A Fondo Domingo, 23 de septiembre de 2018

La tenebrosa leyenda de Cleto y la novia fantasma

Un cuento de amor y terror. El nombramiento de Natalia Obon en la Justicia federal cayó sobre Cobos como un tsunami popular.

La novia es uno de los personajes con mayor presencia en la cultura popular. La palabra misma nació envuelta en cierto halo de misterio.

Tiene, en efecto, su origen etimológico en el término nube pues, como dice el diccionario, "se pretende que la novia cubierta con su velo se sienta y sea percibida como cubierta por una nube".

A partir de ahí, cualquier vuelo de la fantasía está permitido.

Y uno de los terrenos donde la novia echó raíces más fecundas, además de las obvias historias románticas, fue en el de las leyendas fantásticas y de terror.

Hay, por estos lares, novias para todos los gustos: la novia asesina, la novia fantasma, la novia vestida de blanco, la novia eterna...

La lista es interminable.

Y es adonde vino a recalar, ¡quién lo diría!, la semblanza de un hombre tan modosito como Julio César Cobos, el creador del inimitable -y envidiado por su colegas- estilo Cleto.

Pasó, en un abrir y cerrar de ojos, del catálogo de Historias de amor, tipo Poldy Bird, al de Cuentos de terror, en la onda Edgard Allan Poe.

¿Pareja o novia?

Empecemos por el principio.

Natalia Obon (40), la protagonista de esta narración, ¿es la pareja o la novia de Cobos (63)?

Fue un breve debate que se abrió en la mesa de Primeras voces, el programa mañanero de radio Nihuil.

Parecíamos inclinarnos por la primera alternativa, pero el diccionario de la RAE llega en nuestra ayuda. Y la palabra novia está muy bien.

Su tercera acepción define novio o novia: "Persona que mantiene una relación amorosa con otra".

Y la cuarta ya resulta perfecta. Dice que es aquella "persona que aspira a poseer o conseguir algo". Y lo ilustra con el siguiente ejemplo: ese puesto tiene muchos novios.

Un error garrafal

Julio Cobos es, desde hace años, un animador permanente de las crónicas y columnas políticas.

En este mismo espacio dominguero, su protagonismo, con caricatura incluida, es recurrente.

El domingo 12 de agosto la página llevaba por título "Cleto vs. Annabelle, fogoso duelo de estilos".

En la comparativa con la senadora Anabel Fernández Sagasti, Cobos era definido como alguien infrecuente en este métier, que "disfruta del afecto popular y se siente el componente bonachón de la política".

Y es precisamente esta característica, esta rara virtud de su imagen pública, la que provocó un tsunami cuando la ciudadanía se enteró de que Natalia Obon, novia del ex gobernador y ex vicepresidente, asumiría como secretaria de la Cámara Federal de Apelaciones.

Lo que al principio fue una tímida versión periodística fue in crescendo en forma imparable merced a la ola de indignación que se fue abatiendo sobre los medios en sus distintos formatos.

Hasta ahí, la relación de Cobos y Obon había sido una de las tantas historias apasionadas y románticas que los tiempos actuales autorizan.

Pero el nombramiento de Obon, entre gallos y medianoche, se volvió, de golpe, un pecado de excomunión.

¿Por qué?

La explicación es tan ramplona que avergüenza: porque el favoritismo de los famosos, en la administración pública, siempre genera bronca. Sobre todo hoy, en plena crisis, con la población angustiada, ajustándose el cinturón; cuando, además, se supo que la desocupación trepaba al 9,6% en el segundo trimestre, la peor medición de Macri.

Y, fundamentalmente, viniendo la maniobra de quien viene: de Cobos, el Bambi de la política, el radical más popular de Mendoza.

Fue tal el papelón que hasta el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, que había firmado la designación de Obon, tuvo que salir a despegarse públicamente.

Aunque en los mentideros, se señala al camarista federal Gustavo Castiñeira de Dios como el responsable del "favor" a Cobos.

Un daño sin retorno

Además del deterioro personal de su figura, Cobos metió los dedos en otros avisperos más delicados.

En primera instancia, dio un mal ejemplo en momentos en que el gobierno de Cornejo busca racionalizar la matrícula profesional en la provincia, dado que, en promedio, jura un abogado y medio por día.

Los egresados deberán rendir un examen para matricularse, con lo cual se garantizará un piso de calidad para litigar. El Colegio de Abogado avala el proyecto.

Pues bien, Natalia Obon, que es nutricionista, fue beneficiada con un alto cargo en la Justicia federal apenas recibida tras cursar a distancia en la Universidad Siglo XXI.

Obon, finalmente, desistió del nombramiento. Pero el daño, intenso, profundo, ya estaba hecho.

Y el colmo: Cornejo se ufana de implementar un régimen de concursos para entrar a la administración pública.

"Los ingresos al Estado dejarán de ser a dedo o por decisión política", fue el título que le dio el gobernador a su iniciativa, ya en enero.

Justo. En el corazón del problema.

En otras palabras: el principal requisito para ser servidor público es una probada idoneidad.

Algo que la propia Justicia no cumple. Son escasos los jueces, salvo quienes acaban de ingresar, que no tengan un pariente o un compinche conchabado en tribunales. "Y en la Justicia federal eso es escandaloso", apunta un muchacho que sabe.

¿Cómo se le escapó la tortuga?

Incomprensible. Cobos cometió el peor de los pecados: perder su inveterado olfato popular.