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domingo 21 de enero de 2018

Una confesión, una revelación, San Antonio y el crimen de Prado

La vida de la mamá del médico cambió drásticamente tras el asesinato de su hijo y los años que el caso lleva sin resolverse. Un pedido de fe y la detención del sospechoso alumbran el pasado

Desde aquella funesta tarde de setiembre de 2013, Blanca ha caminado en las sombras, en una oscuridad a la que ha sobrevivido por simple inercia, porque el tiempo la empuja, aún sin ganas de vivir, pero con una misión que la sostiene: descubrir la verdad.

Ha contado los días, las semanas y los meses, como quien está privado de su libertad: 52 meses desde la jornada en que perdió a su hijo en apenas un instante, a manos de una muerte sin sentido, sin motivo y sin fundamento alguno.

Un llamado impensado, hace pocos días, sacudió las tinieblas de modo mágico: la luz volvió a ser luz y con ella, renació la esperanza, resurgió la fuerza que yacía inerte. Blanca se levantó y caminó hacia el sol.

"Mi casa cambió desde el martes en que me llamaron. Ese día me levanté y noté que estaba el sol, porque yo no veía el sol, caminé todo este tiempo en la oscuridad. En estos 52 meses, nunca me di cuenta de que todos los días salía el sol".

Blanca Sotelo recibió el llamado telefónico que ya no esperaba, de la fiscal de Homicidios, Claudia Ríos.
La magistrada le comunicó que el sospechoso del crimen de su hijo Sebastián Prado había sido detenido, luego de más de cuatro años.

¿El milagro?
Al instante, la mamá de Sebastián recordó a San Antonio y le agradeció por haberla correspondido.
Mujer de fe y devota del santo milagroso de Padua, lo tiene empleado desde hace años (como millones de creyentes) para que le encuentre las cosas perdidas.

La última vez que le rezó, el 5 de este mes, Blanca fue mucho más lejos, más allá de pedirle el hallazgo de simples objetos de la mundana vida. Clamó a San Antonio que le diera ni más ni menos que lo imposible: que quien mató a su hijo Sebastián fuera atrapado.

Ni 10 días pasaron para que el pedido al santo que encuentra cosas fuera contestado.

Ese mismo día, en Los Corralitos, Guaymallén, un hombre había sido asesinado. Detenido, el confeso autor del crimen declaró a la policía horas después que había actuado con otro hombre, quien le había revelado antes del homicidio que él fue quien mató al médico Sebastián Prado.

Aunque suene descabellado, aunque sea cuestión de pura fe y no de ciencia, San Antonio parece haber hecho honor a su fama milenaria.

Fama expandida por sus milagros, como afirman los que lo conocieron hace casi 800 años.
Fama que fue plasmada en un responso en 1233, dos años después de la muerte del santo. Escrito por Fray Julián de Spira, dice:

"Si buscas milagros, mira
muerte y error desterrados,
miseria y demonios huidos,
leprosos y enfermos sanos,
el mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos,
recobran mozos y ancianos,
el peligro se retira,
los pobres van remediados,
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los Paduanos".

Esta es la oración que hizo famoso a San Antonio como el santo de las cosas perdidas y que claramente, promete hallar mucho más que simples objetos de uso diario.

La justicia humana, su pericia y las circunstancias dirán si el santo finalmente estaba acertado.
Blanca asegura no tener dudas porque siempre supo, aunque no sabe cómo, que el detenido Johnatan Morales fue quien le quitó a su hijo.

Estuvo preso a pocos días de aquella fatídica tarde de setiembre, hace más de cuatro años.
Lo detuvieron por un testimonio reservado, pero dos testigos de su lugar de trabajo afirmaron a la Justicia que en el momento del crimen, Morales estaba trabajando.

Fue liberado, aunque siguió imputado durante todos estos años, hasta que apareció involucrado en otro asesinato, el del artista plástico José Federico Álvarez, en Los Corralitos, perpetrado el 5 pasado.
Hecho, cuyo autor confesó que quien lo ayudó fue Morales, el que le contó que asesinó a Prado.

Así cayó nuevamente preso el lunes pasado, luego de que la fiscalía comprobara que el bar La Linda, de calle Colón, de Ciudad, donde supuestamente había estado trabajando el 6 de setiembre de 2013, en realidad, estuvo cerrado.

