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domingo 10 de junio de 2018

La caca de perro como una cuestión de Estado

Finalmente el Estado provincial ha decidido hacer algo útil para los problemas cotidianos: un Código de Faltas para estos tiempos

Los problemas más cotidianos que padecen los ciudadanos –desde los que generan los perros del vecindario que deponen en los jardines ajenos, hasta los cortes de calles céntricas por chicos del secundario que presentan sus buzos de 5º año– eran asuntos a los que las autoridades no solían darles ninguna importancia estratégica. Ni política.

Es que esas eran faltas a las que el Estado no les ponía la lupa. Existía, sí, un Código de Faltas, pero ya había nacido viejo a mediados del siglo pasado.

Y casi nadie le daba bolilla porque no aludía a temas que llegaran a la instancia penal propiamente dicha.

"Pavadas" importantes
Mientras nosotros perdíamos el tiempo con ese Código de Faltas vetusto e inservible, las grandes ciudades de otras naciones se modernizaban y jerarquizaban aquellas supuestas "nimiedades".
Por ejemplo: qué hacer con los tontorrones que hacen llamadas falsas a la policía o que enchastran las señales viales.

O los que toman alcohol en la vía pública haciendo alharacas. O los que ponen la música a mil a la hora de la siesta o después de las 12 de la noche.

Los "jodones"
Hace rato que la caca de perro, por ejemplo, pasó a ser un problema de Estado en los sitios más civilizados. Es que cada vez hay más gente que vive sola, sin hijos, y que acude a las mascotas que le hagan compañía.

Pues entonces esa gente se tiene que hacer cargo de lo que el perro genera. Los desechos de nuestros perros no se los tenemos que hacer levantar al prójimo que no tiene animales.
Hace rato, por caso, que las llamadas falsas al 911, a los bomberos o a los hospitales dejaron de ser una simple joda.

El Estado atontado parecía desentenderse de todo eso. Y el ciudadano común padecía porque cuando realmente tenía una emergencia se encontraba con que el 911 estaba ocupado atendiendo a un pelotaris supuestamente gracioso.

Te corto el rostro
Así es como cualquiera empezó a cortar las calles, o puentes, o los accesos a la ciudad. Veinte tipos pasaron a tener más derechos que un millón de personas a circular libremente.

Ayudaron a sostener esto los discursos supuestamente progresistas en el sentido de que no había que "criminalizar la protesta". Una pavada soñada.

En el país y en la provincia existe libertad de peticionar ante las autoridades. Así lo resguarda la Constitución. Lo que no hay, aquí ni en ningún otro régimen, sobre todo en los que defienden ciertos grupos de izquierda, es la posibilidad de que cada uno haga lo que se le cante y menos apelando al espontaneísmo.

Vaya usted a hacer una protesta en La Habana o en Pekín. Ahí sí que está criminalizada la protesta.
En democracia todos pueden protestar, pero ateniéndose a ciertas regulaciones lógicas de toda democracia.

En Mendoza, por ejemplo, no se pueden cortar calles en forma completa. Y, claro, hay que avisar con anticipación –como en Nueva York o Barcelona– a fin de que las autoridades puedan prever probables problemas de tránsito y desplazamientos de uniformados.

Aquí se puede marchar por las veredas, que son anchas sobre todo en las principales avenidas. Respetando el semáforo en las esquinas.

Hace unos días las autoridades debieron apelar a la Infantería para liberar una calle estratégica como Rondeau, por donde bajan hacia el este y el norte del Gran Mendoza casi todas las líneas de colectivos.
Rondeau había sido ocupada por militantes del SUTE a los que se les había ocurrido –de un momento a otro– hacer en medio de esa arteria una asamblea mientras sus delegados hacían gestiones en la Subsecretaría de Trabajo para reabrir las paritarias.

"Represión salvaje", empezaron a tuitear los militantes cuando llegó la Infantería, que hizo lo que debía hacer: liberar la zona con profesionalismo y sin excesos.

Es lo mismo que hubiera pasado ante una situación similar en Medellín, Sevilla o Moscú. O en Santiago de Chile, donde cada vez que vamos volvemos diciendo "allá no se jode con los carabineros". ¿Aquí sí?

Soy instagramer
Hoy, quizás como una extensión de lo que ocurre en las redes sociales donde muchos quieren ser Tinelli o Sol Pérez, se pretende llevar al espacio público asuntos que son de injerencia privada o de facciones.

¿Cómo puede entenderse que en los desatinos cometidos por alumnos de 5º año que cortaron la calle Rivadavia en Ciudad, frente a la Escuela Normal, hayan participado padres de estos chicos?

¿Los habían echado de la escuela? ¿Les negaban el acceso a la educación pública? ¿Alguien los había agredido? ¿Se quejaban porque algún profesor se había ido a poncho a dar la clase?

No. Simplemente cortaban la calle por un gustazo. Porque la calle es libre. Y porque querían gritarle al mundo que ese día presentaban sus buzos y camperas de futuros egresados.

Preparar al borracho
Estas y otras faltas similares son las que ahora van a tener que ser tratadas de otra forma más moderna y democrática si finalmente se vota la ley provincial que reformula el Código de Faltas y que el Ejecutivo provincial ha mandado a la Legislatura.

La norma –incluye multas, arrestos y trabajos comunitarios– toma algunos aspectos en los que ya había hecho punta la Comuna de Capital – con los trapitos– pero los amplía y les da un mayor basamento jurídico.

Allí se trata desde el "ejercicio abusivo del derecho de reunión" hasta los que se arrogan la facultad de colocar un parripollo en la puerta de su casa, pasando por los que usan réplicas de armas para asaltar.
Incluso llega a prever el caso de los que contribuyan a ocasionar la ebriedad de menores, como increíblemente está ocurriendo con algunos padres en las "previas".
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