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lunes 11 de diciembre de 2017

Sostenidos por la música, sin tantos bemoles

Transcurrido más del 95 por ciento del año, estaríamos en condiciones de asegurar que, tal como sostuvo Robert Plant, la voz de Led Zeppelin, la canción sigue siendo la misma.

Un dato alentador –si hablamos del desarrollo económico mundial– es que después del fatídico 2001, o sea 16 años después, la industria de la música tuvo un crecimiento. Aunque el volumen pecuniario de transacciones aún es casi 20% inferior a lo que se acumulaba en el principio de este tercer milenio, según datos aportados por la agencia estatal de índices británicos, por lo menos cambió la tendencia de caída y volvió a la senda de crecimiento.

Resulta impactante pensar en lo vertiginoso de los sistemas económicos y productivos si nos retrotraemos a la historia reciente. Pensar que en el siglo 18, épocas emancipatorias y revolucionarias, acceder a la música sólo era posible asistiendo a la ópera, con la enorme limitación que eso significaba (tal vez tanto como hoy), o en alguna taberna, en la plaza del lugar para alguna fecha específica o sólo cabía conformarse con escuchar las marchas bélicas, ritmos y melodías que remitían más a los réquiem que a la posibilidad de ensayar una danza colectiva, estremece.
Precisamente la imposibilidad de capturar y almacenar los sonidos, para volver a escucharlos tantas veces como quisiéramos, excepto la generosa posibilidad que nos facilita la mente, fue el desafío que se impusieron al menos tres pensadores nacidos en el siglo 19.

Si bien la notación de la música, al menos en Occidente, tiene antecedentes anteriores a la era cristiana, la idea de colectarla una vez ejecutada, para luego poder reproducirla con parecida fidelidad, pero además para preservarla, data de 1857, año en el que el tipógrafo e inventor francés Eduard León Scott de Martinville diseñó y patentó su "grafoautógrafo". Efectivamente pudo grabar diez segundos de la canción parisina A la luz de la luna, pero este complejo aparato cuya forma asemeja a una hormigonera pequeña grabó los sonidos de modo visual, gráfico, no permitiendo reproducirlos. Luego sería Thomas Alva Edison quien alcanzaría el propósito de poder grabar y reproducir los sonidos, sin que ese hubiese sido la meta del prolífico norteamericano, quien patentó 1.093 asuntos. Su fonógrafo, compuesto por cilindros e imprimiendo sobre cera los surcos y puntos, debido a su enorme sofisticación y costo no obtuvo la consecuencia social esperada, difusión que sí alcanzaría el gramófono, creación del ingeniero alemán Emil Berliner. El formidable aparato ya no usaba cilindros, ni papel ahumado. Esta vez un círculo. Sobre un disco plano se dejaba registro exacto de la altura de los sonidos, sin alterar su intensidad ni su tiempo, conservando las características con las que hubieran sido ejecutadas.

En 1901, debido al éxito de esta invención es que Berliner crea la empresa Victor Talking Machine, de ahí que aquel reproductor al que había que darle cuerda como a un antiguo reloj tomara el nombre de Victrola. Nos referimos a la famosa compañía Victor, aquella que en 1929 agrega tres letras y comienza a participar de manera mundial bajo la denominación de RCA Victor, sigla que resume lo de Radio Corporation of América. No sé si le suena.

Es evidente que Edison, a la luz de haber perdido ante este competidor, no se quedó silbando bajito. Desde 1912 mejoró su fonógrafo y además empezó a ensayar también con disco plano, pero con materiales de mayor resistencia y durabilidad, como el acetato.

Algo curioso en aquella evolución de las grabaciones sonoras es que debe de ser lo único que en vez de acelerar, aletargó su movimiento. Quienes tenemos algunos años más que el minidisc, podremos recordar que de las 78 revoluciones por minuto bajaron a 45 hasta llegar a 33 vueltas. Tanto en los simples como en los larga duración. Esta lentitud fue inversamente proporcional al negocio. Mientras más demora en dar la vuelta, más capacidad en cantidad de tiempo admite. O sea, un disco podía contener más canciones. Además, de ambos lados.

Como sabemos, nunca los fabricantes de aparatos, ni posteriormente los sellos ni las compañías discográficas, tenían como principal fuente económica la creación de música, sino la creatividad para conseguir a los mejores artistas y más prolíficos, y como en toda empresa no cooperativa, mientras menores exigencias tengan a la hora de cobrar los músicos por sus obras y derechos, más monedas suenan cuando caen dentro del chancho alcancía. Nada nuevo.

Como fuente de ingresos, la música está entre las principales y también se inscribe dentro de lo que se llama economía blanda e industrias creativas. Algo que en ocasiones desprecia tanto el sector estatal como el privado y, por consecuencia, gran parte de la sociedad.

