A Fondo Lunes, 19 de febrero de 2018

Hay que elegir qué clase de inteligencia pretendemos para impartir educación

Entre los muchos propósitos por los cuales pretendemos que nuestros chicos asistan a las escuelas de manera constante y regular, es para que desarrollen su inteligencia.

Inteligencia. Incontables descripciones existen sobre esta palabra, más bien, sobre el concepto y la significación de este extenso vocablo, al que hasta hace poco tiempo le conferíamos un carácter exclusivo para nosotros, los humanos.

Si nos remitimos a los orígenes, la etimología nos responde con bastante sencillez. Inteligencia es saber discernir y poder elegir entre dos o más opciones.

Durante demasiado tiempo, pero con énfasis especial desde la Ilustración, se asoció la inteligencia de modo ineluctable y casi excluyente con el dominio de algunas variables de índole estático. Esto le asignaba a la acumulación de datos enorme valor. Se priorizaba como requisito primordial la adquisición informativa y la fijación de esos antecedentes, cuestión que propendía a la erudición. Erudición que viene a significar despojarse de lo tosco, evitar lo rudo, lo vulgar. Definitivamente lo que hacía era poner de relieve las diferencias entre instruidos y no. Estrategia que perdura hasta hoy para conservar los estadios de poder.

A principios del siglo XX, pero inspirados en los trabajos del siglo anterior sobre psicología cognitiva, y ya definitivamente montados en la idea napoleónica de instrucción cívica generalizada, garantizando menor intromisión religiosa, comenzaron los trabajos de análisis educativos comparativos. Modelos y test para determinar quien sí, quien no. Quien más, quien menos. Desde Galten y su famosa medición del coeficiente intelectual, pasando por las muy odiosas pero útiles comparaciones en los modelos de evaluación como el de Wechsler

Gran utilidad para orientar a los individuos por un lado, y para nutrir a los estados de información sensible, cuestión de poder asignarles roles y funciones acorde a sus habilidades, fundamentalmente en épocas de guerra. Y muy especialmente para pergeñarlas de modo eficiente.

En absoluto podría rechazarse una herramienta de diagnóstico, única manera de poder acertar en un trato adecuado y convertir un conflicto en una receta convincente para progresar. Asimismo, poco se practica lo que fácilmente se deduce de la mayoría de las mediciones. Recomendaciones que se implementan de manera escasa o parcial, probablemente, porque estamos ahorrando inteligencia, una previsión que deberíamos revisar, pues no se sabe de modo irrefutable, pero se infiere que seguir ahorrando inteligencia, o esconderla, no es muy beneficioso.

El formidable avance de las ciencias cifra su mayor expectativa en el futuro, o sea en la prolongación de la vida, sea aquí o en otro Planeta. Esto gracias a la posibilidad de fisgonear adentro nuestro hasta regresar a los orígenes mismos de nuestra especie. Y estas evaluaciones son las que también permitieron reestructurar el significado de inteligencia.

Hoy memorizar la enciclopedia es análogo a dudar sobre la eficacia de cada fósforo y probarlos ni bien adquirimos la caja, para no sentirnos engañados. Una garantía anticipada de fracaso. Sin embargo -y no sólo en la umbilical Argentina- los sistemas de educación formal sufren ese letargo que sirve para promocionar la deserción precoz.

Inteligencia artificial. El estreno de este concepto, que es anterior a la integral, a la emocional, y a las inteligencias múltiples que tan bien describe y proyecta Howard Gardner, se dio con resultado constatable en la segunda guerra mundial.

Sonará redundante y extremadamente abreviado para quienes tengan presente a Alan Turing. Creador del sistema que dio un desarrollo imparable a la computación. Aquél británico ideó lo que él mismo llamó "La bomba", máquina programable capaz de des-encriptar los mensajes que producía la otra invención bélico tecnológico del momento, la máquina Enigma, de las fuerzas nazis, que enviaban información codificada a los submarinos. Gracias a esta captura anticipada de información, el gobierno comandado por Churchill, supo antes de que ocurriera aquél tremendo bombardeo sobre Londres. Churchill prefirió que se produjese, causando la muerte de miles de civiles ingleses. Admitió aquella matanza antes que develar que tenían cómo descifrar el método de comunicación alemán. Razones de estado. Inteligencia aplicada. Estrategia que costó: Sangre no propia. Sudor a la distancia y lágrimas muy similares a las de los reptiles semi-acuáticos. El posterior premio nobel de literatura, aseguró que esa decisión aceleró el final de la segunda guerra mundial en dos años y evitó muertes por millones. Recordemos que el premio fue por su calidad discursiva y su elevada ilustración.

Si acaso se preguntan cómo concluyó la vida de Alan Touring, paradójicamente forma parte del enigma. Ese genio matemático, obstinado corredor y servidor de los intereses de la corona británica, fue condenado por "indecencia grave y perversión sexual", por declarar su homosexualidad. Su muerte prematura fue caratulada como suicidio. Una manzana con cianuro a medio morder.

Todos los aportes de Touring al desarrollo de la programación informática y de la electrónica, pero también a la filosofía y a las matemáticas, quedaron sepultados durante años debido a la sanción moral que le aplicaron los conservadores ingleses, que alcanza hasta hoy. Aunque indisimulable es los elogios de toda la sociedad científica quienes no dudan en calificarlo como uno de los padres de la Inteligencia Artificial

Regresando a la problemática que -según las encuestas y las declaraciones- más preocupa al sector activo de la economía en Argentina, a los dirigentes y a una proporción muy elevada de la sociedad, es indispensable considerar que la Educación significa mucho más que una herramienta instructiva y un bien transable. Excede una cuestión de derechos, aunque como tal es insustituible.

Si tal como los manuales dictan, educación es acercar conocimientos, descubrir y potenciar actitudes, estimular el pensamiento, y orientar hacia una función trascendente, hoy educación es y debe seguir siéndolo, un ámbito que propicie la consideración sobre el "otro", como sujeto, y establezca un acuerdo, una conciencia asequible sobre la sociedad a la que pertenecemos.

En los cálculos combinatorios, ni en la celeridad con la que viajan los bits, vamos a encontrar las respuestas adecuadas.

La accesibilidad a las tecnologías no va a resolver ni por su uso ni por sus ingeniosas novedades el déficit educativo. Sí puede ayudarnos para mirar de frente y desde adentro un mundo desafiante, heterogéneo, pero también inequitativo y desproporcionado en la posibilidad de recursos.

Sin dudas ya existe un instrumento invaluable como la conectividad. Hay televisores Smart, Smart phone, Smart autos. Sí. Pero la inteligencia sigue abrazando aspectos que no caben en dos dígitos. Inteligencia educativa es darle el uso apropiado, en el momento oportuno y siempre con una alta dosis de ética al aparato que podamos conseguir. Y tanto para impartirla como para recibir educación, sigue siendo indispensable una porción de amor.

Dejanos tu comentario