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lunes 18 de diciembre de 2017

Tan duro como el turrón del año pasado

Buscar analogías –según antropólogos, pedagogos, lingüistas y científicos de varias disciplinas de la medicina– es el principio del entendimiento.

Infantil como ejemplo pero contundente es la mímesis que se ejerce desde nuestro sistema perceptivo, interpretativo parlante. Sin haber acudido a la cátedra de cómo comunicarnos con nuestra descendencia, en mayor o menor medida todos sabemos hacerlo. Apretar los labios con enjundia frente al bebé, emitir el sonido exagerado y prolongado de la consonante eme, soltarlo e inmediatamente continuarlo con la primera vocal (en nuestra lengua) y repetir la secuencia monosílaba hasta que la criatura pronuncie –aunque algo defectuosamente– el sustantivo más cotizado en nuestra cultura occidental: mamá. De esa manera y con ese nombre designamos la jerarquía familiar para empezar a distinguir quién ocupa cada lugar y rol. Este ejercicio no sólo lo realiza quien es "su mamá", sino todo aquel que se inclina hacia el bebé. Y el bebé, luego, no le atribuye al resto de los hablantes el rol de mamá, y tampoco hizo algún curso de detección precoz de mamás. El niño sabe, solemos decir, y efectivamente, sabe. Y si en ocasiones le confiere el título más preciado a alguien que no lo es, aunque puede tratarse de un error típico por la frecuencia de repetición que pronuncia y llama a su madre, también puede ser indicativo de otros aspectos. Se está expresando. Está diciendo algo que ocurre y probablemente esté advirtiendo sobre algo, que no necesariamente debe ser negativo, bien puede ser que experimenta una sensación de plenitud y saciedad tal que todo le resulta tan cálido y agradable como el vínculo con su madre. Sin dudas también puede ser que esté manifestando una protesta.

Conjeturar que el chico confunde, a fuerza de tanto insistir con dictarle cómo se habla y cómo debió decir mamá; creer que no advierte las diferencias entre las tonalidades de voces y que no identifica los gestos singulares de cada uno de los bienintencionados que lo estimulaban a decir mamá, y pensar que el chico carece de la capacidad de discernir; considerar que ese ser puede atribuirles la condición de madre a todos los que de manera insistente y repetitiva le indicaron cómo decir mamá es despreciar las capacidades no sólo cognitivas sino sensitivas, al menos, de los mamíferos que logramos hace años erguirnos y comunicarnos, principio que apenas nos distancian de otras especies. Aunque nos comuniquemos de manera escasa y nuestro equilibrio bípedo sea inestable, aún podemos establecer diferencias con las pantallas, por más inteligentes que sean.

Tanto como con el ejemplo anterior, pretender analogías en los procesos históricos es de gran ayuda, pero cuando la búsqueda de similitudes se convierte en febril, y se confunde el propósito, lo necesario se envilece y la discusión por encontrar al presente idéntico que algún pasado, nos perturba, y esa distracción es peligrosa.

"Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla". Esta sentencia atribuida a Confucio, tal como se la ha traducido desde años inmemoriales, carece de adjetivos. Probablemente el término "condenado", con toda su connotación negativa, es lo que nos lleva a pensar que repetir la historia es inconveniente, pero también la acepción que algunos estudiosos de este Gran Maestro chino le adjudican no guarda relación con el significado que se le otorgó desde que la desempolvaron teóricos de la política y filósofos. Lo innegable, al menos por los documentos exhibidos, es que el discurso de Confucio, destinado a fomentar las virtudes de una sociedad, o sea de gobernantes y gobernados, era promover y respetar la justicia, comprendida como tolerancia de las diferencias; y exigir la contribución del individuo a la causa general. Una salvedad y no menor: le confería al ejemplo de los jerarcas máxima responsabilidad. Quienes lideran deben cumplir el papel modélico que deberá imitar el pueblo.

Síntesis para el parcial de diciembre. Quien ostente el poder no debe considerar que ese estadio le otorga el privilegio de impunidad, ni la inmunidad de la ignorancia. Aquel que sea honrado para ocupar el lugar más alto en la colina es el que deberá saber con más presteza e idoneidad bajar hasta el llano con seguridad y eficacia. El tropiezo debería significarle sepultar su honor en la dolina.
Las analogías sensatas indican que no hay tanta similitud con el agitado fantasma del 2001, y la manera de que el fantasma no cobre cuerpo y no se invista de espíritu concreto (permítaseme el oxímoron) es desvestirlo, bajarlo a tierra y sugerirle que altere su retórica.

