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lunes 13 de noviembre de 2017

La asociación lícita de una comunidad anestesiada

Al menos en nuestro idioma, en un trabajo minucioso que se realizó sobre el uso de los términos, las palabras más usadas no son sustantivos ni verbos, sino preposiciones. Y como sabemos, las preposiciones además de breves, solas poco denotan y aisladas nada significan. Bien podría tomarse esta referencia como punto de reflexión para entender que las ideas no son asuntos independientes que funcionan a fuerza de su potencia individual, sino siempre asociadas, vinculadas. Algo así como puentes que permiten moverse de una margen a otra de un mismo río.

La sociedad, tanto como el idioma, funciona con esa misma lógica. Más allá del lugar que se ocupe y el momento que se transite, es inherente al desarrollo humano, establecer vínculos, tanto para la preservación de la especie como para avanzar hacia la obtención de metas. Luego, el valor, el peso de cada parte y el mecanismo de contacto que se utilice será el que indica la forma de ordenarse, el punto cardinal elegido como destino, y los caminos que deberán desandarse.

En nuestra contemporaneidad, privilegiamos el idioma como cuerpo vivo comparativo, porque la codificación y la descodificación de las palabras es lo que nos permite y nos ha permitido llegar hasta aquí, haciendo evidente las diferencias con el resto de los seres que habitan el Planeta.

Es la palabra lo que ha servido a toda ciencia para poder explicar y explicarse las dudas, los conflictos, los desafíos y para divulgar sus conclusiones. Coincidir y disentir en sus hallazgos, se hace posible en la manifestación de sus palabras. Y hasta las complejas elucubraciones geométricas y las intrincadas fórmulas matemáticas se expresan desde las palabras, aunque puedan plasmarse luego en fusiones de signos incomprensibles para el resto de los mortales.

La relación entre fonemas, la expresión sonora de cada idioma, y los grafemas, la unidad mínima de los dibujos y símbolos visuales, difiere mucho según la lengua, asimismo y según todas las disciplinas científicas vigentes, la evolución de nuestra especie ha convertido al hombre en un ser idiomático y por eso nos explican que hoy poseemos debajo de los peinados o a escasos centímetros de la calvicie, un cerebro lector. Constituido en sus formas y funciones, a partir de las palabras, de la comunicación.

Tiempo atrás, decir comunicación social sonaba a un constructo redundante, o al menos obvio. Ya no. A propósito de los estudios de etólogos, se ha detectado que no somos los únicos sobre este globo que nos comunicamos de manera inteligente. Aunque por ahora, sí somos los únicos que dejamos huella de lo que decimos, de lo que pensamos y de lo que sentimos. Y esa marca, esa estela de nuestros pensamientos y sentires, está definido por las obras, por la modificación sobre la naturaleza, y su explicación la ponemos en palabras.

Los estándares alcanzados desde las ciencias tanto biológicas como humanísticas, y el formidable desarrollo de la tecnología que ha acentuado la aceleración de las comunicaciones, tienen implicancias y no menores. Entre otras muchas, la distancia entre esos saberes, entre los desarrolladores, investigadores y los involucrados directamente en esos avances, y aquellos que somos apenas consumidores, espectadores ignorantes de los cómo, dispuestos sólo a usar esos conocimientos y avances para calmar nuestra ansiedad de goce, se ha ampliado notoriamente y esa brecha se asemeja a la conocida antes del renacimiento entre letrados e iletrados.

La particular diferencia es que hoy existe una percepción que puede confundirnos. Antes de que se difundiera universalmente la educación de la lecto escritura, quienes no estaban alfabetizados tenían noción de su condición y esa noción sirvió de caldo a la consciencia social de clase. De ahí y en aquellos tiempos pre-modernos surgen luchas que -aunque visto a la distancia parecen procesos lentos- permitieron conquistas y progresos generales, cambios rotundos en el orden social. Hoy, contrariamente, el acceso casi irrestricto a la utilización de artefactos, y al dominio de los software y las incontables aplicaciones, crean una ilusión. Hacen suponer que el dominio de la herramienta es lo que nos iguala.

Sin pretensión de defensa corporativa, es muy notoria esta confusión con el uso indiscriminada en las redes sociales.

Mínimo ejemplo. La foto de una criatura que sensibiliza hasta los más rudos, con una leyenda escueta en la que solicita un medicamento, aunque más que requerir alguna droga, lo que pide es que eso se multiplique. Que se viralice, como hoy se denomina el envío y réplica acrítica de esos mensajes.
Quienes tenemos alguna experiencia en solicitudes anónimos, acudimos a la regla de oro del periodismo que a veces se asemeja bastante al menos usual de los sentidos, me refiero al sentido común. Basta llamar al teléfono que figura. Más simple aún, basta cotejar el código de ciudad con el número que aparece, y se advierte prontamente que no coincide.

Parece una cuestión innocua e irrelevante. No lo es. Primero porque usa tiempos y recursos, aprovechando la condición ética de otro, con el propósito de acumular datos, en el mejor de los casos. Segundo porque sabemos –como la legendaria fábula del pastor mentiroso- que ante la reiteración de lo apócrifo, se opta por desconocer cualquier solicitud, y cuando en verdad hay necesidades ingentes y perentorias, las desoímos.

Hoy la mayoría de las personas tienen en sus manos "un medio". Pueden enviar mensajes a cualquier lugar del planeta, incluyendo un video, una foto, una descripción. Lo que no todos tienen es la responsabilidad de hacerlo con el rigor necesario y tampoco la clara noción de lo que ese mensaje, si excede los límites de la intención primaria, pueden provocar.

La articulación social, con sus sistemas de entramado convencional, ha cambiado. Ya no es una sola voz que indica de modo imperativo lo que debemos pensar. La fijación de la "agenda pública" no pasa tampoco por la tapa de un diario, y la proliferación de discursos divergentes podría colaborar, contrariamente a los presagios amenazantes, a restituir el sentido crítico que es el verdadero cimiento de los puentes. No es el acuerdo al unísono lo que nos acerca sino el diálogo.

De la misma manera que las preposiciones son inevitables para darle sentido a una oración, para aglutinar verbos y sustantivos, en ocasiones para comparar adjetivos y en otras para fijar las distinciones entre parecidos, no podemos construir una historia hecha sólo con preposiciones.

El riesgo al que nos somete esta distancia entre los avances científico -tecnológicos y nuestra abulia intelectual, es como celebrar el suministro de anestesia antes de la aparición del dolor.

La herramienta es buena, como las preposiciones insustituibles, pero necesitamos tener consciencia de lo que queremos y pretendemos construir. Y asegurarnos que no nos pongan un techo inalterable en este edificio social en el que debemos caber todos.
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