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domingo 24 de diciembre de 2017

Las molotov de Romero quemaron la piel social

Un gran show de la hipocresía política: la oposición gritaba "paren la represión al pueblo", pero los que ligaban eran los policías

Si usted fue de los que hicieron el esfuerzo de seguir por TV algunas partes de la sesión de la Cámara de Diputados de la Nación por la reforma jubilatoria y, al mismo tiempo, chequeó las imágenes de lo que estaba pasando fuera del recinto, habrá sido entonces espectador de un show de la mentira y la hipocresía políticas como pocas veces se ha visto en el país.

Hacía mucho que no se observaba tal nivel de contradicción entre lo que los legisladores de la oposición exponían desde sus bancas y lo que realmente ocurría en la calle a pocos metros de ahí. Y ambas cosas se veían en la TV.

Pasame el cascote
Mientras los diputados kirchneristas, de la izquierda y del massismo gritaban "¡Paren la salvaje represión al pueblo!", lo que realmente se observaba afuera era una horda de violentos que descerrajaba ladrillos, cascotes, elementos punzantes, palos y bombas molotov sobre los policías.

Los "soldados militantes" del pueblo se dedicaban –con saña– a golpear en el piso a policías que habían caído heridos .

O a moler a patadas al periodista Julio Bazán por el solo hecho de que trabaja para el Grupo Clarín.

La plaza de los ¿ricos?
Los alzados redujeron a escombros la Plaza del Congreso, cuya refacción fue inaugurada hace dos meses a un costo de $59 millones, una millonada aportada por los contribuyentes para que unos trogloditas la tirara a la basura durante unas pocas horas del lunes pasado.

O dicho de otra manera: plata del pueblo usada sin asco para que cientos de tarambanas jugaran a la revolución.

Un gordo desatado
Fue escandalosa la impunidad con que Sebastián Romero, ex precandidato a diputado nacional por el Partido Socialista de los Trabajadores Unificados de Santa Fe, disparaba a repetición con un mortero una sarta de bombas molotov sobre los cuerpos de los policías.

En un país donde funcionan a pleno todas las instituciones republicanas y donde la civilidad puede ejercer su derecho a cuestionar a las autoridades, es imposible poder aceptar un ataque de este tipo contra uniformados a los que, por mandato constitucional, hemos confiado el uso de la fuerza pública.

El objetivo opositor era suspender la sesión a cualquier precio para frenar la "brutal represión" a la que supuestamente eran sometidos los pobres viejos en la Plaza del Congreso.

¿Paren a quién?
Pero no había jubilados en la plaza. Los jubilados no están en condiciones de movilizarse en una protesta donde suelen haber corridas y gases.

Había, sí, activistas con un accionar casi militarizado.

Y dirigentes de izquierda como Romero que se dedicaron toda la tarde a tirar bombas incendiarias.

Y había legisladores (que han sido ungidos por el voto popular para que aprueben o rechacen leyes) que se negaban a ejercer su trabajo, por el cual ganan muy buena plata.

Aclaremos, dijo Lemos
¿Está mal que haya militantes en una manifestación?

De ninguna manera. Está muy bien. Siempre, claro, que vayan a ejercer de manera civilizada su derecho constitucional de peticionar.

Y no a provocar violencia a cualquier precio.

Cuando la CGT se dio cuenta de que estaba quedando pegada con los actos de violencia por haber llamado a un paro general para impedir el trabajo del Congreso, el triunvirato que la conduce debió salir a aclarar, con excesiva tardanza, que los violentos de la Plaza no representaban a los trabajadores ni a los gremios ni al grueso de los manifestantes.

Pero ya era tarde.

Unos y otros
El kirchnerismo, que no aceptaba cuando fue gobierno ningún tipo de cuestionamiento a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y que imponía leyes a fuerza del peso del número y del apriete, es ahora el supuesto adalid de una democracia a la que antes consideraba burguesa y neoliberal.

El massismo, por su parte, que supo ser esperanza de posible renovación en el justicialismo, que incluso formó un frente renovador exitoso para diferenciarse, y que se autoexcluyó del kirchnerismo para no avalar prácticas escandalosas que ahora son revisadas en los estrados judiciales, ha caído ahora en un abrazo de oso con kirchneristas y con los peores grupos de la izquierda.

El massismo no termina de procesar la derrota en las elecciones legislativas y no alcanza a definir los motivos por los que, de ser una promesa de renovación, ha pasado a ser hoy un movimiento difuso con un líder que ha ido perdiendo presencia y credibilidad.

La más "coherente" con su historia de dislates sigue siendo la izquierda trotskista. En su afán de generar contradicciones en el sistema, con el fin de que "cuanto peor, mejor" para los fines revolucionarios, sigue creyendo en dogmas del siglo 19, a los que no quiere agregarles ni una coma para no cometer pecado capitalista.

Telón
Siempre tuve una actitud crítica desde estas columnas contra la presidenta Fernández de Kirchner.

Pero también siempre aclaré que había que respetar la decisión popular hasta el último día del mandato de Cristina.

Exactamente lo mismo digo de Mauricio Macri. El presidente actual ganó en 2015 y ratificó y amplió el triunfo este año en elecciones libres.

El pueblo se expresó y ese mandato es sagrado. Nos guste Macri o creamos que es basura o gato, Macri está avalado por el pueblo para gobernar y para proponer leyes.

Leyes que deben ser tratadas por el Congreso sin presiones de que a los diputados o a los senadores les vayan a quemar el Congreso.

Hay pleno derecho a la protesta y a peticionar ante las autoridades.

A lo que no hay derecho es a favorecer a los Romero y a todos esos trogloditas enfermos de violencia que esta semana han quedado retratados como un ejemplo de una Argentina vieja y ridícula.
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