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domingo 07 de enero de 2018

Unió el sacerdocio con el derecho y estudia en Italia para ser canonista

Al sacerdote Horacio Day siempre le atrajo un aspecto de la vida eclesial relacionado con la carrera que estudió durante cinco años en la UNCuyo y que no llegó a concluir porque antes decidió ingresar al Seminario Virgen del Rosario; quería dedicarse al derecho canónico. En un principio había pensado hacerlo como laico. Pero cuando se ordenó sacerdote, el mismo arzobispo de Mendoza –el
recientemente fallecido Carlos María Franzini– le pidió que se fuera a Roma a estudiar esta carrera.

Es que en Mendoza, la existencia de un tribunal de primera instancia que se dedica a estudiar y a otorgar o rechazar las nulidades matrimoniales data de hace pocos años. Antes, las causas se enviaban a Córdoba. Entonces es necesario que existan sacerdotes preparados para abordar el aspecto más jurídico que tiene la institución. A eso se dedica desde hace un año y medio, cuando decidió –en conjunto con sus superiores– ingresar a la Pontífica Universidad de la Santa Croce, en Roma. Después de un año y medio sin venir a la provincia, Horacio Day dialogó con Diario UNO para contar cómo ha sido su experiencia.

–¿Cómo surgió tu vocación de ingresar al seminario?
–Mi familia es católica, tuvimos una formación y una educación basada en esto, de hecho mis hermanos y yo íbamos a la escuela de los maristas. Yo soy el menor de cuatro hermanos varones, y después tengo una hermana. Mi mamá murió cuando éramos todos muy chiquitos, y eso me marcó de alguna manera. Siempre estuve vinculado y con conciencia de querer mucho a la Iglesia madre.

–¿No pertenecías a ningún movimiento en particular?
–No, solamente iba a la iglesia por mi cuenta, pero nunca me identifiqué con ningún grupo en particular. Sí hice yo solo, siendo adolescente, la alianza con la mater de Schöensatt. Pero fue una cuestión personal porque mamá era de ese movimiento pastoral.

–¿Pero ya sentías una inclinación por la vida religiosa?
–Cuando tenía 15 años, me gustaba mucho leer y ya quería ser canonista, estudiar derecho canónico. Pero quería ser laico, casarme y tener seis hijos (se ríe).

–Evidentemente eso no pasó...
–No, en realidad en el último año del secundario yo trabajé y no me quise ir de viaje de egresados. Tenía muy buena relación con mis compañeros del colegio Normal Tomás Godoy Cruz, los quería muchísimo pero no me resultaba irme a Bariloche a hacer el plan que hacen los egresados. Le pedí a mi padre el dinero de ese viaje, y decidí irme de mochilero a Europa. Estuve dos meses: uno en Roma y uno en Londres. Ese viaje para mí fue esclarecedor, en Roma pude experimentar a la Iglesia universal.

–¿Qué fue lo que te marcó de ese viaje?
–Me sucedió algo muy particular, me quedé en la calle, sin plata y sin alojamiento. Era mediados de diciembre. Y le fui a golpear la puerta a un obispo argentino –actualmente fallecido–, el cardenal Mejías. Sin conocerlo, imagínate yo era un chico de 17 años, de jeans y zapatillas, y fui a buscarlo al Vaticano. Le dije "monseñor, yo soy argentino y estoy en la calle, sin plata y sin alojamiento". El obispo me respondió "estamos en época de Navidad, no vamos a dejar que pase con vos lo mismo que con José y María". Él me consiguió alojamiento. Para mí fue muy importante esa experiencia.

–¿Qué hiciste a tu regreso?
–Volví a Mendoza y me puse a estudiar derecho. Estudié 5 años en la UNCuyo, y mientras estaba haciendo mi carrera, regresé varias veces a Roma. Cuando estaba en tercer año de la facultad, me empecé a plantear por qué no sacerdote. Por qué no entregar toda mi vida al servicio de la Iglesia y no sólo ejercer como canonista laico.

–¿Hay abogados especialistas en derecho canónico?
–No hay ningún laico que se dedique a esto. Los que trabajan en el tribunal han hecho algún tipo de especialización para las causas de nulidad matrimonial. En otros lugares, incluso en Buenos Aires, hay abogados especializados en esto, pero no en Mendoza.
–¿Te planteaste terminar tu carrera como abogado?
–Lo intenté pero la verdad es que en primer lugar no es necesario para lo que yo quiero hacer, y en segundo lugar, soy cura ante todo. Y quiero ser cura, me encanta ser párroco, extraño a la gente con la que trabajaba en la parroquia de San Pedro y San Pablo de San Martín. La experiencia de Roma es muy enriquecedora, pero yo extraño estar en contacto con la comunidad. Lo que ocurre es que también es necesario para la Iglesia que haya gente preparada en estos temas.

