Un sancarlino que insiste en ser previsible y ordenado

Un empresario comentaba hace unas semanas, asombrado, una singular impresión que había tenido tras una reunión de varios ejecutivos de un rubro industrial muy importante con un alto funcionario del Gobierno provincial.La sorpresa era porque no había existido en ese encuentro ninguna mención, sugerencia o comentario acerca de "pedidos" especiales de ningún tipo por parte del funcionario. Cero.Ese solo hecho bastaría para hablar desde otra perspectiva del gobernador Alfredo Cornejo.Estar libre de toda sospecha de corrupción debería ser un blasón en un país con tanto político desbocado y éticamente famélico.En el caso de Cornejo hay hechos palpables para que haya sido elegido Mendocino del Año. Ganó con amplitud las elecciones de medio término. Consolidó su relación con el Gobierno nacional sin necesidad de genuflexiones vergonzosas. Cuando tuvo que discrepar con la Rosada lo hizo de manera institucional y dejando bien sentado que él es, primero que nada, el gerente general de los mendocinos.Su proyección en el país quedó confirmada con la designación de presidente de la Unión Cívica Radical, un partido que se está reinventando gracias a un espíritu no hegemónico de la política.Pero si eso no alcanzara para ser Mendocino del Año, habría que buscar más razones en la sana terquedad que ha puesto para poner en caja el descalabro que encontró en la provincia en diciembre de 2015.Hoy Mendoza es previsible y ordenada. ¿Algo malo? Sí. Cornejo es petiso y a veces medio "mula".

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