A Fondo A Fondo
domingo 13 de mayo de 2018

Tráiganme la cabeza de Jaime Durán Barba

Lilita Carrió y el gurú ecuatoriano son, cada uno a su manera, funcionales a Cambiemos. Están medio locos, pero oxigenan

Lilita Carrió está loca. Todo el mundo lo sabe.
Lo que pasa es que la locura es como la realidad o la normalidad: todo depende del cristal con el que se la mire.

Loca en realidad es un calificativo que se le suele endilgar a toda aquella mujer que se sale de los cánones. O que tiene opinión propia.

Por eso a los niños se les dice "locos bajitos", porque son como salvajes que aún tienen que aprender todos los cánones sociales.

¡Mátenlo!
Carrió ha afirmado –en medio de la tensión política por la corrida cambiaria que no cesa– que "hay que matar a Durán Barba".

Y para no dejar dudas ha especificado: "Tienen mi aval", como si ella fuera la dueña del gobierno. O fuera una capomafia que les está dando una orden a sus sicarios.

Jaime Durán Barba es el principal asesor estratégico del presidente Macri, pero Carrió siempre se ha llevado para el traste con ese gurú ecuatoriano que estudió en la Universidad Nacional de Cuyo, época en que este caballero regordete coqueteaba con ideas de izquierda.

Los dos cargan, por supuesto, un ego elefantiásico.

Chantocracia
A Lilita le molesta todo de Durán Barba. Considera que es un chanta que ha tenido suerte.

Y que Macri es un ingenuo por hacerle caso y no comunicar debidamente lo que está pasando con el dólar y con la economía infectada que dejó el kirchnerismo.

La revulsiva Carrió, a veces injusta, a veces poco rigurosa, suele sin embargo decir ciertas cosas que un político estándar no se anima ni a pensar.

Lo acusa a Angelici, presidente de Boca, de mafioso. Y a Lorenzetti, presidente de la Corte, de negociante voraz.

O pone en duda el costado ético de empresarios muy allegados al presidente, como el primo Angelo Calcaterra o el amigo del alma Niky Caputo.

O dice que entre quienes conducen a los espías de Macri (la ex SIDE) hay varios personajes inescrupulosos y delictuales.

El peso de Jorge
Carrió es tan funcional a Cambiemos como lo es Durán Barba por otros motivos.

Cuando este consultor lo convenció a Macri de que no se achicara ante la figura del papa Francisco porque en realidad el peso político de Jorge Bergoglio no era tan determinante en la Argentina actual, no faltaron ciertos bien pensantes que salieron a gritar ¡sacrilegio! o ¡Durán Barba a la hoguera!

Los argentinos respetan a Bergoglio. Y admiten que aunque ha caído en varias hipocresías (por ejemplo, nunca se ha referido al caso de los abusos a chicos sordos en el instituto Próvolo), también ha aireado a la Iglesia con esa habilidad tan típica de los jesuitas.

Reconocen asimismo que es bueno para el marketing del país que un compatriota dirija el catolicismo a nivel mundial. Pero hasta ahí.

Sin órdenes
A los argentinos ya no les pesan como un mandato dogmático las opiniones de los papas ni las de los cardenales.

Lo de "la Santa Iglesia" les suena pomposo y falso. Tanto cura pederasta es un argumento irrefutable.
Los ciudadanos ya no permiten que los pontífices se metan en sus camas o que les prohíban pensar como se les cante.

¿Por qué cree usted, lector, que fue tan menguada asistencia de argentinos a Chile durante la visita papal?

Las elecciones legislativas de 2017 le dieron la razón a Durán Barba.

Pasión y frialdad
En todo este maremágnum, Carrió, que es católica practicante, no sabe para dónde disparar.

El Papa es filoperonista y ha tratado a Cristina Kirchner con una dedicación que nunca ha tenido con Macri, ese frío y especulador capitalista que encima permite que el Congreso trate el aborto legal.

Es que un sector creciente de los argentinos vincula muchos aspectos apolillados de la Iglesia Católica a lo que significó el populismo peronista que manejaba este país con control remoto, estuviera o no en el poder.

Castigo sin juicio
No nos olvidemos que fue el condenado a muerte Durán Barba el que terminó de convencer a Macri de que debía abrir el debate legislativo para discutir la conveniencia de aprobar el aborto legal, por más que el Presidente y la mayoría de los miembros de su gabinete no estuvieran de acuerdo.

¿Le dice algo que sólo el 18% de los cargos políticos del Gobierno nacional esté ocupado por mujeres?

Durán Barba será todo lo chantún que usted quiera, pero ¿qué otro personaje del gobierno ve usted diciéndole a Macri que debería abrir el debate del aborto porque una mayoría de los argentinos cree, sin tutores ni dogmas, que ha llegado el momento de ponerse a tono con el runrún de la sociedad.

Ellas
Nos guste o no, hiera nuestro machismo o no, en toda esta movida está presente la imparable presencia política –en el sentido más preciso de esta palabra– que han adquirido las mujeres con movimientos como el "Ni una menos", o el "Yo también".

Ya no se dejan digitar y muchos menos golpear. Denuncian. Discuten. Hacen meter presos a los violentos. Exigen ganar lo mismo que el varón por igual tarea.

Y lo que es peor: ya no admiten que nadie les diga qué tienen que hacer con su cuerpo. Esto es algo que enloquece a la Iglesia, porque dinamita uno de sus dogmas más oscuros.

Una cultura
Es la decantación de un movimiento feminista que comenzó a principios del siglo XX y que a los tumbos, y con idas y vueltas, ha terminado por instalarse como cultura en este siglo XXI.

El marxismo no fue nada condescendiente con las feministas, ni con los homosexuales, ni con los trans. Y el fascismo o el nazismo ni hablar.

Las nuevas revoluciones que se están produciendo son como decantaciones.

Quizás lo que estamos viviendo sea, en realidad, evoluciones. Más naturales que las revoluciones.
Salidas de la misma sociedad, sin tanto mentor o "padrecito" al estilo Stalin o Hermanos Castro SA o Hitler.
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