–Retomando el tema vocación religiosa, ¿cuándo ingresaste al seminario?
–La decisión de dedicarme enteramente a la vocación religiosa me venía dando vueltas en la cabeza, y a veces no me podía dormir pensando en eso. En un momento dije, "Bueno, basta. Voy a resolverlo de alguna manera", y hablé con el obispo Mejías, el que me había conseguido alojamiento en Roma. Él me aconsejó hablar con monseñor José María Arancibia, hacer un retiro espiritual de tres o cuatro días, y comenzar un proceso de discernimiento espiritual y así lo hice. Pasaron dos años e ingresé al Seminario Virgen del Rosario, en Bermejo. Desde ese momento pensé, y me sigue pasando ahora, que no hay nada más lindo que ser cura. Obviamente es una experiencia personal, es mi vocación.

–¿Cómo llegaste a estudiar en Roma derecho canónico?
–Estuve 6 años como párroco, y cuando llegó el arzobispo Franzini a hacerse cargo de la diócesis me preguntó si estaba dispuesto a estudiar derecho canónico. Le dije que sí. Yo ya estaba trabajando en el tribunal, y sabía mi historia. Con Franzini empezamos a ver dónde estudiar y elegimos la Universidad de la Santa Croce.

–¿Depende de la Iglesia?
–Este tipo de casas de estudio son pontificias, dependen directamente del Vaticano. La Santa Croce tiene cuatro facultades: Comunicación Social Institucional, Teología, Filosofía y Derecho Canónico.

–Puntualmente, ¿a qué se dedica un canonista?
–Es una labor compleja, porque lo que se estudia en realidad es si hubo o no un sacramento. Para un cristiano esto es muy importante, porque no es un divorcio. Lo que ocurre es que si existió, no se puede disolver. Si no, a través de la sentencia de un juez, se determina la nulidad del sacramento.

–¿Es una especie de juicio?
–No, porque no se juzga a las personas, no se hace una valoración de sus comportamientos y decisiones, al que se juzga es al sacramento. Los cónyuges no se denuncian entre sí, sino que el que va al banquillo de los acusados es el sacramento. A él se lo denuncia. Por eso hay dos abogados: uno de los esposos y el otro del sacramento, al que se denomina defensor del vínculo. Lo que hacen las personas interesadas es buscar pruebas para demostrar que el sacramento no existió.
–¿Abarca otros aspectos?
–Sí, el de las obligaciones y derechos de los miembros de la Iglesia, y luego todo lo que tiene que ver con la estructura de la Iglesia. Por ejemplo, esto de cuando muere un arzobispo, como ocurrió recientemente en Mendoza, se debe buscar un remplazo, puesto que la diócesis no puede quedar acéfala.

–Cuando terminés tu carrera en Roma, ¿vas a trabajar acá?
–Eso fue lo que acordamos con monseñor Franzini, obviamente que quiero que me den una parroquia nuevamente, sueño con eso. Pero entiendo que tendré que estar a disposición del Tribunal Eclesial dos o tres veces por semana.
–¿Cómo funciona ese Tribunal Eclesial?
–Hace algunos años, Mendoza no era considerado tribunal de primera instancia, sino tribunal de instrucción: acá se instruían las causas que luego eran resueltas en Córdoba. Ahora las causas se resuelven aquí, habiéndose constituido el tribunal interdiocesano: lo formamos en un principio las Arquidiócesis de Mendoza y San Juan y las diócesis de San Rafael, San Luis, La Rioja. Ahora San Juan también funciona en forma independiente, y nosotros con los demás lugares mencionados.

–¿Tu familia siempre te apoyó en esto de ser sacerdote?
–Así fue. Mi familia era católica, íbamos a misa, tomábamos los sacramentos. Pero nada más. De todas maneras, creo que mi papá nos educó muy bien: todos somos profesionales, mi papá nunca nos insistió para que estudiemos o trabajemos. Pero sí nos dio su ejemplo. Esto ha hecho de nosotros seres independientes, con capacidad de elegir y eso fue lo que hicimos. Cada uno tomó su camino y lo hizo con convencimiento.

–¿No le resultó al menos sorprendente tu decisión?
–La verdad es que sí, pero nunca me dijo que no. Un día estábamos almorzando en mi casa, mi papá no sabía aún de mi decisión, y mis hermanos sí. Uno de mis hermanos, Nacho, dijo "che, papá, viste que el Hori se va a hacer cura?". Mi papá me miró y me dijo "mire mijito, yo quiero que usted sea feliz, y si es feliz siendo sacerdote, yo lo voy a acompañar siempre". Y así lo hizo. Él, mis hermanos y mis sobrinos son mi vida.
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