Con la inesperada noticia y el sol arriba brillando, Blanca miró a su hijo como todos los días, en la foto de un retrato.

Lo vio distinto, lo vio joven y sano, y en el dolor irremediable de que se lo hayan quitado para siempre recuerda que pensó: "Lo vi hermoso, no tiene canas, ni envejeció con los años, quizás pueda ser un consuelo para otras madres cuando vean las fotos de los hijos que perdieron".

Por primera vez, Blanca vio el vaso medio lleno donde el vacío todo lo ha llenado.

Ante lo que viene, ante la posibilidad cierta de que la impunidad haga lugar a la Justicia, ella muta de entusiasmo a frustración, cree y descree en un segundo sin reparo, el miedo la acecha igual que la esperanza y concluye que un largo camino recién ha empezado.

Porque todavía tiene en su interior un volcán escupiendo lava, quemando odio, quejas, penas, reproches, impotencia amontonada y endurecidas como las rocas profundas en las entrañas de una montaña.

Blanca no sabe qué va a pasar y eso la inquieta. Cree que se va a saber finalmente la verdad y que habrá una condena, y lejos de tranquilizarla, la pone en alerta.

Es el calvario de quien pierde un hijo a manos del delito, es un trayecto sin regreso, un viaje de ida, una cruz eterna.

Se lo puede ver en los rostros de muchos padres, que aún después de la condena, de que la verdad se ha mostrado, serenan el alma, pero no pueden cerrar nunca la herida que los ha atravesado.

Sus vidas cambian para nunca más cambiar. Pasan de ser seres anónimos a referentes mediáticos, de reunirse con los vecinos a audiencias con senadores y diputados, de debatir frente a una pantalla a discutir cara a cara con el gobernante de turno sobre lo que está pasando.

En cada nueva muerte de un hijo a expensas del crimen, ven la muerte de sus hijos.

Marchan por las calles con pancartas, militan con nuevos padres a cuyos hijos les han arrancado, ya no les importa que los vean protestando. Al contrario,quieren que los vean reclamando verdad y justicia por lo bajo y por lo alto.

Para Blanca son "los desaparecidos de la democracia y nadie se ha ocupado". Brama con resentimiento porque siente que los ciudadanos víctimas del delito están abandonados por el Estado .

Recuerda que hace como dos años, alguien le dijo que el bar donde el ahora detenido Jonathan Morales trabajaba estaba cerrado el día que mataron a su hijo. Ella le avisó a la fiscalía. Ahora, el círculo parece haberse cerrado.

La falsa coartada de dos testigos que impidió esclarecer el crimen
El médico traumatólogo Sebastián Prado salió de su casa la tarde-noche del 6 de setiembre de 2013. Ubicó a sus dos pequeños hijos en el asiento de atrás de su Renault Duster mientras Gabriela, su mujer, estaba dentro de la vivienda familiar.

En ese momento, Prado fue sorprendido por al menos un hombre que quiso asaltarlo.

Nadie sabe con claridad qué pasó porque, en el pasaje Gutemberg, de Ciudad, sólo estaban frente a frente Prado y su victimario.

Cuando su mujer salió a la calle, se encontró con la escena final. El delincuente apuntando al médico y gatillando el disparo mortal para luego escapar, sin siquiera haber robado.

La penumbra de la tarde y la soledad del pasaje sin testigos, impidió descubrir al asesino.

Tras un par de detenciones, los sospechosos fueron liberados y el caso quedaría impune por años.
Hasta que el 5 de este mes, otro homicidio, distante en el tiempo y el lugar, echó luz sobre el crimen de Prado.

Ese día, en Los Corralitos, Guaymallén, el artista plástico José Federico Álvarez fue asesinado en su finca tras ser víctima de un robo.

Ezequiel Orozco, de 24 años, fue detenido por este crimen. Espontáneamente declaró que otro individuo había participado y lo había ayudado, un tal Jonathan Morales.

Contó que Morales le aconsejó que si se complicaba había que matar a la víctima para no dejar testigos.
Era una sugerencia por experiencia propia. Entonces Orozco tiró la revelación: afirmó que Morales dijo que él había asesinado a Sebastián Prado.

Jonathan Morales fue uno de los dos detenidos en 2013 que fueron liberados. Una coartada laboral lo sacó de las sospechas.

Ahora se cree que dos testigos mintieron simplemente para beneficiarlo.
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