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lunes 30 de abril de 2018

"La ciencia es un tesoro de metáforas"

Diego Vecchio. El autor de La extinción de las especies ofrece una historia centrada en el siglo XIX en Estados Unidos, que concluirá con la creación de insólitos museos que demuestran la avidez del ser humano por preservar hasta lo inservible.

En La extinción de las especies, Diego Vecchio narra con humor e ironía la creación en Washington de un museo para preservar ejemplares de distintas especies y salvarlas de la acción de insectos depredadores, una historia situada en el siglo XIX que desde la más absoluta imaginación penetra en el universo de la ciencia. La obra, finalista del premio Herralde de Novela 2017, tiene entre sus protagonistas a Zacharias Spears, quien con una frondosa carrera como científico, será elegido director de ese museo nacional de ciencias y ampliará la búsqueda de nuevos especímenes a otros territorios, una iniciativa que dará lugar a una competencia voraz y llevará a la creación de otros museos.

La fiebre por acumular especies –que en algunos casos cobrarán vida y movimiento– irá ganando terreno en todo el territorio norteamericano y con el paso del tiempo se llegarán a crear instituciones tan excéntricas como un Museo del mal, de los Adjetivos, de lo inútil, de Dios o de los osos de peluche, una idea que representa la avidez del ser humano por preservar hasta lo inservible.

Autor de obras como Historia Calamitatum, Microbios y Osos, Vecchio, que vive en París desde 1992, es uno de los autores invitados a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires donde presentará esta nueva novela, editada por Anagrama.

–¿En qué medida influyó tu paso por el Liceo Naval en la escritura y a qué se debió luego tu decisión de estudiar Psicología?
–Mi paso por el Liceo Naval no tuvo demasiada influencia en mi escritura. La decisión de estudiar psicología a fines de los años '80 tuvo que ver con el entusiasmo que me produjo el descubrimiento de Freud. Estas primeras lecturas psicoanalíticas, en cambio, sí tuvieron algo que ver con la literatura. Para mí, Freud fue y sigue siendo, antes que nada, un gran escritor. Por pura coquetería se quejaba de que sus historiales clínicos se leyeran como novelas o como cuentos de hadas para científicos. Pero sabía perfectamente que no era un defecto de su teoría, sino todo lo contrario, su mayor potencial de seducción. El psicoanálisis ha producido muchas de las mejores novelas del siglo XX. Pienso en el caso Arpad de Sándor Ferenczi, un niño que un día recibe en el sexo el picotazo de un gallo y a partir de entonces, comienza a comportarse como un ave de corral. También hay en el psicoanálisis una concepción del lenguaje muy cercana a la literatura.

–¿De dónde viene tu gusto o interés por lo científico aplicado a la literatura?
–Se suele oponer la cultura literaria y la cultura científica. Pero es una oposición falaz. En varias oportunidades, la literatura se adelantó a la ciencia. Luciano de Samosata, Cyrano de Bergerac o Julio Verne escribieron sobre el viaje a la luna varios siglos o milenios antes de que la ciencia hiciera realidad esta experiencia. Por otro lado, la ciencia es un tesoro de metáforas. Los astrónomos observan en el cielo agujeros negros, enanas rojas o enanas blancas. Las nanotecnologías inventan nanotijeras, nanoagujas y nanohilos para coser y bordar en el mundo de lo infinitamente minúsculo. La biología reúne en un mismo árbol genealógico a los monos y a los hombres, a los pájaros y a los lagartos, a las medusas y a las algas.

–¿Por qué decidiste ubicar los hechos en el siglo XIX y en Estados Unidos?
–Todo comenzó con un viaje al sudoeste de Estados Unidos a fines del año 2010 a uno de los lugares más turísticos del mundo, El Gran Cañón de Colorado, en el norte de Arizona. En el camino de vuelta, nos perdimos y nos encontramos por error en la reserva de los indios hopis. De pronto, entramos en otro mundo y en otro tiempo. Quedé muy impresionado por el paisaje, que me hizo pensar de inmediato en El ritual de la serpiente de Aby Warburg, que había visitado a los hopis un siglo antes. Los viajes no ayudan a escribir sino a leer. Porque a Warburg siguieron otras lecturas que me hicieron descubrir la literatura del sudoeste de los Estados Unidos, escrita por un equipo de novelistas, poetas, pero también viajeros, etnólogos, naturalistas, coleccionistas. La novela transcurre en esta parte del mundo, pero podría haber ocurrido en otro, como por ejemplo, en la Argentina.
Fuente: Télam

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