Algún dato. En 2015 nació en nuestro país el Instituto Nacional de la Música. El Inamu fue creado mediante la ley nacional de música (número 26.801). Es un organismo público no estatal. Federal. Similar al INCAA. Su financiamiento proviene de actividades hermanas. En el caso del Inamu, de un porcentaje que aportan los medios de difusión al ente que los audita y controla (AFSCA antes, Enacom hoy). El fin de este ente es, además de promisorio, necesario y hasta podríamos considerarlo imprescindible. No por una cuestión de gustos ni de sintonía con esta disciplina artística, sino por lo que la música aporta y significa, más allá del placer individual, en la construcción de la identidad de una Nación, y si esto suena muy romántico o metafísico, por lo que puede y debe aportar esta actividad al desarrollo regional, también desde lo meramente económico.

Tranquiliza saber que la ley nacional de la música tiene un alto racional. Por ejemplo, la cláusula que les exige a los productores de espectáculos musicales que, ante la presentación de los show de las megabandas internacionales y de los solistas más encumbrados extranjeros, deben contratar a músicos argentinos. Y les impone condiciones para que sean tratados tal y como todo artista merece.
Para aquellos fanáticos de lo foráneo, valga la aclaración que esto se exige en muchos países, incluidos algunos del Primer Mundo, y si así no fuese, igual tiene un propósito inteligente. Que se pueda conocer la música, el talento, la creatividad, la calidad de nuestros artistas, que se tome contacto con ellos y que los que lucran (honrada y honestamente) gestionando a través de la música hagan su contribución sin que eso les signifique donar sus ganancias, ni arriesgando su prestigio.

EI IFPI, la federación internacional de la industria fonográfica, en su informe de 2017 revela tres grandes cuestiones: además de aquel número halagüeño porque aunque tenuemente se empieza a revertir la caída del negocio; denuncian que más de la mitad sobre la franja de jóvenes de entre 16 y 24 años bajan música sin pagar derechos (lo que llaman ripping streaming) y el tercer factor: la enorme y falaz concentración que producen algunos actores, que no se compadece lo que aportan con lo que aproechan, fenómenos que denominan "brecha de valor". Ejemplo contundente. El 48 por ciento de la música que se trafica por internet es a través de YouTube, pero YouTube aporta apenas el 4% del volumen del negocio de la música. En donde el mensaje, contrariamente a las ilusiones de los liberales románticos, parece ser: la única manera de existir es alojarte en mi prisión, pero eso no te garantiza seguridad existencial y mucho menos te promete un buen vivir.

Si acaso la pregunta es ¿qué podemos hacer ante este panorama?, la única respuesta incorrecta es pronunciarnos por nada. En el caso de Argentina, y quizá especialmente el de Mendoza, es: cumplir la ley. Y cumplir con el espíritu y el cuerpo, el de la ley y el nuestro. Porque sabemos que de ese artículo 97 de la ley nacional de música, algunos productores en vez de pagarles a los músicos locales para que sean los teloneros, les cobran. Sí. Y eso además de violatorio de la ley es denigrante y perverso. En nada ayuda.

Y no estaría de más que analizáramos por qué se consume la música que se consume, la que luego empieza a ser la preferida, a base de persistencia. Y fomentar seriamente esta actividad, con cuestiones simples, como la de hacernos escuchar música concebida y ejecutada por nuestros genios, que abundan en cada género y de toda época, en cada presentación cultural, académica, en toda disertación y encuentro público.

El derecho de juzgar esto como exagerado es legítimo, pero no sería ocioso considerar el porqué de algunos antecedentes irrefutables. Dato desprovisto de gusto personal y de opinión artística. El intérprete que más discos vendió en la historia musical argentina fue un folklorista y mendocino: Antonio Tormo. Cinco millones de copias. Cinco millones mientras en la Argentina vivían 18 millones.
Probablemente aquel simple con El rancho e' la Cambicha sea desconocido por varias generaciones posteriores y no por una razón estética, sino de pura política. Don Antonio Tormo estuvo prohibido a partir de 1955, para no desentonar con la baja estima nacional.

Idioma universal que no necesita traducción, según Astor Piazzolla.
Belleza, placer, identidad, cultura. Tradición y vanguardia. La música proporciona estados anímicos, calma a las fieras pero además es un excelente medio de ampliar la matriz productiva a la hora de sacar la partitura materialista.
La oportunidad de aprovechar cada nota, todo ritmo y ponerle la melodía que nos abrace es nuestra decisión. Ya es tiempo de construir naves menos precarias para poder navegar, naufragios ya tenemos suficientes y sabemos que nadie se salva solo en su balsa.

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