afondo afondo
lunes 20 de noviembre de 2017

Apenas un cambio de lentes y de vestuario

Atravesar la selva que propone la contemporaneidad sin quedar rasguñado por el juicio de vecinos, colegas, adversarios y enemigos, sugiere ser una proeza incumplible. Ante el desafío, y como indica la ley a la que desde esta columna nos aferramos con enjundia, la opción es binaria. Soportar el escarnio, la crítica y hasta el insulto, o fenecer mudos, estáticos y distraídos, sin siquiera intentar cruzar entre la vesania discursiva.

Ninguna ofrece garantía de supervivencia. Pero la diferencia es inocultable. Mientras una requiere someterse al riesgo, y lo único que asegura es el inevitable dolor, la que se insinúa como más confortable es la que hasta puede quitarle propósito a la mismísima existencia.

Perfectamente resumido, para quienes optan por agazaparse entre las corrientes inertes, aquél poema atribuido a Bertold Bretch, cuyo autor, según los documentos fue el pastor Martín Niemöller, que dice "Primero vinieron a buscar a los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era un socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era un sindicalista. Luego vinieron a buscar a los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron a buscarme, y no quedó nadie para hablar por mí."

Si bien el cariz trágico que inspira a estas palabras, en las que se denunciaba la indolencia e insolidaridad de gran parte de la intelectualidad frente a las aberraciones de los nazis suena exagerado, sabemos que si no acudimos a hitos e íconos, a exacerbar momentos conmovedores, nos pasamos discutiendo en vanas conversaciones, elucubrando si vamos a tomar por la liana impar o acaso esperaremos por un drone lo suficientemente apto como para que nos recoja y nos cruce, cuestión de salir indemnes en la travesía cotidiana.

Abunda un concepto que por reiterativo al menos nos hace sospechar de su insistencia. Quizá es el término que más puede leerse y escucharse. Cambio de paradigma. Ante el hallazgo de una bacteria, el descubrimiento de una secuencia de la física, o por la misma aparición de un fenómeno social, apelamos de inmediato a señalarlo como cambio de paradigma.

Basta revisar los diarios, en cualquiera de sus formatos, soportes, tamaños, diseños y destinatarios para advertir que el amenazante o por lo contrario, el prometedor cambio de paradigma no es más que un título grandilocuente de algo que viene ocurriendo desde siempre, pero que hoy se nos ocurre observar. Y como la velocidad y profusión de la información, real, pseudo real, ficticia y pseudo ficticia nos impide atajarla para poder escudriñarla, revisarla y entenderla, todo puede resultarnos una novedad inaugural. Pero es acaso sólo un tema de velocidad y cantidad.

Los cambios de producción y los modelos de organización política que a muchos les resultan tan innovadores, son tan estables en su oscilación que basta con leer las increíbles manifestaciones del ex periodista y ex líder catalá Carles Puigdemont para comprobar que la involución no es patrimonio nacional y que siempre es mejor que un periodista conserve su potestad de crítico acérrimo antes de que salte a la arena política confundiendo una columna con una viga.

Los extraordinarios avances en algunas disciplinas comunicativas, se compensan con la redundante inmovilidad de otras, por ejemplo, el cine. Lejos de poder utilizar las interpretaciones sinuosas y psicoanalíticas de Zizëk, o los profundos análisis sociológicos de Barthes, alcanza con ir a las salas locales y contribuir con el eterno enriquecimiento de Hollywood, y colaborar con la solidificación de soberanía de Estados Unidos de Norteamérica.

Si acaso estas líneas rememoran a esas trilladas quejas con perfume emancipador setentista, algo que irrita al menos a la mayoría, es porque a pesar de que uno adquiera las entradas mediante sistemas telepáticos, pague sin dinero, y cambie maní con chocolate por pop corn (que se parecen tanto al pororó que da pena no comerlos), igual, todo resulta igual.

Ya no existe el celuloide y de ninguna manera se añora la interrupción por corte de cinta (fílmica, no inaugural), pero para ver un largometraje en 3 dimensiones, se utiliza el mismo recurso que desde hace 50 años. Sí, medio siglo, para que apenas hayan cambiado los anteojos de cartón, aquellos con una lámina ciam y otra roja, por unos de plástico que también hay que devolver.

Esto en cuanto a la posibilidad de engañar al cerebro para que interprete que no es la superposición de imágenes fuera de sincronía, sino fotos móviles corpóreas. Si pasamos al rango de guión e historia, los avances son tan imperceptibles como las razones para que ganara el Oscar a la mejor película Rocky en 1977.

Contrario a cualquier postulado de la nostalgia, la cuestión es que la precipitación por comprar y consumir tanta sobremodernidad transferida a la tecnología, nos embriaga de ansiedad y nos exige tomar decisiones con una velocidad para la cual no estamos en condiciones de asumir, y por eso, aunque nos guíe el orientador satelital y nuestro vehículo ya nos esté pidiendo autorización para conducirse solo, nosotros seguimos viendo los mismos paisajes y hasta los mismos súper héroes tal vez con botox o alguna restauración estética, pero pronunciándose de la misma manera y con idénticos objetivos.

Seguramente también esto obedece a lo antropológico y querer modificarlo no es simple, o al menos -según lo que se publica en Science y en Nature,- es posible pera para nada económico, entiéndase por económico, accesible.

La manera en que condiciona la visión de la historia la construcción discursiva de los medios hoy (audiovisuales desde todo soporte, pantalla, mecanismo, distribución) no difiere a lo que viene ocurriendo desde hace al menos cuatro décadas, la diferencia reside en la capacidad de resistencia que se va diluyendo con el paso de los años en la piel.

Después de aquél apotegma anticipatorio "el medio es el mensaje", un poco más viejo y a la vez más pícaro, Mc.Luhan publicó un ensayo también profético llamado: El medio es el masaje.

Esto está consagrado. Algo que pudo resultar un bodrio, un cliché hasta con perfume a naftalina, concluye con "Come together" (Vamos juntos), suficiente argumento como para atraparnos hasta el final. Hasta el final de los tiempos. La historia de Come Together merece otra película. Cooming soon
Fuente:

Más Leídas