Ligero inventario de un tiempo mayor de edad

Ligero. Probablemente este adjetivo podría definir mejor que cualquier otro al año transcurrido. Aunque en Argentina solemos confundir lo ligero con lo veloz, esta vez también podría caberle esa otra condición, la de la rapidez.

Es así como percibimos que pasa el tiempo. Una celeridad tal que nos impide alcanzarlo. Los acontecimientos que se inscribieron durante 2017 son tantos y de tanta significación que nos resulta ominoso realizar un riguroso repaso, ese que nos invita al balance. En cualquier síntesis que ensayemos, estaremos traicionando a la historia. Un año liviano en comparación con el peso de los sucesos que lo atravesaron. No faltaron a la cita la violencia, la irracionalidad, la innecesaria y multitudinaria muerte, pero como en toda balanza binaria, en el otro plato, sin dudas, también aparecieron los buenos aunque escasos hechos. Más nutrido esto último desde el plano afectivo individual que desde lo político. Tanto en plano local como en el orden global, encontrar títulos halagüeños es de improbable éxito.

Admitir errores es loable. Siempre que esa admisión no sea interpretada como un permiso abierto y permanente para la comisión de errores. Lo hemos dicho en alguna otra ocasión: el error calculado pierde su condición de tal y en vez de error deberemos considerarlo como acto de perversión.

Así como nadie está exento de equivocarse, la recurrencia de actuar con torpeza debe estar compensada con la obligación de hacer lo necesario para evitarla y el esfuerzo correspondiente como para enmendar el daño que ha podido provocar. Lo contrario se llama impunidad. La reiteración, indolencia.

Atribuirle culpas al tiempo, al almanaque, a los astros, es un recurso tan viejo como inútil. Pero tampoco es sano ni justo asignar responsabilidades de algunos acontecimientos negativos a aquellos con quienes no simpatizamos. Aunque quisiéramos que nuestros enemigos fuesen los dueños de todos los males del mundo, es conveniente despojarnos de esa tentación y realizar análisis sensatos, serenos y honestos. Ese camino no es el más corto, sí el apto para modificar aquello que entendemos hay que transformar. Los atajos, ya lo sabemos, nos conducen con más premura pero hacia el abismo.

La fugacidad nos trae hasta aquí y descubrimos que este siglo XXI ha llegado a su mayoría de edad plena, según nuestra legislación civil. Dieciocho años nos separan del acto inaugural del tercer milenio de la era cristiana y sin embargo estamos, por un lado atiborrados de tecnología que nos convierte en analfabetos funcionales de la era digital, y por otro, atascados en el lodo de las antiquísimas y aún vigentes discusiones sobre orden político, representatividad, educación, seguridad y derechos básicos como los de la vida.

A pocos meses de las elecciones de medio término, en las que los oficialismos obtuvieron resultados auspiciosos, proyectos bien distintos a los prometidos alientan manifestaciones contrarias. La violencia inusitada empaña la legitimidad del reclamo, fórmula perfecta para que lo periférico, lo subsidiario concite toda la atención, mientras las reformas fluyen y se consagran como si gozaran de un consenso absoluto. La duda que suscita no es sobre la conveniencia o no de la sanción del proyecto convertido en ley. La suspicacia inevitable nos lleva a pensar que nuevamente los extremos se alían en un propósito inaccesible para el resto de la población. Juegan en un damero que nos resulta extraño y ajeno. Pero cada vez que termina una partida y ya sin poder modificar algo en el tablero, advertimos que se repite el resultado y siempre, siempre, pierden los de un mismo color.

Los que simulan candidez obtienen lo que se proponen, y los revoltosos, vándalos impolíticos -en algunos casos rayanos en el delito- lejos de contrarrestar o conspirar con aquél propósito, lo consolidan.

Nuevamente las formas cobran más importancia que el contenido. Porque definitivamente es la forma lo que altera el contenido y a la vez, lo disfraza.

Sin dudas que cuando el árbitro dicta una medida incorrecta nos asiste el derecho a reclamar, pero deberíamos hacerlo sin entregarle la pelota a los rivales, porque mientras estamos protestando, el equipo adversario ejecuta la cuestionada sanción y lo más probable es que nos gane por goleada.

El resultado que pueda arrojar la síntesis personal del año tendrá enormes diferencias con el balance que podamos hacer como sociedad. Abundan las razones. La pérdida de personas a las que amamos, o acaso respetamos y extrañaremos; el nacimiento de seres que reclaman nuestra atención y a quienes destinaremos nuestro cariño de aquí en adelante. Los progresos y retrocesos en el ámbito laboral, la adquisición de conocimientos, el debut de dolencias por la edad, las mejorías. Las frustraciones y las metas alcanzadas. Podrá haber poca o mucha coincidencia y esto aunque aparente naturalidad, no debería ser.

Cuando revisamos las estadísticas y sus indicadores, notamos que los países que han logrado la mejor tasa de desarrollo humano y por consecuencia, índices más elevados en todos los factores que podrían resumirse como vara de felicidad, coinciden en una variable: el equilibrio. Una distribución de recursos sin diferencias tan pronunciadas y una participación activa de la sociedad.

Ni los climas hostiles son impedimento. Tampoco la heterogeneidad étnica ni la edad de sus respectivas independencias y culturas actúan como asuntos determinantes. El tamaño de sus economías, la extensión territorial, las bondades geográficas, cada vez tienen menor peso para alcanzar un crecimiento sustentable. Sí la equidad, el acceso a la educación y la cobertura sanitaria– en la mayoría de los casos servicios provistos desde la gestión estatal, aparecen como puntos relevantes y análogos entre esos países para mejorar sus desempeños.

Coincido en que no hay recetas infalibles ni experiencias transferibles, pero en esta etapa de conclusiones, es menester aceptar la contundencia de la realidad para poder alterar lo nocivo y estimular los atributos positivos. Sabemos sobradamente que la mentira piadosa es una gran mentira, y que la agresión es la verdad pronunciada sin amor.

Bien podríamos aprovechar el estreno de calendario para empezar a actuar de la misma manera que le reclamamos al contrincante de turno. Con más vehemencia en el compromiso social, y con menor ligereza ante la necesidad del prójimo. Con rigor en la palabra, y un poco más de ternura.

Si en la columna del haber sobrara el afecto, no nos apresuremos en esconderlo, seguramente habrá una moratoria para que no tribute ganancia.