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lunes 02 de abril de 2018

Enredados en perfectos recuerdos falsos

Muy temprano. Estimativamente las seis y media de la mañana. Viernes. Aún las luminarias públicas devolvían esa luz tenue casi naranja. Me había bajado del colectivo en la parada de calle Catamarca y caminaba por avenida San Martín, vereda este. Ni bien crucé Garibaldi bocinas demenciales y algunos pocos vehículos formaban una minicaravana. Uno llevaba atada al paragolpes trasero, arrastrando, una bandera de Gran Bretaña. Una buena manera de empezar una jornada, confundido sin que se entendiera nada.

Las pizarras tanto del matutino centenario como las de la vidriera del diario Mendoza –en el cuál trabajaba– estaban siendo escritas con tizas blancas para anunciar que Argentina había ido a recuperar las Islas Malvinas. Los mensajes de ambos diarios jamás diferían mucho, excepto por la caligrafía de sus autores.

Los primeros comentarios no periodísticos fueron sobre los daños al bar de la esquina de 9 de Julio y Espejo. El bar inglés. Más que un desatino, un acto vandálico, a dos días de aquella primera marcha contra la dictadura, en la que murió de un balazo Benedicto Ortiz. Sin alguna explicación para la imbécil represión. Y un primer acto de protesta recién a seis años del golpe.

Al día siguiente iba a cumplir 52 años quien sería designado gobernador efímero de las Malvinas. Mario Benjamín, quien compartió con su primo Luciano, además del apellido Menéndez, el extraño honor de matar y torturar connacionales. Compatriotas. Ante los ingleses, en cambio, sólo abdicó. Se rindió. Y la ceremonia fue en privado. Esto para aquellos que creen que no tenía vergüenza.

Cuando hoy se habla de la post verdad, de cómo influyen las informaciones falsas en la población, y se le asigna una condición de novedoso a ese tratamiento, resulta inevitable rememorar aquel suceso que no nos dolió tanto como debió dolernos, entre otras razones por la distancia geográfica del escenario bélico, pero mucho más por el tratamiento comunicacional que tuvo la guerra de Malvinas en la Argentina.

De las ruidosas teletipos aparecían los cables con detalles de cómo iban averiando, destruyendo y avanzando las fuerzas nacionales frente a los experimentados contrincantes. Ganábamos por goleada. Seriamente calamitoso. Falso. Aberrante. La improvisación criminal relatada como un partido de fútbol. Mentiras y corrupción. Pésimo hasta en lo logístico. Y flagrantes invenciones que provocaron además lesiones sobre la memoria de los verdaderos héroes y mártires. Nunca hasta hoy debidamente reconocidos.

De tal magnitud la falsedad de los genocidas que lideraron aquella aventura homicida, que muchos prisioneros de guerra, combatientes argentinos, regresaron al continente embarcados en el Canberra, el transatlántico que, según los partes del Estado Mayor, había destruido la fuerza argentina. Puerto Madryn es testigo de esa otra información falaz. Otra canallada.

La dificultad para enhebrar la historia, después de la persistencia de la mentira, es ardua. Para reconstruir lo que en verdad ha sucedido, no basta con el revisionismo. Los neurólogos, especialmente Facundo Manes, nos ilustran y señalan cómo se incorporan en nuestros cerebros imágenes ilusorias, acontecimientos que no fueron, hechos que no ocurrieron.

La corresponsabilidad de los mass media, que tanto enfatizó Jean Baudrillard, ahora se amplía con la profusión de los medios hipermodernos, como son las redes y los sistemas de comunicación dos punto cero, pero es acaso más intenso y frecuente aunque nada diferente a lo que ocurre en el mundo desde la intermediación comunicativa. Si bien el intelectual francés sienta como hito inaugural el conflicto armado en Kuwait, sintetizado en su libro La Guerra del Golfo no tuvo lugar, anticipó que a partir de ahí cobra mayor relevancia y casi que lo virtual desplaza a lo real.

Colaboraría la rigurosidad periodística. De alguna manera es lo que en sus editoriales recientes los grandes periódicos del planeta plantearon, como sacando pecho sobre la conveniencia de acudir a sus pormenorizadas investigaciones antes que darles crédito a la pirotecnia de Facebook y a las imágenes adulteradas de Instagram. La cuestión es que también sus pasados los condenan.

Lo vulnerables que son nuestros sistemas cognitivos frente a lo emocional, expuestos a la reiteración, tanto de modo individual como de manera colectiva, puede comprobarse rápidamente. Y lo tozudo que suele ser nuestro recuerdo de lo que nunca ocurrió puede sorprendernos, y siempre será mejor que negarlo.

Un ejemplo práctico. Este año debería celebrarse desde la Argentina para el resto del mundo, pero no en la Argentina, la televisación en colores. Fue en 1978 cuando se transmitió por primera vez, pero para circuito cerrado y para el exterior el Mundial de Fútbol en colores, pero no para la Argentina. No. Discútanlo con sus recuerdos. Sólo se transmitió el partido de aquella emotiva final Argentina-Holanda en colores. Algunas salas, escasos bares de Buenos Aires y sistemas cerrados, pero la televisión abierta no, y tampoco podría haberlo hecho en el interior del país porque no había tecnología instalada a tal efecto.

En 1980, Pinky sí dio la bienvenida al sistema de transmisión de televisión a color, como se la denominaba.

Y por esos bucles que presenta la historia, poniendo en evidencia un rasgo de indolencia que en ocasiones nos caracteriza, sí deberíamos recordar que el primer mundial de fútbol policromático que pudimos ver en la televisión fue el disputado en España. Casi en simultáneo, jóvenes morían de frío, desolación y padecían los horrores de la guerra. Guerra que sí tuvo lugar. Aunque muy al Sur y demasiado lejos del aliento de una sociedad devastada por la mezcla letal del miedo y la mentira.

Si como sentenció Clausewitz la guerra es la prolongación de la política por otros medios, bien podríamos afirmar que los medios, incluidas las redes, son la perpetuidad de la guerra con otros mecanismos y armas algo más sofisticadas.

Campañas abstrusas. Propósitos subliminales. Trolls. Capturas de bases de datos. Algoritmos definidos para escamotear la credibilidad de alguien y sumarle méritos a otro, es tan actual y posible que estropea la memoria y altera los recuerdos. En términos de política y sociedad eso: mata.

Una buena razón de combate sería declararle la guerra a la mentira cotidiana. Si nos concentramos en tener un estado de criticidad permanente y los antivirus mentales activos, eso que amenaza con matarnos, nos fortalece.

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