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lunes 30 de octubre de 2017

Cuando la ciencia también sirve para arruinar los chistes

En plena ebullición por la recuperación del sistema democrático en la Argentina, por aquel lejano 1983, abundaban los grafitis. Pero no se trataba sólo de aquella moda de Nueva York en la que los raperos estampaban sus firmas –todo un antecedente de la rebeldía postmoderna–. Aquí se trataba de escribir breves conceptos. Lemas. Reclamos. Pensamientos. Mensajes políticos y, en escasas ocasiones, intenciones particulares. Sí, claro, también escraches.

Para intentar aproximarnos a la comprensión de los jóvenes podríamos establecer una analogía entre esos grafitis y los mensajes en Twitter de hoy, pero escritos sobre las paredes que daban a la calle, sin importar si era de algún vecino o de un edificio del Estado. Y no necesariamente de 140 caracteres, pero sí una demostración del carácter de época, momentos en que nadie hubiese catalogado de vándalos a los que compartían sus pensares.

Así como competían las propuestas políticas, se colaban, entre los más efusivos pedidos de justicia contra el genocidio, carteles improvisados que rompían por un instante con la vehemencia ideológica y nos arrancaban al menos una mueca similar a una sonrisa.

Sabemos que el humor suele ser el recurso más efectivo para invitarnos a la reflexión. Y sí. Se trata de mofarnos de nosotros y de nuestras solemnidades y creencias. En este tenor, el que más perduró en mi memoria fue aquel al que sólo le agregaron un monosílabo para cambiarle el sentido original. Como sabemos, en el humor también gustos son gustos. Decía: "No temas, Dios...no existe". Bien podía remitirnos a Nietzsche o simplemente provocarnos una simpatía maldiciente.

La preocupación por la tremenda inflación y la falta de empleo postergaba inquietudes más profundas. Los únicos mensajes que resistían el paso del tiempo fueron aquellos no coyunturales. No había posibilidad de establecer un ranking severo para decidir cuál obtenía la máxima aprobación, pero en un ejercicio estadístico familiar ganó, y por amplio margen, uno que rezaba: "La esterilidad es hereditaria".

Como suele ocurrir, aquello que ayer resultaba tan categórico se disuelve entre el revisionismo histórico y las ciencias de la biología. Y en este caso, le quita el valor humorístico. Se detectó hace bastante que hay factores genéticos temporales que inciden en la imposibilidad de tener sucesores biológicos.

Y bien podríamos cambiar el adagio de Antoine Lavoissier. "Nada se pierde, todo se transforma" debería mudar a "poco se pierde, todo se corrige".

A propósito de la esterilidad, ensayos realizados en Londres desde 2012, y con éxito, llegaron al Parlamento inglés y luego consiguieron la aprobación para que se apliquen sin culpas. Me refiero a culpas en el terreno jurídico. La modificación que produce la terapia génica desarrollada es lo que permite evitar esterilidad "parcial" ante un problema puntual. El embrión llega a ser tal gracias a la intervención no de mamá y papá solamente, sino que es producto de tres papás. El material genético de tres personas es lo que le da origen a un sano bebé. Nunca más injusto y machista hablar de tres papás, ya que en esa modificación intervienen dos mamás y un solo papá. El primer bebé para quien aquello de "madre hay una sola" será un chiste y de mal gusto, ya cumplió un año y nada se sabe de él o de ella. La única conjetura que cabe es que su pareja gozará del privilegio de tener dos suegras.

Como de rigor, toda novedad es controversial. Lo que a algunos puede resultarles gracioso, para otros es un obligado fruncimiento de ceño y meritoria elevación a todo comité de ética existente. En el medio, una sociedad distante que sólo accede a estas problemáticas por ser víctimas directas o apenas espectadores ignorantes.

Prolongan la vida humana, lo que no sabemos muy bien es para qué.

Mientras revoluciona las posturas científico-morales y religiosas, lo que denominan "edición del ADN enzima cas 9", que vendría a ser un remplazo económico de la parte atrofiada de ADN o la variación rápida y previa de los defectos adquiridos o heredados del humano, en Mendoza, enfrente del estadio Víctor Legrotaglie, alumnos de todos los ciclos educativos exhiben sus desarrollos y creaciones de seres artificiales.

Artefactos humanoides compiten justamente a metros de esa cancha; estadio concebido cuando el fútbol más vistoso era en blanco y negro. Robots diseñados por chicos, chicas y jóvenes de ambos sexos. Aparatos sin piel , cuyas cualidades en el deporte más popular del mundo podrán ser las habilidades, las destrezas y sus autonomías incansables, pero desprovistos de pasión, ese sustantivo en el que converge de igual modo el dolor y el amor.

Esos muñecos inteligentes podrán ser habilidosos e incansables, pero desde su nombre ya se los intuye confinados a lugares incómodos. La palabra "robot" nos llega desde el checo "robota", que significa trabajo obligado, o directamente alude a la esclavitud.

Nada garantiza que mañana los artículos, las críticas y las opiniones no sean productos algorítmicos de sistemas informáticos, resultado de la tan promovida hoy inteligencia artificial. Lo que sí me atrevo a garantizar es que mientras más longevos somos, más se amplía la duda, y cobra más vigor la pregunta retórica del juglar Luis Alberto Spinetta: ¿quién resistirá cuando el arte ataque?
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