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Dios con la camiseta argentina

Por Manuel De PazColumnista de UNO

De todo lo que se dijo el miércoles pasado cuando explotó el “fenómeno Francisco”, a mí me llamó la atención un detalle: el Papa es un gran admirador de Borges y de Marechal.

En cambio, de todas las imágenes de esa jornada, elijo la cara de Bergoglio en su primera salida al balcón.

A diferencia del magistral julepe que tenía aquel papa recién electo que el director Nanni Moretti imaginó para la película Habemus Papam, la cara del argentino denotaba una impensada tranquilidad.

Psicología funerariaVoy a hacer una comparación quizás zonza, pero es la que se me ocurre: cuando a uno se le muere un ser querido, se nota rápidamente en los rostros de los deudos cuáles son los que tienen la tranquilidad de espíritu de haber hecho en vida con esa persona lo que correspondía y cuáles los que guardan alguna cuita no resuelta con el difunto.

Salvo que sea un formidable actor –algo que, como periodista incrédulo, no descarto–, Bergoglio se presentó ante el mundo en paz consigo mismo.

No había rictus raros en su rostro y hasta fue muy modesto en el saludo, algo no muy habitual en nuestra Argentina, donde ser enfático no es mal visto.

Golpe al corazónIncluso no sonó teatral en su gesto primero de postrarse ante la multitud de San Pedro, en lugar de que la feligresía se arrodillara ante él.

Pero asimismo debo admitir que lo primero que pensé ese miércoles al conocerse la noticia no tuvo nada que ver con que el Papa fuera argentino, ni el primer pontífice americano, ni nada de eso, sino que inmediatamente reparé en la Presidenta: “¡Uyy, Cristina debe estar hecha una furia!”, me dije.

País de poetasPero volvamos mejor al comienzo. Reparemos en Jorge Luis Borges y en Leopoldo Marechal.

Creo que esa dupla de escritores admirados por Bergoglio sintetiza muy bien, por sus diferencias conceptuales, estilísticas y políticas, una parte importante del alma argentina. Anverso y reverso de un sentimiento común.

Esos dosBorges fue antiperonista, universalista, propietario de un humor sarcástico, incorrecto político y el más maravilloso escritor que ha dado este país.

Marechal fue un poeta destacado, un reconocido adherente a los gobiernos de Perón, un católico convencido, un novelista notable (injustamente apartado durante mucho tiempo del Parnaso intelectual, al punto que tras el golpe de 1955 él se autodefinía como “poeta depuesto”) y un feroz soñador de una Argentina más justa y feliz.

Sin capillaBorges, además de habernos dejado una lección de literatura, fue un intelectual que demostró que se puede ser ético y tener un compromiso moral sin necesidad de pertenecer a ninguna iglesia.

Me acordé mucho de Borges cuando hace unos días leí esta frase del escritor Arthur Clarke (2001, Odisea del espacio): “Una de las grandes tragedias de la humanidad es haber dejado que las iglesias se apropiaran de la moral”.

El intervaloDebo reconocer asimismo que hacía mucho tiempo que no veía tanta alegría en la gente como esta semana.

Pero también recordé que durante la invasión a Malvinas y luego durante la guerra con Inglaterra asistí a similares muestras de fe y de fiesta popular.

Sé, claro, que son cosas distintas, pero también sé que hay un desatado exitismo en nuestros genes.

También sé que el hecho de tener a un compatriota en la cúspide de una de las principales organizaciones del mundo es algo que moviliza y emociona.

Es como cuando un científico, un artista o un deportista argentino se destaca en el exterior.

¿Será?Estoy casi seguro de que en este caso mucha gente ha interpretado lo de Bergoglio como una forma de que la Argentina vuelva a amigarse con el mundo.

Venimos de muchos años en los que el corralito, el default, el populismo y la falta de inversión externa, entre otras cosas, nos han apartado del mundo.

Nos tienen por ventajeros, verseros, chantas, imprevisibles.

Como contraparte, Messi nos adhiere al mundo. Maradona, a su manera, desteñido, también. Ante Borges se siguen sacando el sombrero en varios idiomas.

Nuestros investigadores y científicos nos abuenan con el mundo. Los actores argentinos asombran. Pero no así nuestros políticos, cada vez más caudillos, cada vez menos institución.

Creo que ahora con el caso Bergoglio lo que se ha merituado es no sólo el orgullo nacional de saber que alguien de aquí ha descollado en el mundo, sino que afuera, por fin, no están hablando mal de nosotros.

Rara avisAhora hay allá, en la tierra del Vatileaks, un argentino que habla de que para estar en la cúspide hay que tener una conducta irreprochable.

Un argentino que rescata la austeridad como una virtud.

Un argentino que saca zumbando de San Pedro a un cardenal acusado de haber apañado a curas pedófilos.

Un argentino que desecha los oropeles del poder y que elige el principismo.

Ahora te quiero verEmpieza Francisco. ¿Será finalmente ese argentino del fin del mundo el que venga a poner cordura y un nuevo norte en una iglesia bastante desquiciada?

Una iglesia llena de traiciones y apetitos desmedidos que obligó a Benedicto XVI a salir eyectado de allí por el cansancio moral.

Pese a que ahora la alegría es argentina, no hay que olvidar que estamos hablando de una iglesia que mandó a la hoguera a Giordano Bruno, que martirizó de todas formas posibles a Galileo Galilei, que miró para otro lado cuando los nazis incineraban a millones de judíos, que usó y justificó la tortura con la Inquisición, que fue causante de guerras atroces, que ignoró a las mujeres (a las que sigue despreciando en la conducción de la iglesia, pese al papel preponderante que en los últimos siglos se le ha dado a la figura de la Virgen María), que insiste en comparar la homosexualidad con el diablo, que niega la sexualidad como parte de la salud humana y que ha apañado lo que el propio Cristo consideraba como uno de los mayores escándalos: el abuso sexual de menores por parte de curas y prelados.