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Cobos, el enemigo público Nº1

El 31 de diciembre pasado, este diario destacó al vicepresidente Julio César Cleto como Mendocinodel año.

Poco más de una semana después, el matrimonio presidencial puso a Cobos en el sitial de

enemigo público número uno.

¿Qué pasó entre medio? ¿Qué llevó al ex gobernador de la serenidad de la luz al torrente

infernal de las tinieblas? Fueron los pasos habituales de Cobos en esta etapa de su vida: cumplir

con lo que él cree que es su deber y aplicarle un bálsamo, vía la institucionalidad, a un país

envuelto en el frenesí del conflicto permanente.

Apenas fue designado Mendocino del año, el vice partió de vacaciones a Chile. Allí se enteró

de la crisis provocada en torno a la presidencia del Banco Central. Rápido de reflejos, volvió a

cruzar la cordillera para retomar su puesto y convocó a las fuerzas del Congreso para que le dieran

la mayor validez posible al polémico Fondo del Bicentenario y a la destitución de Martín Redrado de

la cúpula del Central.

¿Por qué el odio, entonces, de Néstor y Cristina? ¿Por qué el furibundo ataque del jefe de

Gabinete, Aníbal Fernández, y hasta del kirchnerismo residual?

Porque actuó, si se quiere, con responsabilidad como vicepresidente ("No podía seguir tomando

sol en la playa como si nada pasara", indican sus asesores). Pero lo hizo también, con fina

perspicacia, como precandidato presidencial en 2011.

Cobos está aceitadísimo y entrenado. Sabe que cada vez que el Gobierno desata un tsunami,

recupera todo el terreno perdido y vuelve a posicionarse en lo más alto de la simpatía popular.

Se ha dicho hasta el cansancio: Cobos no tiene mejor jefe de campaña que Néstor Kirchner y

compañía.

Por lo mismo, ha hecho carne un axioma: no va a renunciar a la vicepresidencia por lo menos

hasta el año que viene, cuando pueda blanquear su candidatura.

Estar en ese lugar es, para él y su equipo, una garantía de institucionalidad, un dique

contra los excesos del poder presidencial. Pero también un pingüe negocio político.

Gardiner y Cleto

Muchos de los que no han podido develar el enigma Cobos o, mejor llamado, el enigma Cleto,

intentan explicarlo mediante una figura literaria. "Cobos es Gardiner", señalan, para justificar

cómo alguien con tan poco rodaje político, sin estructuras importantes que lo rodeen ni capitales

para invertir en sí mismo, puede haber llegado tan alto en la carrera pública, al punto de ser hoy

uno de los aspirantes con mejor imagen para la presidencia.

Chauncey Gardiner es el personaje central de la novela Desde el jardín. Se trata de un hombre

simple que lo único que conoce del mundo exterior es a través de la pantalla del televisor y lo

único que conoce, por experiencia directa, es el jardín de un excéntrico millonario.

¿Cuál es la clave de su éxito, una vez que entra en contacto, por azar, con los hombres

fuertes de su país, Estados Unidos? La parquedad. Y largar, con cuentagotas, frases elementales,

primitivas, sobre jardinería, que son tomadas por brillantes metáforas sobre el rumbo de la

economía y de la nación en crisis.

Hay dos puntos en que Gardiner y Cobos coinciden en un ciento por ciento. Uno, es la buena

estrella que acompaña a ambos en el ascenso social.

El otro se refleja en el retrato que sigue. Un influyente financista que lo acoge como

protector en su mansión, le dice a Gardiner: "Usted tiene la gran cualidad... de ser natural, y

ésa, querido amigo, es una condición poco frecuente y que caracteriza a los grandes hombres. Se ha

conducido con decisión y valentía y, sin embargo, no ha caído en el sermoneo. Ha ido en todo

directo al grano".

Un retrato perfecto, también, de Cobos, incluso el de las últimas y calientes horas.

El hombre que aprendió

Ahora bien, hay un elemento en Cobos que lo diferencia para siempre de Gardiner: ha ganado en

precisión y en habilidad para clavar sus declaraciones políticas como una pica en la grupa del

rival.

No habla de flores ni de pajaritos silvestres. Va al grano. Y, sin ser profundo ni pico de

oro ("no sermonea" como un radical clásico), difícilmente derrape en sus conceptos. Difícilmente

quede atrapado en la telaraña que le tejen los periodistas, con quienes sigue hablando sin filtros

como cuando era gobernador.

Ya forjó un estilo. Es pausado, sereno y claro. No agrede, ni siquiera para defenderse.

Ese personaje que logró armar Cobos tiene una debilidad que no es menor. Su extrema

bohonomía, su buenismo, hacen sospechar de que pueda devenir en un nuevo De la Rúa, inepto para

lidiar con las fieras en un país que se rige por la ley de la selva.

Pero, a su vez, sirve como contracara del estilo kirchnerista, que se expresa en pendencia,

roce, ardor de ácido sobre la piel social.

Como en sus momentos de mayor despliegue en la arena de los gladiadores, Néstor se está

peleando ahora, al mismo tiempo, con el vicepresidente de la Nación, con el presidente del Banco

Central, con la Justicia (en la persona de la magistrada en lo contencioso administrativo federal

María Sarmiento, que restituyó a Redrado y bloqueó el traspaso de las reservas, y en la persona de

los jueces que vienen trabando la ley de medios), con el Congreso, con el grupo Clarín, con la

oposición y con la Derecha, puesta así con mayúsculas, porque es un colectivo que engloba a todo

aquel que piensa diferente del Gobierno.

La Argentina es hoy El club de la pelea.

Una tensa calma

Sería excesivo este amplio frente de batalla para un gobierno derrotado en las urnas si no

fuera porque nadie, en las fuerzas opositoras (incluyendo al peronismo disidente), ha esbozado

conductas destituyentes.

¿Y Cobos? ¿Cómo se halla en medio del vendaval y luego de que Kirchner volviera a ponerlo al

frente de una conspiración como empleado de Clarín?

Está preocupado, lógicamente, indican sus allegados. Pero tranquilo. "Ya he pasado por esto

varias veces", les confiesa a los radicales mendocinos como Ernesto Sanz, César Biffi o Juan Carlos

Jaliff, con los cuales está en comunicación permanente.

Ayer, tras la nueva acusación de Kirchner en Santa Teresita, Cobos respiró hondo varias veces

y sentó a esbozar una respuesta. "Una cosa es que te ataque la Presidenta y otra su marido", le

había dicho un íntimo para convencerlo.

Sobre el atardecer, a las 8, envió a los medios su respuesta: "Yo no rompí el acuerdo", fue

el corazón del mensaje. "Fueron ustedes", por haber afectado la producción, la institucionalidad,

por provocar rispidices y confrontaciones.

"Ser ético no implica ser sumiso", le martilleó a Kirchner. Fue otra manera de recordarle yo

no soy Scioli.

¿En definitiva?

"Tendría que expresarse el Congreso y haber una solución política a la crisis. No puede ser

que la Justicia esté gobernando el país", sentenció Jaliff, un ex vicegobernador en busca de

racionalidad, tras hablar con su líder y amigo.

La racionalidad que la Argentina bicentenaria parece haber perdido.

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El vicepresidente Julio Cobos.
El vicepresidente Julio Cobos.
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Julio Cobos y Martín Redrado. / Marchese
Julio Cobos y Martín Redrado. / Marchese