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domingo 01 de julio de 2018

Mandato maradoniano: lloren un cacho por mí

Aparatoso y esperpéntico, lo que vimos del astro en el partido con Nigeria fue la deformación cuasi operística de un fin de ciclo

Hay un modo netamente maradoniado de ser argentino. Es ése donde todo es aparatoso, grandilocuente, dictatorial, esperpéntico, fascistoide.

¿O acaso el Diego Armando Maradona que vimos el martes por TV desde ese balcón vidriado del estadio de San Petersburgo no era acaso la reencarnación operística de un, digamos, Benito Mussolini?

¿Qué son, si no, esas formas payasescas y militares de apoyarse las manos en la cintura, de mirar con desdén a la tropa desde las alturas para recordarnos a todos que nuestra obligación es adorarlo?

Rey y reina
¿Cómo no reparar en ese señor gordo, con ojos desorbitados, elevando los brazos hacia el cielo ruso como diciendo "aquí estoy, che Dios, soy el rey de la Argentina, tomaste nota"?

Hay que tener un ego gigante y siempre sostenido para estar en ese papel todo el tiempo.

Reconozcámoslo.

Mire que a mí me cae grosso, pero cómo desconocer la actuación de ese Maradona que con sus brazos alentaba de manera desaforada a las masas que seguían el partido entre la Argentina y Nigeria.

Y que lo hacía como si fuera uno de esos barrabravas que se suben a los paravalanchas de los estadios y cuya misión es solo alentar a la tropa.

Otra pasional desbordada de nuestro país, la dos veces presidenta constitucional Cristina Kirchner, utilizó alguna vez una de sus bolivarianas cadenas de radio y TV para contarnos cuánto admiraba ella a esos barras que, sin mirar el partido, se pasaban todo el tiempo de cara a las tribunas alentando y alentando al rebaño.

La yunta
Desde ese balcón convertido por momentos en una nave de los locos, Maradona parecía disfrutar con esa corte de atentos bufones que le hacían pasar –por tandas– a las rubias que buscaban fotografiarse con el dios argentino, ése que está tan acostumbrado a acceder a la mano del otro Dios que cree que puede permitirse todo.

Porque mire usted que esos dos tienen lo suyo. A su manera, y con perdón, los son pelmazos.

Con ese tono de gravedad todo el tiempo, que se dejen de joder.

Superstar
Deténgase, lector, en la foto que acompaña esta página.

¿Dígame si no es una escena que perfectamente podría forma parte de un musical o de una ópera?

Todo parece estar listo para que empiece a sonar la música y para que los actores y figurantes digan su letra.

Fíjese en las manos extendidas de Diego.

¿No son las de Evita en sus sucesivas apariciones en ese otro balcón mítico, el de la Casa Rosada?

Repare en el tipo que está a la derecha de Maradona. ¿No es Perón dejándole espacio, socarrón, para que Evita se luzca?

Ahora ponga la lupa en el hombre que lo sostiene desde la derecha y que pone una de sus manos en el estómago de Diego.

¿No parece aquel momento en que, ya enferma de muerte, Evita fue paseada junto a Perón en un auto descapotable y donde ella fue sostenida por una especie de armadura bajo las ropas para que el pueblo pudiera observarla por última vez?

Vamos ahora a los extras. Todos ellos practicando esa otra forma de adoración que es la de sacar fotos con el celular a todo lo que se mueva, aunque en este caso lo que se mueve sea una divinidad.

Y una divinidad argentina que, a diferencia de Messi, ese pecho frío que no basa su genialidad en el exceso, está convencida de que hay que tragarse la vida con todos los aderezos posibles.

¿Un yoni?
Como ya pasó con la Evita, de Andrew Lloyd Webber (música ) y Tim Rice (letras), seguramente Maradona necesitará de una mirada distante para que un musical o una ópera le hagan un buen homenaje.

Los argentinos corremos el riesgo de que el personaje termine comiéndonos o convenciéndonos de que él no es lo que se piensa o de que es mucho más de lo que nosotros pintamos en nuestra aldea.

El hacedor
Borges, quizás la antítesis perfecta de Maradona, tan genial con su escritura como Diego con su juego futbolístico, nos ha enseñado que a los artistas les está dado contar la fábula, pero nunca la moralidad de la fábula.

Y como ocurre en este escrito y en otros que con visiones muy diversas se escriban de Maradona por estos días, a nosotros nos tira dejarnos ganar por la fábula opinada, algo que quizás sea otra forma de ejercer esa matonería arrogante del astro, por otros medios.

Sea como fuere, a mí esta escena de la foto, tan poco adecuada para la idea que uno tiene de una ciudad como San Petersburgo, mezcla de Venecia y París, es una síntesis de fin de ciclo.

Como si todos sus excesos se fueran a ir con él. Si algún otro argentino desbordado quisiera hacer lo mismo lo ignoraríamos.

Lenta pero inexorablemente todas las formas extremas del peronismo, el maradonismo lo es, han empezado a dar funciones de despedida.

Sí, ya sé; hay despedidas que se suelen extender más allá de lo esperado.
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