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domingo 10 de diciembre de 2017

Sucesos para repensar a cada muerte de obispo

El arzobispo de Mendoza, fallecido el viernes, asumió un mes antes que Francisco, pero no se palpó que siguiera la renovación de éste.

Comencé a trabajar en periodismo durante la última dictadura. Y una de las cosas que los cronistas no podíamos desconocer en aquella época eran los nombres del jefe de Ejército en Mendoza y del titular del Arzobispado de Mendoza.

Claro, en esa época los políticos estaban proscriptos, la prensa censurada, varios periodistas presos (el caso paradigmático fue el de Antonio Di Benedetto, al que nunca se acusó de nada y al que se liberó por la presión internacional), y la Legislatura eliminada.

Los artistas eran vigilados o marcados en listas negras o directamente perseguidos u obligados al exilio, algo que en realidad comenzó en el gobierno constitucional de Perón y luego en el de Isabel con el vía libre a la Triple A de López Rega.

Las universidades estaban intervenidas y cientos de estudiantes imposibilitados de seguir sus carreras por "ser factor real o potencial de perturbación", según decían las intimaciones con las se los conminaba a dejar la UNCuyo.

En la Justicia muchos magistrados no dudaban en hacer la vista gorda contra los atropellos a los derechos humanos cometidos por los jefes militares alzados contra la Constitución.
Hoy, por obra y gracia de la democracia, la mayoría de los periodistas desconoce quién son los jefes militares de la Provincia.

Los unos
Además, por obra y gracia de la propia iglesia Católica, tampoco los mendocinos tienen muy en claro quiénes son los referentes del Papa en Mendoza, salvo claro, los fieles militantes de ese culto.

Por ejemplo, acaba de fallecer el arzobispo Carlos María Franzini, a los 66 años, víctima de complicaciones con un cáncer. La repercusión ha sido modesta y acotada sobre todo a los ámbitos propios de la Iglesia.

Franzini no era cuando asumió en febrero de 2013 un dirigente religioso conocido en la provincia. Tampoco lo es ahora que se ha producido su lamentable deceso.

A un mes de haber llegado a Mendoza, en el Vaticano asumió Francisco como jefe universal de los católicos.

Sin embargo aquí no se lo sintió como el arzobispo que acompañó la renovación de ese porteño llegado desde el fin del mundo al Vaticano.

En general la iglesia Católica del Gran Mendoza y del Valle de Uco (el Sur tiene su propio arzobispado) viene teniendo desde mucho antes que Francisco apareciera en escena una actitud de recostarse hacia adentro de los templos.

La apreciación es que la jerarquía eclesiática local teme confrontar con la sociedad civil porque a ésta ya no le preocupan muchas de las admoniciones ni los dogmas extemporáneos de la Iglesia.

Cuando Francisco dice cosas como "¿quién soy yo para cuestionar a una persona que es gay y busca a Dios y tiene voluntad", o cuando pide que la Iglesia no expulse a los fieles divorciados y vueltos a casar, la jerarquía de estos lares arruga el ceño.

Los otros
El arzobispado de San Rafael tiene un plus porque carga –además– con un historial mucho más conservador, con varios ejemplos de extremismo, como el de la secta del Verbo Encarnado, o el de sacerdotes oscurantistas, como el caso del padre Pato (Jorge Gómez) en Malargüe, que a esta altura de la evolución del mundo sigue desconociendo que nuestras leyes fijan desde hace casi dos siglos la separación del Estado y de las religiones.

El padre Pato es el que llamó hace poco a los vecinos de Malargüe "a levantarse en armas" contra la ley nacional que en 2011 fijó la obligatoriedad de la educación sexual en las escuelas.

La palabra de esos curas y la de algunos obispos no suele ser tenida en cuenta ni siquiera por los mendocinos que, aunque se reconocen católicos por una cuestión de tradición, no se consideran militantes de la fe ni van a las iglesias, salvo para el casamiento o el bautismo de algún familiar.
El extinto arzobispo Franzini no resaltó por fijar presencia ni ideas que llamaran la atención o que atrajeran más fieles a los templos católicos.

Sólo la orden tajante del papa Francisco de "tolerancia cero" contra los sacerdotes abusadores de menores de edad ha obligado a la dirigencia eclesiástica de estos lares a poner las barbas en remojo.

El caso paradigmático ha sido en Mendoza lo ocurrido en el Instituto Próvolo, un colegio religioso de alumnos primarios y secundarios especializado en chicos sordos, donde la Justicia investiga escalofriantes denuncias contra curas y civiles que están acusados de abusar sexualmente de alumnos en esa escuela ubicada en Luján de Cuyo.

Es más, aunque la jerarquía eclesiástica de Mendoza lo ha tratado de disimular, es evidente que muchos de sus integrantes no terminan de aceptar la política aperturista del pontífice.

Ocho décadas
Basta repasar la lista de arzobispos que ha tenido Mendoza en los últimos 80 años (Verdaguer, Buteler, Maresma, Rubiolo, Arancibia y Franzini) para comprobar cómo el papel social y político de estos prelados ha ido decayendo.

Y cómo –de forma paralela– fue aumentando la participación democrática de la sociedad y la concientización y la tolerancia de la ciudadanía.

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