Afondo Lunes, 5 de febrero de 2018

Empedernida resistencia a la evolución

La discusión entre los evolucionistas y los ahora llamados creacionistas, sumada a la que mantienen los etólogos con sus adversarios, los psicólogos comparativos, animan un ambiente de grieta científica que lo que está logrando es solidificar prejuicios y -como sabemos- esto nos conduce a errores de conceptos y a enfrentamiento seriamente estériles. Ojalá se beneficie al resto de las especies animales, y que los humanos, de tanta observación biológica y comportamental, podamos aprender de los seres que habitan el planeta, a pesar de nuestra frecuente insensatez.

Los enormes avances en la investigación, también en el campo de la genética animal, resultan proporcionalmente inversos a la invención del entretenimiento y a la cultura en general, cultura demasiadas veces proclive al engaño, a la trampa.

Si acaso suena categórica esta crítica, tengo como argumento un recuerdo vívido, a pesar de los años transcurridos, de mi infancia.

Debió ser en 1971. Estreno muy promocionado. Afiches callejeros. Anuncio por las radios. Avisos en los diarios -todos tamaño sábana por entonces- en blanco y negro pero promoviendo una película tecnicolor. El Pájaro Loco. Loco volvimos a nuestros papás, mis hermanos y quien suscribe para que nos llevaran, como solían hacer, a ver ese largometraje, el que seguramente era precedido por otro infantil. Además de la emoción por ver en pantalla gigante lo que solíamos ver en el flamante televisor, el acontecimiento porque sería acto inaugural para nosotros de una función en un cine al aire libre.

Quisiera dar precisiones pero no hay documento para corroborar al respecto. La exhibición fue frente a la plaza departamental de Godoy Cruz, pero del costado Este, ó sea, del lado opuesto al aún vigente cine Plaza. Inolvidable. La decepción. Nuestra por desoír la insistencia de nuestros padres, quienes nos advirtieron que aunque llevara por título "El Pájaro Loco", no se trataba de aquella producida por Walter Lantz, quien ante cada emisión del dibujo animado aparecía mostrando cómo se hacía. Este Pájaro Loco no era un animal antropomorfo, era una película de Lucas Demare, protagonizada por Luis Sandrini. Si para nosotros, chicos de entre 6 y 11 años, quienes esperábamos escuchar el neurótico grito del ave carpintera, resultó decepcionante y una verdadera estafa, para la crítica del momento, tampoco resultó mejor. En el diario la Opinión, el especialista Jorge Andrés catalogó el fil como vulgar, fantasioso y -una característica en las películas en las que actuaba Sandrini- sentimentalmente alevoso.

Hoy, con imágenes cinéticas en un led gigante de cualquier esquina, de cualquier ciudad del mundo, con más definición que la que pudiera conseguir Edward Hopper en sus cuadros, el séptimo arte ofrece como estreno mundial, El Pájaro Loco.

En 1859 se edita la biblia del evolucionismo, con un título extenso pero nunca tanto como las consecuencias que produjo. El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, de Charles Darwin, ya sea desde la polémica o desde las cotidianas confirmaciones, cobra cada día más interés.

Pero así como consternan los hallazgos médicos, veterinarios, y en todas las disciplinas en las que la tecnología colabora con las ciencias bio-experimentales, los estrenos del cine insisten con súper héroes archiconocidos, o como ahora, promete nuevamente a El Pájaro Loco, bicho original concebido por la pluma de Ben Hardaway, quien además fue autor del Pato Lucas y del conejo Bugs Bunny, quien diría por la oferta cinematográfica, que poco hay de nuevo, viejo.

Aún más sorprendente que en las salas oscurecidas y con butacas confortables es lo que ocurre en el oficio más lindo del mundo, según García Márquez y avalado por Tomás Eloy Martínez. Está apareciendo por aquí una novedosa manera de tratar la materia periodística. Avezados firmantes de artículos realizan notas con críticas descarnadas, lacerantes y en ocasiones hasta insultantes, pero sobre personajes que ya no ocupan lugares preponderantes, y en algunos casos, ni siquiera tienen posibilidad de defensa ni derecho a réplica. Una especie de ejercicio tardío de memoria.

Sorprendido, me lancé a revisar qué dijeron de esos a quienes hoy castigan sin piedad, durante la gestión de esos hoy condenados (algunos por la burocracia judicial, otros por la justicia, otros por sus pares y muchos solamente por periodistas). Pues no hay registro. Tímidas insinuaciones, poca averiguación de dato y ausencia absoluta de investigación. O sea, tal vez seamos testigos del nacimiento de un nuevo género, algo así como periodismo residual, o crónicas del rencor.

Y no sería ocioso asumir que los descubrimientos últimos, inspirados en Darwin, Wallace y otros evolucionistas, pueden poner en riesgo nuestra soberbia de especie.

Ayumu vive en Japón. No exageramos si decimos que además de vivir, estudia en la Universidad de Kioto. Se aloja en el PRI (Primate Research Institute). Él es capaz de memorizar en tiempo récord lo que ni siquiera mentes brillantes humanas han podido en varios desafíos. Una cifra de nueve dígitos la registra y retiene con una velocidad de doscientos diez milisegundos, o sea, una quinta parte de un segundo. Una cifra idéntica a los números de un contacto de celular. En un abrir y cerrar de ojos.

Si bien es muy elogiable, es de destacar que Ayumu no es el único, los otros chimpancés que comparten sala, también pueden hacerlo.

La constitución sorprende. Se ha comprobado que con estos antropoides compartimos el 98,8% del ADN. Aseguran que 6 millones de años atrás, compartíamos un antepasado. Ah, y sería interesante que no acudiéramos al vicio generalista. La diferencia genética entre los pan y los bonobos (las dos distinciones de chimpancés) y nosotros, es menor, o sea más próxima entre sí, que la relación genética de estos simpáticos e inteligentes simios con sus otros primos, los gorilas.

A pesar de los creacionistas más rancios, y de los filósofos conservadores, la fe y la ciencia no necesitan coser el tajo que las separa, tal vez con sólo alternar el sitial y olvidarse de lo perpetuo, basta.