida de al menos 27 personas.

Fue abatido el autor. Como en Nueva York, como en Las Vegas. Esto siembra una hendija de duda. No se inmolan al menos de modo directo. O sea, aún no se atreverán a considerarlo un hecho "terrorista".

Terror, a diferencia de pavor, temor, miedo y horror, alude a temblor. Un movimiento inevitable. Que sacude y es imposible detener. Aunque podamos zafar. Aunque no nos alcance ni nos dañe.

El riesgo de la proliferación de alarmas no es el daño que puede producirle a nuestros oídos. Lo nocivo es que las convertimos innocuas cuando no las desactivamos ante la falsedad de un hecho, y así dejamos de escucharlas ante la repetición inútil.

Tal como los principios de la educación formativa confirma, nada más peligroso que la promesa incumplida, y nada más perverso y paralizante que la amenaza perpetua.

La armonía social, al contrario de lo que insinúan las rejas, las armas, los cascos, y la híper conexión, no se consigue por incorporarse a un ejército de iguales. El desafío para vencer al miedo no consiste en convertirse en temerario y tampoco es recomendable esconderse en un bunker. La cuestión es interpretar la alteridad, admitir que somos todos distintos, y precisamente por eso debemos conseguir los mismos derechos, para todos, para todas.

Valentía y coraje no son sinónimo de ausencia de miedo. Es la inteligente administración de nuestras capacidades. El uso intenso de nuestros recursos, movidos por la voluntad. Requisito indispensable: ejercicio cotidiano de la solidaridad y fomento cotidiano de la libertad. Esto es tan conclusivo como la sentencia de Heráclito: lo único permanente es el cambio.

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