A Fondo A Fondo
domingo 24 de junio de 2018

Garay, el hombre que no quería estar ahí

Sangre joven. Por pedido del gobernador, el ministro llega a la Corte. Junto con Valerio y Palermo, se fortalece el espíritu renovador

Tiene un apellido de larga tradición por estos andurriales sudamericanos, de estirpe exploradora y fundacional.

Pero no sólo el apellido, Garay. También su semblante pálido y parco lo remite a esas estampas que sobreviven de la época colonial. "¡Es impresionante lo poco expresivo que resulta Dalmiro Garay! Da poco material para el dibujo", se quejaba, divertido e inquieto, el caricaturista encargado de representarlo.

Cuesta, en verdad, desentrañarlo al actual ministro de Gobierno, Trabajo y Justicia a simple vista.
¿Está contento Garay tras la votación que lo consagró por un amplio margen de 28 contra 9, el martes, en el Senado de la Provincia?

¿Lo hace feliz llegar a la Suprema Corte de Justicia en remplazo de Alejandro Pérez Hualde?

¿Es un paso culminante en su carrera como joven profesional (45) del Derecho?

Ninguna de estas preguntas puede ser contestada de primera mano, a partir de su lenguaje corporal, de la comunicación no verbal que irradia.

Un personaje de Di Benedetto
Nadie lo hubiera podido describir mejor, si estuviera entre nosotros, que Antonio Di Benedetto, cuando era la pluma mayor de Los Andes.

Tal cual. Este Garay impertérrito, abstraído, como perplejo ante lo que sucede a pesar de él, parece un personaje salido de la imaginería del autor de Zama.

Parece, directamente, una emanación de Diego de Zama, aquel funcionario español meditabundo, en espera, frente al río, viendo ir y venir, entre las pequeñas olas y los remolinos, el cuerpo de un mono: "El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.

"Ahí estábamos, por irnos y no".

¿Quería irse Garay del Gobierno? ¿O no?

¿Deseaba con toda su alma pegar el salto hacia la Corte?

Si no lo manifiesta su comunicación no verbal, hay que preguntárselo a él sin más vueltas.

El hombre que no quería estar
Garay es poco expresivo. Pero tampoco esconde sus intenciones, cual un fullero jugador de truco.
No es un político a la vieja usanza, que acostumbra a decir una cosa por otra. No miente.

Entonces hay que creerle cuando afirma que no tenía intenciones de dejar su cargo en el Ejecutivo, donde el gobernador le dio toda su confianza y le permitió crecer. Es algo que Garay agradece con todas las letras.

Fue cumpliendo, allí, una intensa tarea de modernización del aparato estatal mendocino. La consecución, entre todas, que más valora fue la de la política de empleo público, con la sanción de la Ley de Procedimiento Administrativo, que pasó a ser tomada como modelo en el país.

"Hoy el Estado es muy distinto al que recibimos", se ufana.

Una tarea pendiente le deja gusto a poco: la reforma política. Con temas muy representativos como la boleta única o el voto electrónico.

Garay es, pues, un funcionario todoterreno, de probada eficacia y con un excelente bagaje técnico-jurídico sobre los asuntos en cuestión.

Será dificilísimo encontrar un reemplazo a su medida.

¿Por qué se va, entonces?

Porque se lo pidió el gobernador.

¿Y por qué Cornejo decide prescindir de un colaborador esencial?

Eso indica cuánto valora el mandatario el rol de la Justicia dentro del esquema general de la Provincia.
Que la Justicia funcione aceitadamente, que se despabile de una vez y que acompañe al Gobierno en su misión de ponerse al servicio del ciudadano, es prioritario.

Justicia al servicio de la gente
Lo que pueda aportar Garay a la Corte y a la Justicia es copioso.

Las expectativas, en efecto, son elevadas. No sólo por tratarse de sangre joven, sino también porque es un especialista que viene de realizar tareas precisas en el Estado y, como abogado, no se refugió en el campo teórico. "He litigado en mi carrera", suele decir Garay como carta de presentación.

¿Con qué espíritu llega al tribunal?

Con una aspiración tan sencilla como razonable: "Me gustaría que la Justicia se vea como un buen hospital; que sea como una parte del Estado que funcione bien; que la gente lo tome como un servicio al que le guste ir y no como una obligación", describe. Boceta.

En el Gobierno, mientras tanto, se ilusionan con activar distintos capítulos, como el nuevo Código Procesal Civil, la mencionada Ley de Procedimiento Administrativo, los juicios por jurados, el Código Procesal Laboral y un nutrido etcétera.

Supremacía moral
Garay no pertenece a la aristocracia judicial de la provincia. Llega por méritos propios, por prepotencia de trabajo, diría Roberto Arlt.
Lo hace colgándose una medalla exclusiva: será el único integrante de la Corte que pagará Impuesto a las Ganancias. Cobrará mucho menos que sus pares e, incluso, que varios relatores con antigüedad.
Y puede tener otro plus. Siendo ministro, había empezado a germinar el diálogo con Omar Palermo, de innegable estatura intelectual, antes de viajar becado a Alemania.
José Valerio, el otro supremo que ingresó con este gobierno, será un motivado coequiper en pos de desadormecer el aparato judicial, tarea a la que pueden sumar sin mayores dificultades a Mario Adaro, contando, además, con la buena voluntad del presidente Jorge Nanclares.
Se sienten soplar, por lo tanto, los nuevos aires.
En cuanto a unas de las objeciones principales que le planteó alguna oposición, como es el haber ocupado en la Corte el lugar de una mujer, a Garay, con austera elegancia y cierta melancolía, le queda contestar como el ancestral Diego de Zama.
Dirá: "Mi mano puede dar en la mejilla de una mujer, pero el abofeteado seré yo, porque habré violentado mi dignidad".
Fuente:

Más Leídas