Lo malo y lo bueno, siempre y de manera ineluctable, obedecen al pasado, porque hasta esto que pensamos en este instante ya se alojó allá atrás. Pero a eso que es inmutable, sumarle la retórica que satura y –peor– fastidia por la frecuencia de la reiteración, no alienta. Justificar las torpezas, errores y hasta las maldades contemporáneas con lo que la historia nos dejó como herencia es como prometer navegar exitosamente, supeditando la promesa a la quietud absoluta del mar.

Cuestionar todo, todo el tiempo podría ser tarea pero no de todos. En un mundo en donde el escándalo le viene sacando notorias ventajas a la reflexión, prohibir la pirotecnia hace ruido. Consumir importante tiempo y espacio en estos menesteres a muchos les suena a fuegos artificiales.

Concluyendo una etapa, el obligatorio balance dejará datos que, si nos atrevemos a compararlos con los anteriores, funcionarán como fractales. Se instala la palabra "difícil" en el primer puesto del podio. Duro, en el segundo. Y el tercero lo disputa el superlativo "excelente", del lado del club de los eufóricos; compitiendo con el calificativo más extenso, ese que comienza diciendo "fue un año de" continuado con la descripción de las heces sólidas. Y así le asignamos al tiempo, al calendario, al almanaque una adjetivación como si nosotros no fuésemos parte del elenco.

La transición de un período a otro se nota pero más desde cuestiones sutiles y de bajo impacto social que desde asuntos grandilocuentes. Son esas pequeñas diferencias lo que, definitivamente, parecen otorgarle algo de sentido al apuro por destapar la sidra.

Ya nada es igual aunque en lo íntimo sigan siendo las mismas experiencias las que nos conmuevan. Hoy deberemos preguntarles a nuestros iletrados niños a quién o a quiénes debemos dirigirles sus pedidos. Evitamos las estampillas y los sobres pero entramos en el dilema de la guerra fría. El mensaje lo podremos enviar a través del norteamericano whatsapp, o desde el ruso telegram; personalmente abrigo la esperanza de que los reyes magos conserven la dirección de correo electrónico. Y aquellos posmodernos y superconsumidores probablemente le manden fotos de lo que quieren por Instagram a ese intruso que deberá adelgazar porque las chimeneas son escasas e inútiles, y el orificio del aire acondicionado es de un diámetro diminuto.

Imposible justificarlo desde la vanidad intelectual, pero empujado por la honestidad brutal confieso que tengo formulada una carta con pedidos. Los destinatarios no vuelan con trineos espaciales, aunque sí suelen abusar de la generosidad e inocencia de los renos, que son de la familia de los ciervos. Tampoco va dirigida a monarcas y la pretensión no exige de andar sobre jorobados animales. Aunque con algunos desatinos y los errores inevitables, nos hemos comportado de tal modo que somos merecedores de que se cumpla el pedido.

A quienes detentan el poder en cada lugar, institución, entidad. A los dignatarios de los poderes de la república pero también a los dirigentes del ámbito sindical, del privado y del tercer sector, a los que ejercen el poder de manera permanente u ocasional. A todos quienes con su firma, su palabra, o con la opresión de un dispositivo, procuran cambios vitales en la sociedad y hacia el futuro, reflexión. A los que ejercen el poder en lugares de afectación pública, hayan sido designados a través de la elección popular o de la elección sectorial; se les pide: mesura. De sus decisiones y acciones dependerá que en vez de nostálgicos y redundantes, seamos alegres e imaginativos.

Admito que esto no llega con un chasquido, pero deberíamos intentarlo. Participar de manera consciente y comprometida, desde nuestro lugar, despojándonos por un instante de nuestra genial particularidad y subirnos al colectivo.

Soñar no cuesta nada, pero es ficción. La primera la dirigió Amadori en 1941. Pero soñar, hoy, también cuesta. Cuando la realidad amenaza con repetir lo más triste del pasado, también aumenta el precio del diazepam y está repleto de contraindicaciones. Mejor relajarnos. Un poco de tilo pero no demasiado, cuestión de permanecer despiertos y celebrar. Y compartir. Salud.

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