Afondo Lunes, 23 de abril de 2018

Fábulas judiciales para animales con clase

Aniversarios. Hitos. Recordaciones. Calendarios con números en rojo. Las fechas sirven para ordenarnos, pero también para desordenarnos. Buen motivo para las celebraciones, y ante el olvido, buen motivo para una nueva e inacabada discusión. La emoción siempre encuentra un subterfugio en la razón para explicar el amor y también para darle argumento a la ira.

Se cumple un año, por ejemplo, en el que después de demasiados, recibí una misiva. Una carta. Un sobre de papel con una estampilla postal. A mi nombre. Bien escrito. La dirección de destino, mi lugar de trabajo. Una caligrafía perfectamente legible. Varios misterios en un solo envío.

Con la curiosidad que justifica nuestro oficio periodístico, y a la vez con el regusto de postergar aquello que nos provoca un estímulo especial, sólo quise saber quién la enviaba, para leer su contenido luego. En el anverso no figuraba el remitente. Demasiada intriga para una jornada laboral convencional. La abrí con el necesario cuidado como para no romper las hojas de papel Bond, que vine a redescubrir después de dos décadas o más. Además del papel a rayas que contenía un mensaje manuscrito con bolígrafo azul, una fotocopia también salía del vientre del sobre.

Unos días antes, y en este mismo espacio, habíamos desarrollado el tema de un recurso legal inédito. Se trataba del hábeas corpus en favor de la chimpancé Cecilia que hasta el momento estaba residiendo en el hoy extinto (y añorado por muchos) Zoológico de Mendoza. Aunque ya Hércules y Leo, dos chimpancés pero que vivían en Nueva York, habían gozado de este amparo, consideramos dicha resolución local tan novedosa como desproporcionada. Sobre todo ante tanta devoción por ver encerrados a los congéneres.

Leí con fruición aquella carta. Lamento aún hoy el anonimato de quien la escribió y envió. Toda deducción e inferencia me llevará al error. Pudo ser una mujer de fino estilo o un varón solemne. No sé. Seguramente adulto o adulta. Lo importante de la carta: me llamó a la reflexión. Me desafió para ahondar en los escritos y el pensamiento de Konrad Lorenz en vez de ironizar a propósito de que había hábeas corpus para un antropoide, pero escaso cuidado para los chicos que viven desprovistos de los derechos mínimos por los alrededores.

Aclaro que no se notaba pretensión de intimidar, pero sí un severo llamado de atención. Carente de cualquier gesto de agresión. Debo admitir que la actitud de no firmarla me incomodó, pero acentuó el misterio, y como sabemos la única manera de afrontar la intriga es enfrentando fantasmas. En este caso, combatiendo al fantasma de la ignorancia. Efectivamente, como sugería la carta, la diferencia que obra entre las otras especies y la jactanciosa a la que pertenecemos es muy inferior a la que nos dicta la vanidad. Y bienvenida toda acción que tienda a no abusar de las diferencias, a veces por debilidad, otras, por temor.

En definitiva, este Día del Animal será al menos para mí bien distinto que el anterior, gracias a esa invitación enviada por correo postal y por la fortuna de haber encontrado información pertinente en textos muy sabrosos de autores que sin dudas recomiendo, como Emil Menzel, Frans de Waal y el propio Lorenz. También para revisar de dónde proviene ese ocasional desprecio o tal vez ese exagerada valoración, por cuestiones de índole taxonómicas, no mucho más.

Eso de quitarles los nombres a los seres revela claramente la intención aviesa -consciente o no- de eliminarle la dimensión óntica al prójimo. Tanto así, que el término mascota, bastante más reciente de lo que podemos pensar, alude claramente a un talismán, a un sortilegio, a un amuleto, o sea, a una cosa. Cosa animada, sí, pero cosa al fin.

Mal podríamos atribuirle actualidad a este desprecio. La palabra animal, señalan los filólogos, por más esfuerzos de reparación histórica que pretendamos, revela su connotación negativa. Animal designa a un ser que respira, de acuerdo, pero etimológicamente es de género neutro, algo usado únicamente para las cosas, no para los seres dignos.

Las comparaciones, además de odiosas, son perjudiciales. Hobbes, aquel filósofo que anticipó a Rousseau sosteniendo que la manera de construir un mundo de paz y unión era estableciendo un contrato social, usó en El Leviatán parte de la obra Asinaria del comediógrafo Tito Maccio Plauto para valerse, pero aquí de modo dramático, de la figura simbólica que reza que el hombre es el lobo del hombre. O sea, un depredador y destructor de sí mismo. A diferencia, Plauta en su obra -aunque con humor- bien diferenciaba lo natural y lo nocivo. Se refería a la "mala bestia", destacando de modo elocuente que no alcanza con ser bestia, además, hay que ser malo. Pero eso tampoco alcanza a eximir a Plauta de sus tratos poco amables para con los animales. Ya 2.300 años atrás se mofaba de las cualidades del asno, sujeto inspirador de esa obra.

Las religiones monoteístas, las tres de mayor feligresía, reservaron lugar para las bestias, los bichos, los animales, no para las mascotas. En la Torah y en el Corán, judíos y musulmanes coinciden en lo del diluvio, Noé y el salvataje de especies.

Los dragones, agraciados por su carácter ambivalente resisten inclusive en la literatura futurista, no sólo occidental sino también, y muy especialmente en la narrativa oriental, allá con poderes extraordinarios y heroicos. Los otrora reptiles guardianes, hoy constituyen horas de contenidos cinéticos y millones de dólares en su realización y comercialización, aunque esos son tan constatables como los restos del Arca de Noé en el Monte Ararat.

Una carta sin firma provocó la admisión de ignorancia, pero no aún la sensibilidad necesaria suficiente como para poner a la misma altura al resto de los seres que al hombre. Probablemente un atasco en el camino de la evolución.

Asimismo, agradecido y movido por aquella carta, celebro el tiempo actual en el que el Día del Animal se conmemorará con galgos sin tanto apuro y caballos facultados para ir ahora detrás de los carros, ya sin la obligación laboral de sacarnos nuestras basuras de encima.

Y un dato a considerar, oculto por siglos, ignorado por muchos. Aunque se simulen su tamaño y su forma, quienes han actuado como edecanes, custodiando a los vulnerables reyes y acompañando a las soberbias damas, en torneos domésticos y en competencias de grandes maestros, no son ni las torres ni los equinos, tampoco lo laboriosos peones, son: los elefantes. Sí. Eso significa al-fil. El elefante. Esos paquidermos ya no se paran ridículamente sobre un escueto banquito, pero resisten su lugar en el tablero. También a ellos, aunque su desplazamiento oblicuo nos genere desconfianza, nuestro respeto.